Campanas de victoria

Con el clásico liguero a la vuelta de la esquina el Madrid camina con la firmeza del aspirante a la Liga y Champions. Contra el Valencia se sacudió de un manotazo los temores en un campo complicado, y vapuleó a un flojo Dínamo de Zagreb en el Santiago Bernabéu. Recordó el encuentro europeo a tiempos pretéritos de suficiencia donde los rivales, nada más salir al terreno de juego, sentían el célebre miedo escénico. Partido sencillo que los de Mourinho encarrilaron pronto con una alineación inédita hasta el momento.

Con la primera plaza del grupo en la mano, tras la batalla de Mestalla y con partidos venideros de nivel (Athlético, Sevilla y Barça), Mourinho rotó a jugadores importantes. En tiempos pasados, la idiosincrasia blanca hubiera derivado en un encuentro patán y trolero sin la gracia de la soberbia goleadora. Pero este Madrid va a otro rollo. Esta vez aspira a algo más. Argumentos tiene suficientes porque contra el Zagreb los marcó de todos los colores: manoseando el balón con la gallardía y el mimo del superdotado, sin atender a compromisos con la velocidad, como el primero. Vertical y titánico en arrancadas, con un contraataque demoledor sin concesiones, como el segundo. Con la gracia de la individualidad, una chispa de talento de esas que tanto gustan en el teatro, como el tercero. Así hasta la media docena.

Pero el Barcelona no tiembla en su castillo de arena, y a pesar de que la mejor noticia para el madridismo es la demostrada compatibilidad entre Benzema e Higuaín, saben en la ciudad condal que sólo juegan juntos en partidos supérfluos. Y el clásico no será de esos.

Es justo reconocer que el Real Madrid demuestra un talento sobrenatural, tres puntos por encima de sus rivales, quizá incluido el Barcelona. Pero que nadie se lleve a engaño, el Zabreg no tiene la calidad sufiente, o no la demostró, como para sacar conclusiones limpias. La pureza del resultado obedece a la música de Champions y no a derivadas teorías sobre un posible resultado.  Contra el Barça será otra cosa, así que abstenganse en la casa blanca de tocar las campanas de la victoria. En un clásico, no hay favoritos que valgan.

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