Archive | junio 2012

Eliminatoria de ida o vuelta

Después de 60 celebraciones de gol y ningún empate a cero, la Eurocopa cabalga hacia las pasiones más irracionales, aquellas que florecen en los partidos, que desde cuartos, deambulan al borde de la navaja. Con los encuentros de eliminatoria se descubren los excesos y carencias de cada plantel. Especular en estas regiones puede resultar mezquino y nocivo a medio plazo, pero el asombro apalea a la cordura cuando se negocia con tacaño interés. Ya lo hizo Grecia en la Eurocopa de Portugal sorprendiendo a las casas de apuestas. Ese mismo año, el Oporto de Mourinho alzó la Liga de Campeones con la extrañeza con la que el Chelsea lo logró este curso. Que recen los dirigentes del cotarro para no ceder a la zozobra de los avaros.

España está libre de sospecha, a pesar de la petulancia (¿excesivo?) con la que se tramitó el choque ante Croacia. Concebir el empate como atributo para los cuartos hizo de La Roja rapiña para despojos del toque que nos encumbrara. Tramitar cada encuentro con algazara y superioridad es una tarea peliaguda que algunos se obstinan en negar. No hay plantilla moderna capaz de levantar un trofeo caminando con lozanía en cada uno de sus encuentros y que no sucumba, en un momento determinado, a la ayuda pagana del azar. España no es una excepción. Sin embargo, se levantan andamios de reproches en cada una de las decisiones de Del Bosque.  Hay quien considera un ultraje criticar las resoluciones del seleccionador que nos hizo campeones del mundo, como si la detracción y el juicio no ayudasen a avanzar hacia la racionalidad. El análisis crítico es sano y necesario siempre que se administre con honradez y se enfoque hacia el beneficio general. Los habrá, sin embargo, que lo tomen como desquites personales. Allá ellos.

Sea como fuere, España enfila los cuartos ante una selección imprevista. Francia, que decepcionó en el último mundial, crece con el entusiasmo que suscita, a ratos, el trapecio ofensivo. Los blues, se presupone, renunciarán a la pelota para defenderse con bandazos intermitentes. España propondrá el dominio que acostumbra, con o sin nueve. Precisamente fue Francia la última selección que eliminó a La Roja en un partido de eliminatoria de la fase final de una competición internacional. Por aquel entonces, Zidane adiestraba la cordura de su selección con la finura que le distinguía. A día de hoy, sin el astro, Francia se debate ante el resurgir de una generación con fútbol y capacidades. Sus problemas más recientes provienen del disgusto que sufrieron ante Suecia en el último partido de la fase de grupos. Con el combinado de Ibra ya eliminado, mostraron los franceses sus carencias defensivas y de motivación. Después de la derrota, por dos a cero, Francia se desquebrajó en el vestuario olvidando la trayectoria que les trajo a la Eurocopa. La fiebre agrieta. Se alcanzó tal temperatura que se especuló por momentos con el posible abandono de Ben Arfa. Dos días depués, con los ánimos sosegados, el berriche queda como anécdota.

Abre los cuartos de final la selección Portuguesa y República Checa, que comenzaron con dudas pero abordan el pulso pletóricas. El partido, idóneo para los galopes lusitanos, se presenta como una inmejorable peana para Cristiano Ronaldo y sus ambiciones en el Balón de Oro. Reincidir con un ejercicio de soberbia deportiva y esplendor goleador le aproximaría a un trofeo con acento argentino.

Alemania, que por estética y robustez se asemeja a una escultura renacentista, presentará credenciales ante Grecia. El partido, marcado por el carácter socio-político que invade Europa, contiene todos los argumentos para un espectáculo tenso y tirante. Los teutones, única selección que ha ganado sus tres partidos, son los favoritos. Grecia se aferrará al espíritu de la Eurocopa de Portugal para seguir administrando esperanzas en un pueblo mermado socialmente.

