Archive | julio 2012

Schleck cae en Pau

La pequeña ciudad de Pau comienza a acostumbrarse a soportar asociaciones con el dopaje. Durante 64 veces el Tour ha hecho un alto en el camino en esta localidad francesa donde una analogía, procedente de la casualidad y no de un delito malévolo que originen sus vecinos, se repite como un déjà vu. El dopaje es una losa que no permite deportar la imagen deteriorada de uno de los deportes más duros y con mayores controles antidroga, y Pau, durante los últimos años, ha procurado la escenografía para una obra deplorable. En 2007, en un día de descanso, conocíamos el positivo de Vinokourov y la expulsión del equipo Astana de la carrera. En Pau, Rasmussen era expulsado; Cristian Moreni, detenido por testosterona; e Iban Mayo por EPO… En 2010, Alberto Contador devoraba un manjar contaminado que acabaría por consumir su imagen. Y ayer, el corredor luxemburgués Frank Schleck daba positivo por la “existencia de un resultado anormal (presencia de diurético Xipamida)” en uno de los botes donde miccionó el 14 de julio.

El informe de la UCI alteraba la quietud de un día de descanso precedente a la “gran obra”, y Schleck, que el año pasado se subió al cajón final del Tour de Francia, era expulsado por su propio equipo de la carrera. Los diuréticos, que atesoran un efecto enmascarador y contribuyen a eliminar ciertas sustancias, no acarrean suspensión automática porque son considerados sustancias específicas. La UCI, por tanto, no podía actuar de juez supremo y solicitó al RadioShack que “tomara las medidas necesarias” para mantener la serenidad y ofrecer al corredor tiempo para preparar su defensa. La estrategia de la Unión de Ciclistas le permite, en caso de que finalmente Schleck sea absuelto tras el análisis de la prueba B, salir indemne de sus diligencias. Frank sería reconocido inocente, pero su imagen, manchada, no estará en París el 21 de julio.

Schleck defiende su pureza y niega haberse dopado. Asegura que las muestras sólo se entienden por un posible “envenenamiento”. Sin embargo, reconocer el desconocimiento sobre la sustancia no juega a su favor, porque en caso de dar positivo en el contraanálisis, deberá explicar el origen. En caso de demostrar una procedencia legal del diurético se libraría del castigo. Alternativa complicada cuando únicamente se ampara en una intoxicación intencionada.

El dato “escalofriante” lo proporciona AS en su edición de hoy: “De hacerse efectiva la sanción a Franck Schleck, control adverso para la UCI, el último podio del Tour de Francia en el que ninguno de sus tres protagonistas dio positivo durante su carrera dataría de 1993”.

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El florecimiento de Ramos

La vida es un estado de ánimo que cambia y sugiere según se interprete. Hay quienes deambulan por ella consumiendo la realidad a dentelladas famélicas como si el tiempo no fuera suficiente. Otros prefieren ceder al itinerario de la casualidad o causalidad, según se mire. Incluso hay quien acelera o modera su rumbo con desprecio al porvenir. Los escritores, por ejemplo, suelen sucumbir ante la avidez vital para demostrar que sus huesos merecen memoria y sus obras eternidad. Los periodistas, por el contrario, prefieren escoger el anonimato terrenal que proporciona su profesión, aunque muchos alcanzan la gloria porque en su pluma se adivina la necesidad o contingencia de quién podría haber sido y no fue. Los toreros, desparraman desvaríos inspirados en bravuconadas exquisitas y certeras. Y los futbolistas, (ay los futbolistas!), caminan con paso lento y pasmado por la aureola de prestigio que los envuelve. Pero el tiempo no es eterno. Sus vidas profesionales duran lo que tardan en consumirse sus nombres y sólo unos cuantos serán evocados como genios perpetuos.

