Archive | febrero 2012

El Athletic se congela

Escribo con las manos congeladas y el alma en vilo. En mi casa hace más frío que en la calle. El gélido pesar de la incertidumbre por el qué será. Estoy helado y sin embargo no decaigo. El Athletic deambulaba por Europa con zarpazos de felino fiero, sin sucumbir a los cebos de furtivos. Pero de vez en cuando, como hoy, se agazapa a la sombra del árbol. El frío de Moscú atacó al pasto y la gabardina no abrigó lo necesario. A cada bocanada de aire se dañaba los pulmones por el tiempo, y el juego se amparó en el celibato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con el esférico sangrando, bajo un manto de nieve sencilla, pesada, se ejercitó el Athletic intentando descubrir aquél que se pasea por la Copa. No lo logró por el invierno moscovita, que ya desgarró a grandes ejércitos como el de Napoleón o Hitler. Sobreponerse al tiempo no parecía complicado cuando Muniain adelantó a los rojiblancos (hoy vestidos con la vasca). Pero la segunda parte, como un alud, arrolló a los visitantes con goles de Glushakov y Caicedo. Todo se decidirá en San Mamés, templo de culto dispuesto para liturgias deportivas. En el horizonte está el Manchester United, equipo que genera apetito y placer en la parroquia bilbaina. Sería un encuentro digno de la temporada y dominio de este Athletic de Bielsa. Su idiosincrasia lo precisa. Oremos.

Desafiando el hielo

Quizá no venga a cuento, pero “España es un país sin pulso”. Ya lo vaticinó el 16 de agosto de 1898 el político conservador Francisco Silvela en un artículo  en el diario madrileño “El Tiempo”. En el texto, Silvela desparramaba ante el desfallecimiento, pasividad y falta de reacción vital de una España que perdía sus colonias, y ante los descalabros de Cavite y Santiago de Cuba. La oración, que atrapó la esencia de la historia se juzga, en un ámbito distinto, coetánea. En la excelsa madurez deportiva de nuestra patria un patinador español liza por colocar su nombre y su bandera junto a los laureles del deporte. Lo está logrando. Pero cuando España lo mira, el pulso del país todavía no se altera.

Cuando Javier Fernández tuvo que decidir entre el hockey o el patinaje sobre hielo no se lo pensó dos veces. Nadie le obligó a ello, pero en plena adolescencia, Javier era consciente de la incompatibilidad eterna de ambos deportes. Escogió libremente con las ideas asentadas en la sensibilidad y madurez de los artistas, y lo hizo porque Javier tenía un sueño, y ese sueño era patinar. Desde los cinco años, cuando se puso por primera vez las cuchillas bajo los pies, no ha dejado de hacerlo. Empezó por imitación, seducido por el aroma que hipnotizaba a su hermana Laura, y continuó por la certeza de que ese deporte gélido emitía un calor esperanzador. La esperanza se tornó evidencia el pasado 30 de octubre, cuando Javier se alzó con la medalla de plata, hasta ahora inédita en el patinaje español, en el Grand Prix de Canadá. Galardón que se suma, entre otros trofeos, a sus tres campeonatos de España.

Hijo de un militar, Javier nunca fue un niño corriente. Era “un chico especial con un carisma especial” recuerda Jordi Lafarga, seleccionador nacional de patinaje sobre hielo. Bailaba sobre la pista con la personalidad de los grandes, con la pureza del arte infinito. Fue él quien le apodó “la lagartija”, por “esa forma de moverse”, porque “no era un chico fácil de domar”. Su pasión era el patinaje y lo practicaba inconscientemente. Quizá por ello la prensa lo cataloga como uno de los patinadores más instintivos del panorama mundial.

Pero decir instintivo no es decir tosco. Javier fundamenta su talento poético en una técnica evolucionada y trabajada durante años, los últimos fuera de España. Una travesía sumisa al entrenamiento que le alejó de su familia y de los estudios a los 18 años. Cimentada primero, en la labor del propio Lafarga, Iván y Carolina Sáenz, y evolucionada después con la veteranía y experiencia de Morozov y Brian Orsen, Javier ha sabido alcanzar una sabiduría deportiva que le equipara con los grandes patinadores. Lleva años codeándose entre la élite en el top-10 de la disciplina. Pero no era suficiente. Javier precisaba de una obra genial que elevase su nombre hasta el altar de la gracia. Jordi Lafarga nunca dudó de sus posibilidades, y en 2009 vaticinó que Javier se colgaría una medalla “en un par de años”. Dicho y hecho.