El último partido de cuartos aguarda un choque entre Inglaterra e Italia. Los pross, que ya han recuperado a Rooney no terminan de proponer una praxis eficiente. Todavía no han perdido, pero su fútbol dista mucho del de las grandes favoritas. Sólo sus aparejos temperamentales pueden sentirse como determinantes. Italia pretende ofrecer condiciones suficientes para pasar a semifinales. Alejada de su idiosincrásica pragmática de catenaccio, la azurra propone una versión más linda de sus cualidades. Sin hacer ruido se ha colado, como siempre, en unos cuartos de final que se antojan divertidos. Veamos a dónde nos llevan.

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Perpetua nobleza en el gol

El 26 de abril de 1986 una explosión de hidrógeno en el reactor 4 de la central nuclear de Chernobil pulverizó la rutina internacional para convertirse en uno de los mayores desastres medioambientales de la historia. Un ensayo que simulaba el suministro eléctrico fue el preludio de la catástrofe. El exceso de dióxido de uranio, grafito, carburo de boro y demás gases funestos, materiales radiactivos y tóxicos que se desplegaba en forma de bolsas radiactivas, como pétalos de rosa, superó en más de 500 dosis al que liberó la bomba radiactiva de Hirosima. 31 personas murieron en el acto y más de 116.000 tuvieron que ser evacuadas de las zonas contaminadas, abandonando áreas de los países de Europa central durante muchos años. En el pueblo ucraniano de Dvirkivshchyna, entre los afectados por el desalojo se encontraba un niño de nueve años ajeno a las consecuencias de su evacuación hacia el mar Azov, Andiy Shevchenko.

Por aquel entonces, Sheva ya expelía nobleza y reuniones con el gol. Su talento, usufructo de la fidelidad con el tanto ya había sido atisbado por Lobandovsky, director técnico del Dynamo de Kiev, quien reconoció en el prometedor joven una clarividencia para el futuro engranaje ofensivo del Dynamo. Sin embargo, aquel estruendo de padecimiento postergó el florecer del delantero como si la tierra contaminada, que impedía el brote de la flora, castigase también las esperanzas de Sheva.

Pero su calidad le reservaba un lugar en las categorías inferiores del Dynamo, donde se forjó como goleador insaciable. Debutó con el primer equipo en 1994, y tras lograr las semifinales de la Liga de Campeones en 1999 (temporada en la que eliminó en cuartos al Real Madrid), la joven estrella fue traspasada al Milan. En Italia conquistó la Serie A, una Liga de Campeones y una Copa de Italia. Su importancia en la consecución de los éxitos milanistas fue reconocida con el Balón de Oro en 2004 (después de haber optado a él dos veces). Shevchenko, cuyo primer recuerdo dirigía a sus compatriotas, porque “atraviesa unan situación difícil” y consideraba que “esta gente merece la democracia“, se convertía en el primer jugador con nacionalidad ucraniana en alcanzar el galardón. Antes, ya lo habían conseguido Oleg Blojin (1975) e Igor Belanov (1986), pero por entonces, Ucrania pertenecía a la URSS.

En el primer partido que disputaba Ucrania en la Eurocopa que organiza junto a Polonia, ante Suecia, de nuevo Shevchenko agasajó a su nación con una ofrenda de entusiasmo y gozo que alcanzó mayor hilaridad por lo inesperado del desenlace. El delantero, a sus 35 años, desnudó las pasiones para observar el bienestar en su concepción más natural. Sheva es eterno:  “me siento de 20 años, aunque tengo 35. Es una victoria fantástica y me siento fantástico” comentaba el delantero después del partido. Con sus dos tantos Ucrania elevaba al cielo la promesa de una satisfacción consagrada. En el primer gol, recibía un balón colgado al primer póster, en esa dimensión donde los grandes delanteros demuestran sus ambiciones para con la celebración. Cabeceó como siempre supo. El segundo tanto acarrea más significado. En un saque de esquina, se zafó de Ibraimovich, delantero que ahora se pavonea en su casa milanista, para ajustar la bola con la testa. El pretérito rossonero constató que hay rockeros que nunca mueren.