La figura del futbolista suele adornarse con la contundencia de las condiciones temporales que deben representar. Sus edades que, por exigencias físicas y mercantiles, tornan entre los veinte y los treinta y tantos años no se adecuan a la realidad del marco que los envuelve. Sus rostros no son los rostros de jóvenes adultos que tramitan el florecimiento de la madurez. Sus gestos tampoco. Deben seducir la danza del millonario prematuro que acondiciona su vida a un ritmo vertiginoso y comparte lecho con supermodelo de urgencias. El camino, que acaba por quebrar a muchos, es un recorrido que acomoda y discrimina. La inteligencia, que en muchos casos se presenta ajena a parentescos gimnásticos, muere de inanición.

Ser futbolista es peliagudo. Las exigencias físicas y económicas condicionan los derroteros del nuevo héroe contemporáneo, y su gestación educativa deriva en cursos acelerados y desánimo cultural. Generalizar es peligroso y zoquete, pero sólo un puñado de ellos abandona la pétrea postura de un estribillo que impone la costumbre y se atreven a desparramar sus ideas frente a la cámara, micrófono o grabadora. Los más, escogen gestos de hemeroteca y muletillas. O escogían, porque la nueva moda del oscurantismo mediático les ha llevado a la caverna. Ya no presentan solicitud mediática ante quienes han hecho de sus figuras héroes necesarios. En nuestro siglo, la celebridad viene con el dorsal.

Sergio Ramos es uno de esos seres escogidos para pavonear sus huesos en los mejores pastos del mundo. Su calidad, forjada en la fábrica del Sevilla F.C., vivió durante demasiado tiempo al amparo de su temperamento. Amueblar la azotea no es sencillo, e incluso interioristas de primer orden abandonaron el puesto sin decorar el salón. Ramos es el prototipo de futbolista moderno y juvenil que se acomoda a las nuevas tecnologías para mantenerse en contacto con el vulgo y que ha tardado en madurar la idea de quién quiere llegar a ser. Se miró en el espejo de Maldini pero su juventud no le permitía discernir las obvias diferencias entre ambos. La más clara, el compromiso consigo mismo. Maldini siempre fue Maldini; Ramos era Sergio. Hasta ahora.

Ramos siempre prefirió ser central. Cuando llegó al Real Madrid, el centro de la zaga, esa comarca de ilustres como Hierro o Sanchís, era el territorio codiciado por el de Camas para forjarse como leyenda. Sergio sentía que alejado de las penurias de la banda sus posibilidades de éxito deportivo se calculaban inagotables. Quería descubrirse como epicentro de la grandilocuencia blanca. Con la llegada de Mourinho al conjunto blanco y el rumor del fichaje de Maicon para ocupar la banda derecha, sus esperanzas reaparecían ilusorias. Pero el precio del brasileño y el competente y eficaz ejercicio del andaluz como lateral en el mundial de 2010 le retuvieron en el puesto.

Una temporada después, y ajeno a oposiciones mediáticas, Ramos tuvo la oportunidad de reubicarse como núcleo de la zaga madridista. La lesión de Carvalho le proporcionó la oportunidad para gestionar su futuro. Su empleo anticipativo, el talante competitivo y sus condiciones temperamentales dieron la razón a los profetas que pronosticaron en su figura un central de garantías.

Consolidado como central la Eurocopa estaba destinada a reconvertir al joven internacional en lateral. Pero de nuevo la lesión de un veterano como Puyol le devolvían al núcleo de sus aspiraciones. En el torneo Ramos ha madurado amparado en el patrocinio de una posición que le permite desplegar sus aptitudes físicas y habilidades jerárquicas. Su magnífica empresa en el torneo europeo ha sido correspondida con alabanzas logrando contrarrestar la imagen deformada que se cimentó con anécdotas inoportunas. El éxtasis de la zalamería llegó cuando, a lo panenka, Ramos embocó un penalti en la tanda de semifinales de la Eurocopa espantando las fobias que él mismo engendró en semifinales de Liga de Campeones. Su certera conducta fue la guinda a un partido soberbio y trascendental con el que presentaba credencial de maduración y hacía olvidar sucesos chistosos e infantiles. Ramos ya es el central.

