Cuestión de estado (de ánimo)

Si como dijo Valdano el fútbol es un estado de ánimo, la liga española contiene todas sus posibles variantes. Durante toda la semana la elasticidad del espíritu de los sentimientos se ha moldeado en función de las idas y venidas de los dos grandes clubes de España. Después del partido del Barça ante el Getafe, con la diferencia entre Real Madrid y Barcelona reducida a un punto, los culés se creían futuribles ganadores de la competición. Un día más tarde, tras la victoria del Madrid en el derby del Calderón y la distancia reestablecida en los cuatro puntos reales, los madridistas respiraban tranquilos. Ahora, pensaban los merengues, todavía era posible un “tropiezo” en el feudo blaugrana. (No dudo que muchos aficionados del Madrid creen en la posibilidad de victoria en el Nou Camp, pero la serenidad obliga a la cautela. Y una cautela de cuatro puntos es bastante tranquilizadora.)

En esas llegaba el Sporting de Clemente al Bernabéu con la idea de repetir la gesta de la temporada anterior, en la que, con Preciado en el banquillo, los sportinguistas rompieron la racha de imbatibilidad de Mourinho como local. Comenzó el partido de forma idílica para los asturianos, con un penalti dudoso de Ramos que  De Las Cuevas convirtió alzando el optimismo de la Ciudad Condal. Los blancos no reaccionaban en su juego y las imprecisiones defensivas ofrecían síntomas de nerviosismo. Canguelo lo llaman algunos.

Nervioso como en Málaga, Mourinho se inventó una pseudo-polémica inverosímil en el área técnica rival en su intento por la resurrección del alma del estadio. Logrado el apoyo del “entendido”, resurgió el espíritu de la gallardía. Higuaín empató el encuentro y el partido se puso de cara. Ya en la segunda parte, a favor del viento, el Madrid izó la vela mayor y navegó con la vista en la orilla. Cristiano aumentó su cuenta particular y Benzema redondeó una victoria prevista. 107 goles llevan los madridistas…

El Barça comenzó su partido contra el Levante a siete puntos del Real Madrid. Quizá pesase demasiado la presión de alejarse de la lucha por la Liga porque no fluían las combinaciones de solera.  De nuevo, penalti de por medio,  el Levante agitaba los ánimos, y los culés, pesimistas de arraigo, sentían la decena de navajas que les separaba del título. Guardiola, que lee los partidos como pocos, comprendió la necesidad de ensanchar el terreno y encontrar los espacios que tantas y tantas veces se han aliado con los suyos. Delegó en Cuenca la responsabilidad de exprimir al máximo el ancho del pasto y desquebrajar la retaguardia local. El objetivo se logró con vehemencia y Messi, con dos tantos, dio la victoria a los suyos. Se igualó la lucha por el pichichi y se reestablecieron los estados de ánimos. Estados que ya en la próxima jornada estallarán por los aires.

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