El decano del gol, de 35 años, todavía no ha asegurado dónde jugará la temporada que viene. En la pasada campaña las zancadas del tiempo se cebaron con el deterioro de su espalda y sólo pudo jugar en una veintena de partidos, ninguno entre enero y abril. En Ucrania la afición y la prensa no confesaban su admiración por la inclusión de Sheva para la Eurocopa.   Blokhin, el seleccionador uraniano veía innegable su participación. Tanto, que antes del partido contra Suecia le dijo a Andrei “que había soñado que iba a marcar dos goles”. Sheva, sin embargo, no le creyó.

España no embellece

Inauguró España la estrella en un Europeo con paso trémulo y dubitativo. Cuando eres campeona del Mundo y clara favorita para cualquier envite que surja no es sencillo embellecerse a costa de los propósitos rivales. La discreción con la que La Roja consiguió su segunda Eurocopa es una percepción lejana y efervescente porque la notoriedad de los “jugones” se hacía corpórea tan rápidamente como lo hacía la culminación de necesidades históricas. España, ahora sí, es una de las grandes, y su celebridad acarrea una competencia palpable que abruma como la atracción gravitatoria. Cada selección con la que se cruza La Roja, se empeña en ejercer de antagonista y exhibir atribuciones que le auguren un futuro en las quinielas. Italia, necesitada de orgullo y piedad, no quería desperdiciar la ocasión de situar su fútbol a la altura de las favoritas y desquitarse de la incómoda verruga de los amaños de partidos. Lo consiguió renunciando a su avaro cattenazzio, descubriendo que alejando los intereses del sórdido ejercicio defensivo el fútbol se acicala con magnificencia y gracia. Maquillada, Italia es más bella. Tanto que embelesó a La Roja para firmar un empate a uno que no obsesiona a ninguna de las dos selecciones.

España no acudió al encuentro con el frac de las celebraciones aristócratas. Llegó a medio vestir, pesada y sin intuir una referencia goleadora. La pista de baile, seca y deslucida, no acompañó a la danza de una selección pendiente de encontrar el ritmo. Pese a todo, España conoce la melodía de memoria y tiene arrojo para cantar a capela. Iniesta tomó el mando del coro para guiar el canto hacia la aureola, pero esta vez Italia mantenía la garganta fresca para proponer un pulso vocal de altura. La primera parte perteneció, fraccionada, a la jefatura de la azzurra, que presionaba con entrega alejando la bola de Xavi. El barcelonista, desventurado cuando no proyecta el partido que imaginó, no atinaba a perfilar su obra. Su jurisdicción no se extendió como debiera y esta vez, sin que sirva de precedente, no hizo jugar a 22 jugadores. Pirlo vislumbró en esa carencia la coyuntura para seguir agrandando su nombre. Por cada partido como este, al Italiano le surge una nueva arruga en la frente, única evidencia del paso del tiempo por sus huesos.

El partido, bífido en su extensión, se sostuvo para España gracias a las intervenciones de Casillas, que despejó (término recurrente en estos días) las perspectivas italianas en la primera parte. En la segunda, Italia demostró que el talento no es monopolio hispano, y en varios lances apuraron la ventura para adelantarse en el marcador. Como la que persiguió Balotelli con insistencia en la presión para desperdiciar más tarde por falta de lucidez. Prandelli, que no comprendió sus atropellos neuronales, prefirió sustituir al talento por la resurrección del delantero italiano. En la primera que tuvo, no erró Di Natale para aprovechar un pase medido y vertical de su compañero Pirlo.

