Archive | diciembre 2011

The artist homenajea al Cine

The artist (El artista) es una película, gracias a dios, especialmente anacrónica. En tiempos de tridimensionalismo especulativo un maduro director francés se adentró en la escala de grises del cine mudo para colorear la actualidad. Michel Hazanavicius pensó hace unos siete años que el arte cinematográfico merecía una ofrenda visual y se lanzó en busca de una película que recordase a los grandes del Cine. Tuvo que convencer al productor Thomas Langmann para no saltar al vacío, pero lo logró, porque, como asegura Hazanavicius, vio “en sus ojos que creía” en el proyecto. Escribió, en unos cuatro meses, un guión melodramático que venerase el Cine (con mayúsculas) y comenzó a rodar.

Tal es la ofrenda, que la película podría merecer el galardón de pertenecer a ese trío demoledor que, junto a Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia) y Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses), perfila el podio del género del “auto homenaje”. Condición fílmica de películas que desmenuzan los miedos, fobias y oportunidades que surgen del proceso evolutivo del séptimo arte, y que describen la decadencia de una época y unas figuras postradas al ostracismo por no adaptarse a los nuevos tiempos.

Esa es también la historia de George Valentin ( Jean Dujardin), un actor de cine mudo que goza del éxito cinematográfico y público hasta que la aparición del sonoro lo excluye de la industria de Hollywood(land). Su declive deja paso a nuevas estrellas, como Peppy Miller (Bérénice Bejo), que sabe aprovechar la oportunidad que le brinda la tecnología y encontrar su rincón en el negocio. La narración de The artist combina de manera insultantemente sincera el drama y la comedia de una película genial con una banda sonora acorde a las circunstancias. Placentera y divertida desde el memorable comienzo (¡cuántas veces hemos visto el Cine dentro del cine! y con qué frescura se nos muestra) hasta los instantes más trágicos y oscuros. Hazanivicius mezcla con maestría la chispa de la alegría y la lúgubre tragedia (ese “Pump!” desternillante donde la dama salva al galán y el perro se hace el muerto), y homenajea a los grandes creadores: The artist tiene el aroma de Chaplin, la fragancia de Murnau y destellos de Lang (entre otros).

Cuando Hanacivicius escribió una pequeña reflexión sobre su película explicó que rodaron la cinta en 35 días. “Terminamos agotados”, apuntó, “pero estabamos allí, en Hollywood, unos cuantos franceses entre todos aquellos americanos”. Además, y no menos importante, hizo la película que quería, una obra que, como los directores que veneraba, “afrontaba la responsabilidad de contar una historia de forma especial, porque en este género todo está en la imagen”. La imagen valió la pena, y algún día será ella, por su audacia y nobleza, la que sea homenajeada.

Pd.: Mención especial merece el maravilloso perro que acompaña a Dujardin. Un día después de que Chita dejase vacante el hueco de “mascota del Cine” este especial actor presenta su clara candidatura.

Entre el sexo y la terapia

Bucear en la mente del ser humano se presume inquietante cuando los instintos básicos pelean por emerger a la superficie y sucumbir a la dicha de sentirlos satisfechos. La grandeza del hombre gravita en su aptitud para comprender esos impulsos como un arma de doble filo y descifrar que el idealizado “libre albedrío” engendra consecuencias sociales y personales de calibre de escopeta. Ceder o no ante ellos es un fallo personal. Pero atenderlos con la osadía del irreflexivo es, cuanto menos, temerario. Disparar al automatismo natural puede resultar un orgásmico sorbo de libertad provocado por la nobleza de sentirse independiente, pero la resaca del garrotazo puede destrozar a las mentes sensibles.