El 30 de octubre, cuando Javier comenzó el ejercicio, parecía una estatua de hielo en medio de “la nevera”. “Mis piernas estaban temblando, estaba muy nervioso antes de saltar a la pista”, recuerda el joven madrileño. Pero las dudas se disiparon cuando la melodía de Verdi, el “Rigoletto”, comenzó a sonar. Javier elevó los brazos con una sensualidad suprema e inició la carrera bajo las notas de la música claustrofóbica. La danza se mostraba instintiva por sensible y pura. Pero nada era casual. El trabajo de tantos años comenzaba a dar sus frutos en una prueba de la Copa del Mundo en la que Javier esculpió su nombre en el hielo del patinaje libre.

165,62. Esa fue la puntuación final que emparedó al español entre los dos últimos campeones mundiales de la especialidad: Patrick Chan y Daisuke Takahashi. Nombres exóticos para un deporte extraño en la hoy patria del deporte. “La lagartija” abandonó su hábitat cálido y seco y encandiló a “la nevera” deslizándose en inspiración lírica. Ya lo dijo Jordi Lafarga: “este chico atrapa con sólo una mirada”.

La gesta, demostró el madrileño, no respondía a la casualidad ni a la alineación de los astros. Rusia, la patria del invierno eterno, fue testigo de la consagración de un joven con cara de Apolo. Dominando el hielo con la frescura de la juventud alcanzó su segunda medalla de plata. Proeza de magnitud que le daba acceso a otra final de Gran Prix, esta vez en Quebec. En Canadá completó su triunvirato de metales con la distinción del bronce. “Puedo hacerlo mejor y ganar si trabajo más duro” afirmó Javier después de la prueba. Estaba seguro de ello.

Quería demostrar que es capaz de ello, y recuperar entre otras coronas, la de Campeón de España. Aquella que perdió en 2010 ante Javier Raya. De esa manera llegó a Jaca, el pasado 18 de diciembre, para demostrar que el nombre de ‘Javier Fernández’ no sólo se escribe con tipografía internacional. El madrileño recupero el oro español y con la prueba se despidió de un año, 2011, que alzó sus patines al Olimpo deportivo.

Sin embargo, no hay agitación, todavía, en los espíritus ni movimiento en las gentes españolas cuando ven a Javier desafiando al hielo.

(Artículo para Quality Sport)

Cuestión de fe

La confianza es una sensación de ida y vuelta en el ser humano. Es posible evocarla, cederla e incluso falsearla. Contador la irradia. Lo hace, porque entre otras cosas, en la inauguración de su periplo jurídico se enfrentó en la mesa de la opinión pública con las cartas boca arriba. Sin titubeos ni pactos. Situación inédita en deportistas sancionados por dopaje. Sin embargo, la fe es irreverente en los acontecimientos de los circuitos judiciales. Creer o no creer, esa no es la cuestión.

El asunto gravita en el maldito clenbuterol, ese extraño elemento del que hace poco no sabíamos casi nada, y del que ahora parecemos expertos. Un componente descubierto en el cuerpo del ciclista que hizo sobrepasar los límites de la legalidad. El hecho, es que por pico-gramos o ínfima cantidad Contador dio positivo. La cruz está puesta. Quizá la sustancia externa no le hiciese alzarse sobre el Tourmalet con la potencia de un motor de dos cilindros, pero el positivo es innegable. Como también lo es el del contraanálisis. Nos queda al menos, el orgullo de no haberse podido demostrar el doping intencionado. Detalle que no es minucia en un deporte tan desgarrado por las drogas de laboratorio.

Una razón más para creer en Alberto Contador. Por ello todavía me duelen más esos dos años de sanción, exagerados y traicioneros cuando el individuo se enfrenta a cara descubierta contra los peligros de un proceso que arrincona los principios del derecho y la presunción de inocencia. Me duele su sanción, me duele su dolor al verse su credibilidad dañada por la pena. Y me duele porque su multa podría haberse visto disminuida ante una solicitud de su gabinete de abogados. Pero lucharon por la inocencia completa, sin contemplaciones ni favores. La cosa no ha salido bien por ahora. Pero la fe va y viene en asuntos terrenales y Contador todavía no ha dado sus últimas pedaladas.