Archive | septiembre 2012

Aduriz enfrenta el porvenir

Aduriz siempre fue querido en San Mamés. Sin la calidad de otros ilustres rojiblancos el delantero de San Sebastián ejerce, en los últimos partidos, como hombre ofensivo de un equipo acostumbrado a la agenda que marcaba Llorente. Su costura en el tejido de las plantillas en las que convivió le reembolsaron un billete de vuelta al equipo de sus amores, y la afición, acostumbrada a corear nominativos vascuences, le prueba su cariño los días de guardar.

Sin embargo, su llegada al Athletic Club careció de la tradicional recepción del entrenador, que esperaba contar con el apoyo de la directiva para gestionar la política de fichajes. Con la perspectiva que concede el tiempo, su incorporación se intuye como una maniobra de los dirigentes ante la desbandada con la que amenazó Llorente, y a pesar de que la fuga no fructificó, el auxilio que aporta Aritz Aduriz en el juego combinativo contribuye a estabilizar la bañera de nerviosimo en la que el Athletic remojó los tobillos al inicio de liga.

Después de una temporada excelsa el Athletic de Bilbao retomaba la competición oficial con sensaciones contradictorias en Liga y Europa League. Las amenazas de vahídos que procuraron los asuntos de Javi Martínez y Llorente intimidaban con amargar la transición de un club que todavía lucha por adaptarse al magín de un entrenador con ideas propias. El monólogo de Bielsa ambiciona un fútbol osado y rozagante, que, a pesar de la interpretación del curso pasado, tarda en alcanzar el esqueleto de un club.

En esas estaba el Athletic, que arrancó la liga indispuesto por el trayecto veraniego. Las derrotas ante Betis y Atlético de Madrid largaban a los leones a la cola de la tabla, y las sensaciones de martirio, arrinconadas el curso pasado, se adivinaban como un transvase de la angustia que marca el mercado de fichajes. Pero con el fin del plazo traspasos, y asumida la tesitura deportiva, el Athletic evocó, ante el Valladolidad, impresiones pasadas y se alivió a sí mismo, asentado en la liturgia que concede la grada.

Aduriz, que durante gran parte del partido no asomó la cabeza en la dimensión ofensiva, apareció en la frontera del minuto 70 para aligerar el peso de los 9 goles en contra en los dos primeros partidos. La faena del delantero no se acercó a evocar la contundencia con la que Llorente dominaba defensas rivales, pero siempre en movimiento, supo mudar a los centrales y arrastrarlos continuamente cuando llovían balones colgados desde la izquierda.  Su ejercicio, competente y pragmático, no le bastó para proclamarse el mejor del partido, pero contribuyó a recordar que Llorente no es sempiterno, y sobre todo a afrontar el porvenir con esperanza.

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Vicente Blanco, ‘el cojo’ del Tour

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Texto para Quality Sport.

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Vicente Blanco no andaba, se balanceaba desequilibrado sobre dos muñones. Sus pies, retorcidos en amasijos de músculos, habían sufrido varios percances cuando, en 1904, con 20 años trabajaba en la industria vizcaína, y se convirtieron en dos pelotas de molla y hueso. En el pie izquierdo, una barra de acero le procuró un agujero en el empeine; en el diestro, una máquina le machacó la extremidad y tuvieron que amputarle sus cinco dedos. Pero sobre la bicicleta Vicente, el cojo, mantenía el equilibrio y olvidaba sus penurias bípedas. Se impulsaba en sacudidas, esta vez, armónicas.

Vicente Blanco, que nació en Bilbao en 1884, pertenece a esa generación de deportistas que ejercieron en la frontera del amateurismo. La inestabilidad de profesionalismo pronto le derivó hacia una mentalidad trabajadora y tenaz. Los medios eran insuficientes y cada cual debía desgranar sus ambiciones como mejor intuía. Vicente comprendió que la bicicleta era el medio con el que podía igualarse al resto y buscó la celebridad en la cadencia del pedaleo. Sobrepasó el disparate cuando en 1910, para participar en el Tour de Francia, pedaleó desde Bilbao a París para inscribirse en la carrera. No la concluyó, pero su hazaña le granjeó un dorsal en la memoria colectiva.

