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Drive conduce la oscuridad

De Nicolas Widing Refn sólo conozco su última película, Drive, pero estoy seguro de que es un gran director (y todavía será mejor), porque una de las cosas más complicadas en el cine es contar de manera excelente una historia sencilla (en este caso, mil veces narrada). Y en Drive, Widing Refn lo ha conseguido. En gran parte, su éxito es el éxito de un guión fortísimo que Hossein Amini adaptó de la novela “Las alas de la paloma” ( Henry James) y la interpretación del calurosamente frío Ryan Gosling. Me aventuro a vaticinar que el nombre de Refn se revalorizará en 2012 y regalará grandes momentos.

Drive es una historia sencilla contada por enésima vez, aquella del atraco que no termina como se esperaba. La hemos visto en westerns, de la mano de Tarantino o Lumet. La hemos visto violenta, sagaz y visceral. En cine y televisión… Drive propone su propia versión del robo frustrado; lo hace a partir de un personaje fantasma, sin nombre, (Driver) que ve el mundo desde el asiento de piloto de un coche. Un joven reprimido y crudo que basa su fortaleza en un fuego interno tremendamente atractivo (nunca olvidaré esa chupa color mayonesa pasada con un escorpión dorado. Como dice @vigalondo, tampoco lo olvidarán los chavales, que mascarán palillos hasta sangrar) con una historia de amor fortísima.

Es el vínculo sentimental el que origina la evolución de Driver hacia la prosperidad afectiva, y más adelante hacia su propio final. La dupla Amini – Widing Refn gestan un poema oscuro, visualmente vecino a la vanguardia, para generar la tensión más bella que se ha visto desde hace tiempo. Pero la gran virtud de esta película proviene de su propia amenaza: en su personal interpretación del subgénero delictivo Drive sugiere las secuelas del robo y sus consecuencias en los diferentes personajes. “El atraco no sólo afecta a Driver”, explica el guionista Amini, “tiene repercusiones en todos”. Añade: “había que trasladar esa visión para convertir la película en una experiencia absolutamente original”. Chapó!

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El Barça se reencuentra

Retorna el Barça a la senda del triunfo con la magnitud del resultado a la que acostumbra: con un desenlace hinchado a base de goles. Cuatro tantos que desarbolan a un Rayo con la categoría de grande, un equipo sin complejos que se miró al espejo y no renunció a su idiosincrasia. Había dicho Sandoval que “o salimos por la puerta grande o vamos a la enfermería”. No fueron el matagigantes que esperaban, pero tampoco supuró la herida. Comprendieron que este Barça tiene relumbrón, y con gallardía no basta.

Los de Guardiola necesitaban ganar después del tropiezo en Getafe. Alexis, escorado junto a la cal de la banda izquierda entendió el menester acontecido y se autodenominó concluyente. Determinante y sustancial, dribló y centró empleándose con magnitud hasta que abrió la lata en el minuto 29, eludiendo así, los fantasmas que durante media hora despernaron los madridistas. Con el resultado a favor, el Barça se dedica a seguir la corriente convirtiendo el caudal de juego en un río imposible de navegar.

Quedaban 45 minutos pero la crecida venía con fuerza. Villa y Messi aportaron su granito de arena y el Rayo aguantó con la dignidad de su condición. Salieron con la cabeza bien alta.

Y entretanto, con la resaca, se olvidan los problemas y afloran las envidias; evidencia del Ser Humano. Coleando la cartulina a Piqué, aquella de igual signo que la de Alonso, pero de distinta repercusión (en ciertos sectores de la prensa). Allá ellos con sus fobias.

3 puntos de sutura

La velocidad es la estrella voraz de este Real Madrid. Le gusta correr y coger al rival desprevenido, y atacarle donde más duele, en una fugaz carrera armada con la destreza de sus delanteros. Poco se puede hacer ante la contundencia y agilidad del conjunto. Sin embargo, cuando el contrario se torna especulativo, esa velocidad que en los primeros envites de los partidos se mostraba cuasidefinitoria se traduce en un anhelo incómodo por dominar el balón.

