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Aduriz enfrenta el porvenir

Aduriz siempre fue querido en San Mamés. Sin la calidad de otros ilustres rojiblancos el delantero de San Sebastián ejerce, en los últimos partidos, como hombre ofensivo de un equipo acostumbrado a la agenda que marcaba Llorente. Su costura en el tejido de las plantillas en las que convivió le reembolsaron un billete de vuelta al equipo de sus amores, y la afición, acostumbrada a corear nominativos vascuences, le prueba su cariño los días de guardar.

Sin embargo, su llegada al Athletic Club careció de la tradicional recepción del entrenador, que esperaba contar con el apoyo de la directiva para gestionar la política de fichajes. Con la perspectiva que concede el tiempo, su incorporación se intuye como una maniobra de los dirigentes ante la desbandada con la que amenazó Llorente, y a pesar de que la fuga no fructificó, el auxilio que aporta Aritz Aduriz en el juego combinativo contribuye a estabilizar la bañera de nerviosimo en la que el Athletic remojó los tobillos al inicio de liga.

Después de una temporada excelsa el Athletic de Bilbao retomaba la competición oficial con sensaciones contradictorias en Liga y Europa League. Las amenazas de vahídos que procuraron los asuntos de Javi Martínez y Llorente intimidaban con amargar la transición de un club que todavía lucha por adaptarse al magín de un entrenador con ideas propias. El monólogo de Bielsa ambiciona un fútbol osado y rozagante, que, a pesar de la interpretación del curso pasado, tarda en alcanzar el esqueleto de un club.

En esas estaba el Athletic, que arrancó la liga indispuesto por el trayecto veraniego. Las derrotas ante Betis y Atlético de Madrid largaban a los leones a la cola de la tabla, y las sensaciones de martirio, arrinconadas el curso pasado, se adivinaban como un transvase de la angustia que marca el mercado de fichajes. Pero con el fin del plazo traspasos, y asumida la tesitura deportiva, el Athletic evocó, ante el Valladolidad, impresiones pasadas y se alivió a sí mismo, asentado en la liturgia que concede la grada.

Aduriz, que durante gran parte del partido no asomó la cabeza en la dimensión ofensiva, apareció en la frontera del minuto 70 para aligerar el peso de los 9 goles en contra en los dos primeros partidos. La faena del delantero no se acercó a evocar la contundencia con la que Llorente dominaba defensas rivales, pero siempre en movimiento, supo mudar a los centrales y arrastrarlos continuamente cuando llovían balones colgados desde la izquierda.  Su ejercicio, competente y pragmático, no le bastó para proclamarse el mejor del partido, pero contribuyó a recordar que Llorente no es sempiterno, y sobre todo a afrontar el porvenir con esperanza.

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El florecimiento de Ramos

La vida es un estado de ánimo que cambia y sugiere según se interprete. Hay quienes deambulan por ella consumiendo la realidad a dentelladas famélicas como si el tiempo no fuera suficiente. Otros prefieren ceder al itinerario de la casualidad o causalidad, según se mire. Incluso hay quien acelera o modera su rumbo con desprecio al porvenir. Los escritores, por ejemplo, suelen sucumbir ante la avidez vital para demostrar que sus huesos merecen memoria y sus obras eternidad. Los periodistas, por el contrario, prefieren escoger el anonimato terrenal que proporciona su profesión, aunque muchos alcanzan la gloria porque en su pluma se adivina la necesidad o contingencia de quién podría haber sido y no fue. Los toreros, desparraman desvaríos inspirados en bravuconadas exquisitas y certeras. Y los futbolistas, (ay los futbolistas!), caminan con paso lento y pasmado por la aureola de prestigio que los envuelve. Pero el tiempo no es eterno. Sus vidas profesionales duran lo que tardan en consumirse sus nombres y sólo unos cuantos serán evocados como genios perpetuos.

