Por derecho propio

Bilbao es un jardín de emociones que florecen en cada esquina. San Mamés, Basílica del fútbol nacional escenificó que la liturgia del deporte es una bomba de misticismo donde el éxtasis se exhala entre los cánticos de un himno que encoge a los gigantes y amedrenta a los forasteros. Si como escribió Juan Villoro, Escocia y México son las campeonas del mundo en aficiones, el Athletic Club de Bilbao es el paladín a nivel de clubes. El éxito de una raza que destroza los tópicos modernos y maneja a su antojo el florecer de nuevos guerreros. El Athletic es un sentimiento, un modelo, una emoción con fragancia de franela pero corazón felino. Un club que afirmaba su supervivencia en un tradicionalismo hermético que no permitía la evolución hacia un fútbol moderno. Hasta que llegó Bielsa, ese loco emborrachado de fútbol que viste de chándal porque el pasto es su casa, y el pijama le parecía excesivo. Excepcional entrenador con nombre de sabio que iluminó las sombras de un club en claroscuros. Con los rincones visibles, el Athletic de los Campeones del Mundo conocía todos sus secretos, y haciendo gala de un fútbol hermoso halló el premio en la final de la Copa del Rey y de la UEFA. Contra Barça y Atlético de Madrid respectivamente, intentarán los leones recuperar una usanza que desde 1983 no navega por la ría. Este Athletic lo merece.

 

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