Esquema pragmático que emuló ayer el conjunto de Mourinho, repitiendo por tercera vez consecutiva once inicial (Coentrao incluido). El cargo del luso afianza esa galopada conjunta que imprime el equipo, pero por momentos se transcribe en una desmesurada celeridad que acaba por anarquizar el partido. Demasiada verticalidad en manos de un lateral con cerebro de extremo, sin la visión del pivote ni la paciencia del compañero. El Madrid acusó ayer esa aceleración del encuentro, que incluso acabó por contagiar a la perfecta templanza. Özil, el caballero de la mediapunta, infectado por las prisas, cada vez se siente más delantero y, abandonado a la necesidad del gol y urgencia del último pase, olvida sus deberes como arquitecto. Una lástima.

El partido se presumía sencillo para los españoles. El Madrid, vestido de rojo treinta años después, visitaba al Dínamo de Zagreb en un estadio con marcadas connotaciones políticas. Una batalla campal en el Maksimir, el 13 de mayo de 1990, supuso el comienzo de la guerra serbio-croata. Aquel domingo interminable se enfrentaban el Dinamo de Zagreb con el Estrella Roja. No hubo muertos. Quizá el color de la camiseta de los merengues fue lo que confundió a Leko, que menospreció la ley arbitral y se cebó con el tobillo de Ronaldo. El más “guapo, rico y bueno” se quejó al terminar el partido pero el daño estaba hecho (3 puntos de sutura).

No desplegaron los españoles el juego de la Supercopa, cosa, que por otra parte, ya a nadie extraña. La máxima es la victoria, y la velocidad su principal arma. Incluso Alonso insistió en balones en largo. Pero el fútbol es presumido, y tras una primera parte algo anodina, una triangulación en el borde del área cegó al Dínamo de Zabreb. Marcelo hizo de Özil y asistió a Di María, que en perfecta sintonía marcó el único gol del encuentro.

Los croatas se desarbolaron tras encajar el gol, y no supieron achicar el agua que estaba hundiendo el navío. Sólo la bobería de un polvoriento Marcelo, que en dos acciones consecutivas recibió sendas amarillas, hizo fantasear a los locales. Aún así, el Madrid continuaba llegando con una velocidad descomunal. Al tiempo saltó al campo el creativo Lass, ese clon de mayordomo (que sin el 10 a la espalda parece más jugador), y la templanza cobró vida. Poco más en una noche sin grandes conclusiones. Los españoles continúan ganando, como siempre, sin un juego determinante. 3 puntos (de sutura) para comenzar la temporada en Champions.

Entre tanto, Mourinho en la grada con esa gorra de estrella hollywoodiense pero sin el carisma de los actores.

La roja; ‘la rojita’

Antes de que comenzase el partido del Europeo sub-21 que enfrentaba a las selecciones de España e Inglaterra, denostaba el calificativo que los medios han otorgado a los nuestros: ‘la rojita’. Lo creía impuro y tosco por el juego y por su musicalidad. Esta selección ha demostrado su capacidad para rimar con la absoluta y deleitarnos con otro verano de disfrute, y merecía algo más que un simple diminutivo, a pesar de las evidentes carencias.

Es importante, en este tipo de torneos, comenzar con una victoria que despeje dudas y allane el camino hacia el objetivo. Y es importante lograrlo de cualquier forma, aunque para ello haya que “traicionar” el manual de estilo y sucumbir a los encantos de otras épocas. No sucedió ayer. La ausencia de verticalidad y mordida defensiva provocó que en el minuto 87, cuando deleitábamos una victoria trascendente, Inglaterra empatara el partido. La acometida de una gacela inglesa encontró la grieta por donde colarse y resquebrajó un monólogo de toque.

Comenzó el partido con la roja sabiéndose superior pero sin lograr un dominio aplastante. El fútbol, cuando quería, era suyo, a pesar de un par de estampidas blancas por la banda derecha. Inglaterra, fantasma kamikaze de su propia historia, se afanó en defenderse como bien pudo: balones largos y poco más, que no están los tiempos católicos. España hizo lo que supo, y como bien exigen los tiempos presentes, mostró un tiki-taka todavía por madurar y alternativas futuras para el timón de la nave principal. Con ello y la ausencia de un verdadero 9, se agarraron los nuestros al balón parado, y en el primer córner del encuentro un Javi Martínez incombustible cabeceó en el punto de penalti y Herrera coló el balón en las mallas. Macua se frotaba las manos y España comenzaba cumpliendo las expectativas.

