Di Matteo enfoca el éxito

El Chelsea FC conoce todos los recovecos de Wembley. Entiende sus secretos, comprende su dimensión y se acopla a la moqueta. Debe de ser así, porque los blues dominan la suerte del juego cuando presentan servicio en el estadio. En la FA Cup el club de Londres ha festejado 3 de las últimas 4 finales. Padrón lucido para una entidad que ya colecciona 7 trofeos de una competición ascética, 4 desde que Román Abramóvich comprase el club en 2003.

El último éxito (2-1 ante el Liverpool) arriba en una temporada susceptible ante la fragosidad de las deidades del balompié. Emprendida con las pretensiones de Villas Boas, no supo el Chelsea aclimatar sus habilidades a una nueva línea de rumbo. Tiempo después, y destituido el técnico portugués, Di Matteo reintegró al equipo en los parámetros que mejor conocen los elefantes sagrados de un vestuario con necesidad de aseo. Con el retorno a las referencias el Chelsea acrecentó sus aspiraciones y esperanzas: reciente ganador de la FA Cup y finalista de la Liga de Campeones.

Las premisas del conjunto de Londres son sencillas: obedecer al repliegue, ejercer con presteza en los lances ofensivos y concluir las jugadas arriba son los tres artículos fundamentales de la constitución blue. Como un camaleón, la plantilla sabe disfrazar sus penurias según el rival que enfrenten. Contra el Fútbol Club Barcelona, en semifinales de Champions, trabajaron en el empeño defensivo para excitar su fe en las aptitudes ofensivas. Creer en el prodigio es el primer paso.

Frente al Liverpool, sin embargo, en la final de la FA Cup aceptaron el obsequio de un rival estéril en la primera parte que no pudo, no supo, recuperar el territorio en la segunda. Claudicaron los norteños por la insuficiencia en el afán del título. Ambos conjuntos tienen un repertorio limitado en combinaciones, pero los ganadores demostraron más interés y resistieron los escasos acosos del Liverpool en los últimos lances del encuentro. El equipo de Kenny Dalglish no ha recuperado su cumbre.

El éxito del Chelsea se puede hallar en una combinación de azar y solidez en asaltos. La primera parte estuvo dominada por las funciones de esa firmeza en las que un pase es suficiente. Como en el primer gol, cuando Mata asiste a un genial Ramires. El brasileño aprovechó los desaciertos de Enrique primero y Reina después para adelantar a los suyos. Sin capacidad de réplica, el Liverpool es una sombra de lo que fue. Al igual que Lampard y Gerard, jugadores que años atrás se celebraban como ídolos del mediocentro, con capacidades de repliegue, de mando, potencia y gol. Pero el tiempo pasa adulterando el talento y proponiendo nuevos modelos. Mata es la evidencia de la globalización del fútbol nacional. La exportación del patrón de nuestro fútbol se refleja en esta figura endeble y eléctrica que atesora adjetivos puros cuando maneja la bola y se ensaña en diabluras en tierra de enganche. La primera parte fue suya.

La segunda alteró el discurso de los reds, pero pasado el minuto 54, cuando Drogba había maniobrado en dos toques un pase de Lampard para hacer el segundo. Poco es suficiente para el delantero. Con el 2-0, Dalglish introdujo a Carroll en el terreno de juego. “35 millones de euros”, piensa su hinchada cada vez que cabalga en la hierba. Esta vez, el 9 hizo valer sus condiciones para acortar distancias. En el área pequeña encaró a Terry bailando una danza borracha sin ritmo y fusilar a Cech. El checo no puedo oponerse a la descarga. Sí lo hizo, sin embargo, en un envite con mismos protagonistas. Tras un testarazo contundente de Carroll, cuando el Liverpool acometía en sus funciones, el guardameta despejó las esperanzas del rival sobre la línea de tanto. El Liverpool malograba por exceso de optimismo. Es un espectro de su recuerdo. Demasiado tiempo perdiendo.

Di Matteo ha encauzado el rumbo de un club que parecía perdido. Con sus métodos, más cercanos a prescripciones tradicionales, ya ha levantado un título y presenta candidatura para la Liga de Campeones. Su aliado es su contrato, no debe rendir cuentas a un proyecto a largo plazo como sí hacía Villas Boas. Quizá, tras la imprevista trayectoria que está construyendo pueda asentarse con un esquema de continuidad. Eso parece lo justo.

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