La figura del futbolista suele adornarse con la contundencia de las condiciones temporales que deben representar. Sus edades que, por exigencias físicas y mercantiles, tornan entre los veinte y los treinta y tantos años no se adecuan a la realidad del marco que los envuelve. Sus rostros no son los rostros de jóvenes adultos que tramitan el florecimiento de la madurez. Sus gestos tampoco. Deben seducir la danza del millonario prematuro que acondiciona su vida a un ritmo vertiginoso y comparte lecho con supermodelo de urgencias. El camino, que acaba por quebrar a muchos, es un recorrido que acomoda y discrimina. La inteligencia, que en muchos casos se presenta ajena a parentescos gimnásticos, muere de inanición.

Ser futbolista es peliagudo. Las exigencias físicas y económicas condicionan los derroteros del nuevo héroe contemporáneo, y su gestación educativa deriva en cursos acelerados y desánimo cultural. Generalizar es peligroso y zoquete, pero sólo un puñado de ellos abandona la pétrea postura de un estribillo que impone la costumbre y se atreven a desparramar sus ideas frente a la cámara, micrófono o grabadora. Los más, escogen gestos de hemeroteca y muletillas. O escogían, porque la nueva moda del oscurantismo mediático les ha llevado a la caverna. Ya no presentan solicitud mediática ante quienes han hecho de sus figuras héroes necesarios. En nuestro siglo, la celebridad viene con el dorsal.

Sergio Ramos es uno de esos seres escogidos para pavonear sus huesos en los mejores pastos del mundo. Su calidad, forjada en la fábrica del Sevilla F.C., vivió durante demasiado tiempo al amparo de su temperamento. Amueblar la azotea no es sencillo, e incluso interioristas de primer orden abandonaron el puesto sin decorar el salón. Ramos es el prototipo de futbolista moderno y juvenil que se acomoda a las nuevas tecnologías para mantenerse en contacto con el vulgo y que ha tardado en madurar la idea de quién quiere llegar a ser. Se miró en el espejo de Maldini pero su juventud no le permitía discernir las obvias diferencias entre ambos. La más clara, el compromiso consigo mismo. Maldini siempre fue Maldini; Ramos era Sergio. Hasta ahora.

Ramos siempre prefirió ser central. Cuando llegó al Real Madrid, el centro de la zaga, esa comarca de ilustres como Hierro o Sanchís, era el territorio codiciado por el de Camas para forjarse como leyenda. Sergio sentía que alejado de las penurias de la banda sus posibilidades de éxito deportivo se calculaban inagotables. Quería descubrirse como epicentro de la grandilocuencia blanca. Con la llegada de Mourinho al conjunto blanco y el rumor del fichaje de Maicon para ocupar la banda derecha, sus esperanzas reaparecían ilusorias. Pero el precio del brasileño y el competente y eficaz ejercicio del andaluz como lateral en el mundial de 2010 le retuvieron en el puesto.

Una temporada después, y ajeno a oposiciones mediáticas, Ramos tuvo la oportunidad de reubicarse como núcleo de la zaga madridista. La lesión de Carvalho le proporcionó la oportunidad para gestionar su futuro. Su empleo anticipativo, el talante competitivo y sus condiciones temperamentales dieron la razón a los profetas que pronosticaron en su figura un central de garantías.

Consolidado como central la Eurocopa estaba destinada a reconvertir al joven internacional en lateral. Pero de nuevo la lesión de un veterano como Puyol le devolvían al núcleo de sus aspiraciones. En el torneo Ramos ha madurado amparado en el patrocinio de una posición que le permite desplegar sus aptitudes físicas y habilidades jerárquicas. Su magnífica empresa en el torneo europeo ha sido correspondida con alabanzas logrando contrarrestar la imagen deformada que se cimentó con anécdotas inoportunas. El éxtasis de la zalamería llegó cuando, a lo panenka, Ramos embocó un penalti en la tanda de semifinales de la Eurocopa espantando las fobias que él mismo engendró en semifinales de Liga de Campeones. Su certera conducta fue la guinda a un partido soberbio y trascendental con el que presentaba credencial de maduración y hacía olvidar sucesos chistosos e infantiles. Ramos ya es el central.

Su soberanía se enfrenta a la imagen post-cani que teníamos de él. A pesar de que continúa obstinándose en regalarnos fotografías en las que señala distintos objetos, Ramos ha alcanzado una cota de majestuosidad que no recordábamos en un central español. Incluso su corte de pelo oculta propósitos para redimirse de lo que llegó a ser. Sergio es feliz. Si como dijo Del Bosque en Jot Down, Hierro fue “mejor que Beckenbauer en todo”, Ramos puede comerse el mundo.