España recordó malos espectros y se apresuró en retomar el pulso al encuentro. De la mano de Iniesta, un héroe contemporáneo, coordinó el juego para combinar con decisión y verticalidad. En una de esas reuniones que los expertos aceptan en nombrar como “passing game” y que el resto reconoce como belleza, llegó el empate. Fue Fábregas el que empujó el balón a la red, en un movimiento de verdadero 9, con rapidez, anticipación y efectividad. Con el ánimo de cara España consideró su jerarquía y exigió el mando de la batalla. Sólo una ocasión de Di Natale atentó la seguridad roja. Con la incorporación de Navas, afilado y diligente, España encontró un filón para sorprender con alternativas y un ejercicio perfecto de lo que se anhela en un revulsivo. También Torres, que sustituyó al goleador y falso delantero, ejerció con pragmática y dinamismo en funciones de 9. Ofreció alternativas y procuró varias ocasiones que, por espanto o exigencia, erró una y otra vez. El encuentro, que terminó con España volcada sobre el área rival, concluyó con un empate aceptado como bueno por ambas selecciones. Italia descubrió esperanzas alejadas del cattenazzio y España recordó que la estrella no es un aval para el triunfo. El astro sólo decora.

España negocia la Historia

La Selección Española se ha ganado el derecho a gestionar sus ambiciones para el Europeo y administrar sus necesidades de éxito. Contenido y continente de lo alcanzado hasta el momento proporciona un salvavidas para despejar titubeos y suministrar optimismo. Tras el último partido preparatorio antes de la competición oficial, ante la China de Camacho, la Roja descubrió carencias y falta de engranaje en distintos aspectos colectivos. Parte de la problemática deriva de la extraña concentración nacional, que hasta última hora no ha recopilado a todos sus convocados, y de la indecisión en puestos determinantes, sobre todo en ataque. El puesto decisivo, hace meses prometido a Fernando Llorente, se debate ahora entre el sevillista Negredo y el reciente ganador de la Liga de Campeones Fernando Torres. La necesidad por definir el referente ofensivo se sustenta en la confianza hacia un número determinado. Los tres jugadores atesoran argumentos en su disputa por la confianza, pero de la decisión dependerá el devenir del juego colectivo. En su esencia, la empresa combinativa invadirá con su aroma los pastos de Ucrania, pero los matices del perfume dependen de la ofensiva. Torres incorpora necesidad de reivindicación, diagonales y movilidad. Negredo, fino en el tramo final de la temporada liguera, ofrece posibilidades de acople al borde del área, incorporación al remate y guarida para balones complicados. Por su parte, el delantero del Athletic colecciona más dianas en su haber y posibilidades aéreas. Pero su actuación en las finales de Liga Europa y Copa del Rey le restan protagonismo, a pesar de haber sido el delantero más en forma de esta selección.

La solución del enigma se resolverá ante Italia, a pesar de que la presencia del titular no garantiza su continuidad en el once. Hasta ahora todo son pruebas. Evidencia de ello es la ausencia de Iniesta en la primera parte ante China. El centrocampista culé es uno de los ases que sostienen este castillo de naipes. Con su incorporación en la segunda parte la selección renovó su vestuario recordando aires de grandeza y demostrando aspiraciones artísticas en lances ofensivos. El éxito pasa por invocar el espíritu de las dos últimas grandes citas, las que elevaron nuestro fútbol a la bóveda de la basílica deportiva. Pero alejados de la competición oficial España ha traslucido lagunas ante selecciones de primer orden, como Argentina o Inglaterra, donde las penurias goleadores saltaron a la visa.

Pero el déficit goleador no emergió en la clasificación para la Eurocopa. En los 8 partidos disputados (contados como victorias) España anotó 26 goles, repartidos entre 10 jugadores, y sólo recibió 6. El dominio del mecanismo y la consciencia de las aptitudes es un trayecto adyacente a la victoria. Que España se reconozca en la moqueta equivale a una perenne lucidez en la que sostener las garantías de triunfo. No es sencillo alcanzar la triple corona, pero si hay una selección capaz de una gesta de tal magnitud, por ambición, calidad, juego y talento, España es la elegida.