La segunda parte, con el marcador a favor, Inglaterra no supo, no quiso o no pudo encontrar el método para bloquear el centro del campo español. Una verborrea de toques de los de Milla incomodaba a la selección inglesa, que acudían, impasibles, a un espectáculo similar al que nos acostumbra la absoluta española. Pero esta no es aquella y las imprecisiones, falta de killer y el desvanecimiento de la intensidad defensiva chocaban en un modelo conocido. Así las cosas, Milla pensó encontrar la solución sustituyendo al solitario Adrian por un Parejo reinventado en la base de sus viejos tiempos, y la bola se pegó a nuestras botas. Sonaban tímidos oles en un escenario demasiado medroso durante todo el encuentro, y a pesar de jugar con un esquema carente de mordida el partido se suponía tan nuestro que preferimos recrearnos. Salió Bojan y ganamos en referente, pero España seguía gustándose en la medular sin encontrar el último pase. No pegamos a puerta. No desbordaba por banda. No hallaban puerta. Cuestiones menores cuando se trata de mantener el resultado.

Pero el fútbol nos dio la espalda y la certeza nos nubló la vista. Inglaterra, vestida de corredora despegó por la derecha y el balón nos bajó al suelo. Pensamos en fuera de juego. Buscamos el fuera de juego. Pero gol subió al marcador y con él llegaron las prisas. Y a pesar de que la roja, la rojita, intentó retomar el control ya era demasiado tarde.

El empate sabe a poco porque España dominó todo el encuentro y porque sabíamos de la importancia de un buen comienzo en torneos de estas características. Pero a pesar de este inicio tan gris nada está perdido. También la absoluta tropezó en su primera cita en el Mundial de Sudáfrica y supo, más tarde, deshacer el nudo. Esperemos que tomen nota.

La lucha por la libertad

Ayer, a las 20.45 horas, un niño español de padres argelinos tarareaba mecánicamente, como una caja de música, una cancioncilla que a pesar de su letra, parecía infantil al sonar en sus labios: “Asesino, Israel”. Este fue el lema más repetido en la manifestación que ayer convocó la Coordinadora de Ayuda a Palestina en Logroño, y el muchacho, quizá desconociendo lo que decía, lo repetía una y otra vez. Más de un centenar de personas se reunieron en la Plaza del Espolón, frente a la Delegación del Gobierno, con carteles en la mano y entonando lemas pegadizos. Protestaban, según Julia Pérez, miembro de la Coordinadora, por el ataque que sufrió la flotilla de ayuda humanitaria que se dirigía a Gaza. Reibindicaban la ruptura de las relaciones con el Estado Israelí, que tildaron de “estado sionista asesino”, y el boicot a sus productos y economía.

Tras una pancarta en la que se leía “Libertad y justicia para Palestina”, el centenar de manifestantes rodearon el Espolón a paso lento pero firme. Luchando según Alí, un argelino que vestía la camiseta del Chealsea, para denunciar “la crueldad de un acto criminal”. Alí tiene un acento singular, de extranjero afincado en La Rioja, y se expresa con atropello, como si su lengua no fuese suficiente para transquibir las ideas de su magín. Sin embargo, acaba diciendo lo que desea: “Es importante que nos juntemos aquí, hay que luchar por la libertad de Palestina”.

La manifestación no es multitudinaria, pero los pocos que allí se juntan se dejan sentir. Corean lemas pegadizos mientras una cámara les graba. La mayoría de los presentes se muestra inalterable ante la televisión. Hay otros, no obstante, que ansiosos de un momento de gloria parecen posar con carteles en alto. Las ancianas y familias que se encuentran en la plaza siguen con la mirada a los miembros del grupo, que como una fila de hormigas, parece una columna incapaz de separarse.

Entre esas personas hay dos mujeres que me llaman la atención. Son dos españolas. La más jóven es morena y la mayor, que lleva unas gafas naranjas, rubia. Pero sus cabelleras están cubiertas por un velo. Son musulmanas. (Y yo pensando que su indumentaria era un gesto simbólico. Los prejuicios están para romperse. Deben romperse). Pero lo verdaderamente importante de estas dos mujeres, es su lucha por la libertad. Como la que todos los presentes parecen suplicar a gritos. Aya es la más jóven, la morena (tonalidad que descubro por las cejas). Prefiere no mostrar su apellido, pero sí expresa lo que siente: “el ataque de Israel es una barbarie…” Parece no encontrar más sinónimos para describir el suceso. En ese momento Aziza, la mayor, cuyo velo de color rosado parece ser el espejo de su personalidad sentencia: “inadmisible”. Por eso están allí, como el resto de los convocados, para luchar por la libertad de un pueblo que consideran “arrinconado”.