Viva los inconformistas

Hay un merecido fervor en torno a la Selección Española de fútbol que despide un hedor adulador en quien se obceca en no ver más allá de su nariz. Tres días después de haber alcanzado nuestra tercera Eurocopa todavía hay quién se retuerce en la pertinaz ceguera que producen los títulos. La victoria es síntoma de salud colectiva, engendra felicidad y genera autoestima. Pero el triunfo no lo es todo y la crítica es el vestigio del inconformismo.

Yo soy crítico. Soy inconformista. España ha ganado su tercer título internacional consecutivo (eludiendo la redundante Copa Confederaciones). Una gesta que de por sí es espléndida y que se eleva hasta el origen de la fosforescencia, allá por el cinturón de Orión, cuando se consigue con un molde combinativo que falsea su verdadera complejidad. Jugar sencillo es lo más difícil. Somos los seductores del éxito y del buen juego. Ganamos en posesión, en intensidad, en defensa, en humildad, juego y ambiciones. Regentamos el reino del balompié con hegemonía y sin titubeos. Y esto, parece que todo el mundo lo comprende.

Sin embargo, hay quienes consideran que la victoria es competencia considerable y olvidan lo que estuvo detrás. No propongo un ejercicio de revisión histórica, tan común en estos días, del tipo: “estuve toda una vida para ver ganar a la selección” o “ya no agradecemos los éxitos porque estamos acostumbrados”. Allá cada cual con sus incentivos, gratificaciones y exigencias. Cuando hablo del pasado, me refiero al tiempo más cercano, al que transcurría cuando se pateaba la bola en los pastos de Polonia y Ucrania. La selección, se llegó a decir, aburría. Jugaba sin referente y sobaba la bola como un adolescente recién estrenado en el mercado de la sexualidad. Los puristas se echaban las manos a la cabeza: !Cómo dudar de nuestra Roja!

Pues oiga, también es mi Roja y mi bandera, y de no ser por las cervezas que sostenían mi sopor durante el partido de Francia, me habría quedado dormido. Quizá dormido no, porque el barullo del bar puede con la necesidad; pero sí hubiese acabado deambulando por el cosmos adictivo de Angry Birds.

Roberto Gómez, columnista, periodista y tertuliano deportivo, se preguntaba esta mañana, en el coloquio de Radio Marca, ¿cómo puede aburrir una selección que ha ganado?, como si el éxito eliminase de un plumazo el rastro que deja en la tierra. Muy sencillo. Vivimos de comparaciones, y equiparando esta selección con la que alzó su primera Eurocopa en 2008, a pesar de que ganamos en la dictadura de la posesión y en la disminución de infartos, perdemos en verticalidad y vistosidad. España gana (algo que me tranquiliza y regocija), pero no divierte como debiera (algo que me preocupa).

Sin embargo mis temores no proceden de la carencia de seducción ofensiva (más que carencia, descenso del deleite respecto a otros momentos), ya la recuperaremos, sino de los aullidos mediáticos contra aquellos que no consideran el éxito comodidad suficiente para ignorar los instantes inapetentes. Hay un chillido general que se inclina como absoluto en contra de los acusicas. Alcemos la voz los inconformistas, denunciemos la resignación de aquellos que se adecuan al éxito como una pieza de puzzle y exijamos lo que esta selección puede ofrecernos: el triunfo y el buen juego.

Eliminatoria de ida o vuelta

Después de 60 celebraciones de gol y ningún empate a cero, la Eurocopa cabalga hacia las pasiones más irracionales, aquellas que florecen en los partidos, que desde cuartos, deambulan al borde de la navaja. Con los encuentros de eliminatoria se descubren los excesos y carencias de cada plantel. Especular en estas regiones puede resultar mezquino y nocivo a medio plazo, pero el asombro apalea a la cordura cuando se negocia con tacaño interés. Ya lo hizo Grecia en la Eurocopa de Portugal sorprendiendo a las casas de apuestas. Ese mismo año, el Oporto de Mourinho alzó la Liga de Campeones con la extrañeza con la que el Chelsea lo logró este curso. Que recen los dirigentes del cotarro para no ceder a la zozobra de los avaros.