Su soberanía se enfrenta a la imagen post-cani que teníamos de él. A pesar de que continúa obstinándose en regalarnos fotografías en las que señala distintos objetos, Ramos ha alcanzado una cota de majestuosidad que no recordábamos en un central español. Incluso su corte de pelo oculta propósitos para redimirse de lo que llegó a ser. Sergio es feliz. Si como dijo Del Bosque en Jot Down, Hierro fue “mejor que Beckenbauer en todo”, Ramos puede comerse el mundo.

Viva los inconformistas

Hay un merecido fervor en torno a la Selección Española de fútbol que despide un hedor adulador en quien se obceca en no ver más allá de su nariz. Tres días después de haber alcanzado nuestra tercera Eurocopa todavía hay quién se retuerce en la pertinaz ceguera que producen los títulos. La victoria es síntoma de salud colectiva, engendra felicidad y genera autoestima. Pero el triunfo no lo es todo y la crítica es el vestigio del inconformismo.

Yo soy crítico. Soy inconformista. España ha ganado su tercer título internacional consecutivo (eludiendo la redundante Copa Confederaciones). Una gesta que de por sí es espléndida y que se eleva hasta el origen de la fosforescencia, allá por el cinturón de Orión, cuando se consigue con un molde combinativo que falsea su verdadera complejidad. Jugar sencillo es lo más difícil. Somos los seductores del éxito y del buen juego. Ganamos en posesión, en intensidad, en defensa, en humildad, juego y ambiciones. Regentamos el reino del balompié con hegemonía y sin titubeos. Y esto, parece que todo el mundo lo comprende.

Sin embargo, hay quienes consideran que la victoria es competencia considerable y olvidan lo que estuvo detrás. No propongo un ejercicio de revisión histórica, tan común en estos días, del tipo: “estuve toda una vida para ver ganar a la selección” o “ya no agradecemos los éxitos porque estamos acostumbrados”. Allá cada cual con sus incentivos, gratificaciones y exigencias. Cuando hablo del pasado, me refiero al tiempo más cercano, al que transcurría cuando se pateaba la bola en los pastos de Polonia y Ucrania. La selección, se llegó a decir, aburría. Jugaba sin referente y sobaba la bola como un adolescente recién estrenado en el mercado de la sexualidad. Los puristas se echaban las manos a la cabeza: !Cómo dudar de nuestra Roja!

Pues oiga, también es mi Roja y mi bandera, y de no ser por las cervezas que sostenían mi sopor durante el partido de Francia, me habría quedado dormido. Quizá dormido no, porque el barullo del bar puede con la necesidad; pero sí hubiese acabado deambulando por el cosmos adictivo de Angry Birds.

Roberto Gómez, columnista, periodista y tertuliano deportivo, se preguntaba esta mañana, en el coloquio de Radio Marca, ¿cómo puede aburrir una selección que ha ganado?, como si el éxito eliminase de un plumazo el rastro que deja en la tierra. Muy sencillo. Vivimos de comparaciones, y equiparando esta selección con la que alzó su primera Eurocopa en 2008, a pesar de que ganamos en la dictadura de la posesión y en la disminución de infartos, perdemos en verticalidad y vistosidad. España gana (algo que me tranquiliza y regocija), pero no divierte como debiera (algo que me preocupa).

Sin embargo mis temores no proceden de la carencia de seducción ofensiva (más que carencia, descenso del deleite respecto a otros momentos), ya la recuperaremos, sino de los aullidos mediáticos contra aquellos que no consideran el éxito comodidad suficiente para ignorar los instantes inapetentes. Hay un chillido general que se inclina como absoluto en contra de los acusicas. Alcemos la voz los inconformistas, denunciemos la resignación de aquellos que se adecuan al éxito como una pieza de puzzle y exijamos lo que esta selección puede ofrecernos: el triunfo y el buen juego.