Vicente incubó su maduración en el puerto de Bilbao. Pasó por angulista, trabajó en la siderurgia y se moldeó como botero. Pero fue en el deporte donde encontró la ruta para calmar sus necesidades. Se asomó al ciclismo con una bicicleta que encontró destartalada sin gomas en las ruedas. Como sus posibilidades económicas no le permitían comprar unos neumáticos nuevos, ató unas sogas del bote a las llantas y comenzó sus pedaleos. Se entrenó con empeño dejándose ver en carreras locales y escalando en la dificultad de agrandar su prestigio. En 1908 y 1909 alcanzó sus mayores éxitos al proclamarse campeón de España con el mallot de lana de la Federación Atlética Vizcaína.

En el nacional de 1908, el Cojo pedaleó desde Bilbao hasta la capital asturiana, donde estuvo a punto de no tomar la salida debido a la indisposición que le produjo el atracón de chuletas que se había dado el día anterior, pensando que necesitaba esa cantidad para aguantar. Fueron 100 kilómetros muy disputados, en los que tuvo que hacer esfuerzos formidables para mantenerse en carrera, superar su mal de vientre y sobreponerse a una caída producida a 30 kilómetros de meta. El Cojo venció a todos sus rivales porque recurrió a una triquiñuela para alzar el título. Vicente era conocido como un bravucón fantasma que trampeaba de sol a sol. En esta ocasión, se había escapado con varios compañeros pero no podía desprenderse de sus sombras. Cuando a medio recorrido había que firmar en un control de paso, Blanco se lanzó a rubricar su nombre con celeridad. Marcó en el papel a la vez que estampaba las posibilidades de sus contrincantes al quebrar la mina del lápiz y no permitir que estos firmasen el documento. Sin oposición, blanco llegó a la meta en solitario, muy por delante del segundo clasificado, Esteban Espinosa.

En otra carrera vasca, escondió cazuelas de bacalao en distintos puntos del recorrido para reponerse del cansancio. Antes de la salida, había anunciado que no recurriría al avituallamiento. Pero su palabra valía menos que una tajada de pescado.

Con sus ambiciones nacionales rebasadas, Vicente concluyó que el Tour de Francia, una carrera extrema que por primera vez atravesaría Los Pirineos, sería el baremo para medir su competencia. Se lanzó a la aventura de recorrer la distancia entre Bilbao y París, intentando llegar a tiempo para la primera etapa. Alcanzó su meta un día antes del comienzo de la prueba. La bicicleta y las energías parecían de tercera mano.

Sin tiempo para lamentaciones, pudo contactar con un mecánico español que trabajaba en la prestigiosa fábrica de bicicletas Alción, Joaquín Rubio, que le procuró una nueva bici y le ayudó a formar su inscripción. El diario organizador, L’Auto, le obsequió con el dorsal 155, que pertenecía a los “islotes” o desheredados; aquellos que sin equipo, se aventuraban solos en la carrera debiendo buscarse la vida para comer, alojarse o reparar la bicicleta.

Vicente Blanco no acabó la carrera. Existe incluso la duda de si completó la primera etapa, a pesar de que él siempre aseguró que sí lo hizo, aunque con el control cerrado. Las exigencias del Tour, que en 1910 hollaba por primera vez cumbres como el Tourmalet, fueron excesivas para un cojo de provincias. El propio Lapize, que aquel año ganaría prueba, gritó a los organizadores en lo alto del Aubisque una frase demoledora en la memoria: “Asesinos, sois una panda de asesinos”.

El Cojo no volvería a correr el Tour. Se conformaría con carreras nacionales como la Volta a Cataluña. Ya en 1913 abandonó la competición y se centró en su familia. El Cojo había tenido suficiente.