España está libre de sospecha, a pesar de la petulancia (¿excesivo?) con la que se tramitó el choque ante Croacia. Concebir el empate como atributo para los cuartos hizo de La Roja rapiña para despojos del toque que nos encumbrara. Tramitar cada encuentro con algazara y superioridad es una tarea peliaguda que algunos se obstinan en negar. No hay plantilla moderna capaz de levantar un trofeo caminando con lozanía en cada uno de sus encuentros y que no sucumba, en un momento determinado, a la ayuda pagana del azar. España no es una excepción. Sin embargo, se levantan andamios de reproches en cada una de las decisiones de Del Bosque.  Hay quien considera un ultraje criticar las resoluciones del seleccionador que nos hizo campeones del mundo, como si la detracción y el juicio no ayudasen a avanzar hacia la racionalidad. El análisis crítico es sano y necesario siempre que se administre con honradez y se enfoque hacia el beneficio general. Los habrá, sin embargo, que lo tomen como desquites personales. Allá ellos.

Sea como fuere, España enfila los cuartos ante una selección imprevista. Francia, que decepcionó en el último mundial, crece con el entusiasmo que suscita, a ratos, el trapecio ofensivo. Los blues, se presupone, renunciarán a la pelota para defenderse con bandazos intermitentes. España propondrá el dominio que acostumbra, con o sin nueve. Precisamente fue Francia la última selección que eliminó a La Roja en un partido de eliminatoria de la fase final de una competición internacional. Por aquel entonces, Zidane adiestraba la cordura de su selección con la finura que le distinguía. A día de hoy, sin el astro, Francia se debate ante el resurgir de una generación con fútbol y capacidades. Sus problemas más recientes provienen del disgusto que sufrieron ante Suecia en el último partido de la fase de grupos. Con el combinado de Ibra ya eliminado, mostraron los franceses sus carencias defensivas y de motivación. Después de la derrota, por dos a cero, Francia se desquebrajó en el vestuario olvidando la trayectoria que les trajo a la Eurocopa. La fiebre agrieta. Se alcanzó tal temperatura que se especuló por momentos con el posible abandono de Ben Arfa. Dos días depués, con los ánimos sosegados, el berriche queda como anécdota.

Abre los cuartos de final la selección Portuguesa y República Checa, que comenzaron con dudas pero abordan el pulso pletóricas. El partido, idóneo para los galopes lusitanos, se presenta como una inmejorable peana para Cristiano Ronaldo y sus ambiciones en el Balón de Oro. Reincidir con un ejercicio de soberbia deportiva y esplendor goleador le aproximaría a un trofeo con acento argentino.

Alemania, que por estética y robustez se asemeja a una escultura renacentista, presentará credenciales ante Grecia. El partido, marcado por el carácter socio-político que invade Europa, contiene todos los argumentos para un espectáculo tenso y tirante. Los teutones, única selección que ha ganado sus tres partidos, son los favoritos. Grecia se aferrará al espíritu de la Eurocopa de Portugal para seguir administrando esperanzas en un pueblo mermado socialmente.

El último partido de cuartos aguarda un choque entre Inglaterra e Italia. Los pross, que ya han recuperado a Rooney no terminan de proponer una praxis eficiente. Todavía no han perdido, pero su fútbol dista mucho del de las grandes favoritas. Sólo sus aparejos temperamentales pueden sentirse como determinantes. Italia pretende ofrecer condiciones suficientes para pasar a semifinales. Alejada de su idiosincrásica pragmática de catenaccio, la azurra propone una versión más linda de sus cualidades. Sin hacer ruido se ha colado, como siempre, en unos cuartos de final que se antojan divertidos. Veamos a dónde nos llevan.