En la frontera mental y física que suponen las calles de Zurich y Viena se ambienta la dualidad de un procedimiento psicológico cimentado en la palabra. David Cronenberg describe una potente y extraña historia difuminada con la humareda de los cigarros de un Freud admirablemente humano (interpretado por el genial Viggo Mortensen) que se desgarra en una narración intelectual. Es comprensible que un método tan indeterminado y oscuro produzca la germinación de una historia psicológica con tintes sexuales. Cronenberg se sustenta en la ambigüedad de una teoría psicológica y aborda la narración con la familiaridad que ésta le sustenta. Y lo hace sondeando, la relación de amistad entre Sigmund Freud y el psiquiatra  Carl Jung, primero; y el idilio sexual del segundo con una de sus pacientes. La interpretación de Michael Fassberder, que ya hipnotizó en películas como Hunger, se reclama tan verídica que podríamos palpar las aristas de su personalidad. Inquieta, por su parte, la perturbadora encarnación de Keira Knightley, cuyos movimientos exorcizados todavía no he sido capaz de discernir si emanaban veracidad o sobreactuación. Al trio habríamos de añadir al decididamente libertino y divertido Otto Gross (Vincent Cassel), cuya presencia prende la mecha de la narración.

La indagación de la sexualidad sigue el curso de una amistad que desemboca en el oprobio de Jung, cuya actitud desluce la lógica freudiana. El pensamiento moderno obedece, en parte, al vínculo de estas personalidades que Cronenberg ha pretendido describir. Y en parte ha logrado, sobre todo gracias a una música espléndida. Sin embargo, todavía vacilo ante algunas elipsis y sobre todo ante la dudosa sospecha de que el director se perdió en la bruma del cigarro.

De olvido, venganzas y perdones

Escribió Borges alguna vez que “el olvido es la única venganza y el único perdón“. Pretérito desliz innecesario. Amnésica perspectiva en madridistas de bandera que estos días arrastran su pasado sin contemplar el surco dejado. Una muesca de júbilo que en la temporada pasada se basó en la posibilidad, para muchos certeza, de un desquite deportivo que les aupara definitivamente por encima de su rival. Ansiaban la óptica cenital de la clasificación sin prestar atención a las consecuencias que supondrían un resultado adverso.

 

 

Alentado por el perfume de la victoria Mourniho se presentó como paladín del triunfo. Caballero de la gloria y poseedor de la verdad absoluta, parecía conocer la artimaña que desfigurase al todopoderoso Barça. Ya lo había demostrado la temporada anterior con el Inter en la Liga de Campeones, y el madridismo apuntaló sus esperanzas en el descaro. De forma implícita se dio pie y soberanía a la pantomima deslucida.

Mourinho se batió entre la osadía y el desparpajo, escupiendo atrevimiento como una inyección que previniese males mayores. Con la palabrería pretendía insuflar el coraje y entereza para afrontar un partido que se presuponía clave en el devenir liguero. El resultado, 5-0.

La barroca ligereza que procuraba el luso se volvió en su contra. Henchidos y resentidos, en parte por la desvergonzada tropelía de su rival, y deseosos de revelar la hegemonía de su doctrina, los de Guardiola salieron al campo con la intención de demostrar sus cualidades donde consideraban que debían hacerlo. Mouinho no pudo eludir el reconocimiento a su rival.

A día de hoy las cosas se perfilan diferentes. El Madrid deslumbra con su estilo vertiginoso y feroz capaz de descomponer a sus rivales con dos zarpazos. Se encuentra por delante de su rival y golea con una facilidad pasmosa. El Barcelona, por el contrario, no mejora respecto al del año pasado, pero posee un catálogo más completo de cromos. No tiene un once definido pero cada una de las variantes se define sublime.

Pero la mayor diferencia no responde a variantes técnicas, nuevas caras o estilos distintos. Sino al deterioro de la marca desvergonzada. Mourinho ha parecido comprender que lo que en la temporada anterior presuponía una ventaja se tornó amenaza. Vislumbra que con tretas extra deportivas la virtud desaparece. El madridismo no quiere recordar para rehuir de la superioridad blaugrana, y esa es su mayor venganza fuera del campo. Pero sobre el pasto el desquite es diferente. En el césped hay que demostrarlo.