Perpetua nobleza en el gol

El 26 de abril de 1986 una explosión de hidrógeno en el reactor 4 de la central nuclear de Chernobil pulverizó la rutina internacional para convertirse en uno de los mayores desastres medioambientales de la historia. Un ensayo que simulaba el suministro eléctrico fue el preludio de la catástrofe. El exceso de dióxido de uranio, grafito, carburo de boro y demás gases funestos, materiales radiactivos y tóxicos que se desplegaba en forma de bolsas radiactivas, como pétalos de rosa, superó en más de 500 dosis al que liberó la bomba radiactiva de Hirosima. 31 personas murieron en el acto y más de 116.000 tuvieron que ser evacuadas de las zonas contaminadas, abandonando áreas de los países de Europa central durante muchos años. En el pueblo ucraniano de Dvirkivshchyna, entre los afectados por el desalojo se encontraba un niño de nueve años ajeno a las consecuencias de su evacuación hacia el mar Azov, Andiy Shevchenko.

Por aquel entonces, Sheva ya expelía nobleza y reuniones con el gol. Su talento, usufructo de la fidelidad con el tanto ya había sido atisbado por Lobandovsky, director técnico del Dynamo de Kiev, quien reconoció en el prometedor joven una clarividencia para el futuro engranaje ofensivo del Dynamo. Sin embargo, aquel estruendo de padecimiento postergó el florecer del delantero como si la tierra contaminada, que impedía el brote de la flora, castigase también las esperanzas de Sheva.

Pero su calidad le reservaba un lugar en las categorías inferiores del Dynamo, donde se forjó como goleador insaciable. Debutó con el primer equipo en 1994, y tras lograr las semifinales de la Liga de Campeones en 1999 (temporada en la que eliminó en cuartos al Real Madrid), la joven estrella fue traspasada al Milan. En Italia conquistó la Serie A, una Liga de Campeones y una Copa de Italia. Su importancia en la consecución de los éxitos milanistas fue reconocida con el Balón de Oro en 2004 (después de haber optado a él dos veces). Shevchenko, cuyo primer recuerdo dirigía a sus compatriotas, porque “atraviesa unan situación difícil” y consideraba que “esta gente merece la democracia“, se convertía en el primer jugador con nacionalidad ucraniana en alcanzar el galardón. Antes, ya lo habían conseguido Oleg Blojin (1975) e Igor Belanov (1986), pero por entonces, Ucrania pertenecía a la URSS.

En el primer partido que disputaba Ucrania en la Eurocopa que organiza junto a Polonia, ante Suecia, de nuevo Shevchenko agasajó a su nación con una ofrenda de entusiasmo y gozo que alcanzó mayor hilaridad por lo inesperado del desenlace. El delantero, a sus 35 años, desnudó las pasiones para observar el bienestar en su concepción más natural. Sheva es eterno:  “me siento de 20 años, aunque tengo 35. Es una victoria fantástica y me siento fantástico” comentaba el delantero después del partido. Con sus dos tantos Ucrania elevaba al cielo la promesa de una satisfacción consagrada. En el primer gol, recibía un balón colgado al primer póster, en esa dimensión donde los grandes delanteros demuestran sus ambiciones para con la celebración. Cabeceó como siempre supo. El segundo tanto acarrea más significado. En un saque de esquina, se zafó de Ibraimovich, delantero que ahora se pavonea en su casa milanista, para ajustar la bola con la testa. El pretérito rossonero constató que hay rockeros que nunca mueren.

El decano del gol, de 35 años, todavía no ha asegurado dónde jugará la temporada que viene. En la pasada campaña las zancadas del tiempo se cebaron con el deterioro de su espalda y sólo pudo jugar en una veintena de partidos, ninguno entre enero y abril. En Ucrania la afición y la prensa no confesaban su admiración por la inclusión de Sheva para la Eurocopa.   Blokhin, el seleccionador uraniano veía innegable su participación. Tanto, que antes del partido contra Suecia le dijo a Andrei “que había soñado que iba a marcar dos goles”. Sheva, sin embargo, no le creyó.

España no embellece

Inauguró España la estrella en un Europeo con paso trémulo y dubitativo. Cuando eres campeona del Mundo y clara favorita para cualquier envite que surja no es sencillo embellecerse a costa de los propósitos rivales. La discreción con la que La Roja consiguió su segunda Eurocopa es una percepción lejana y efervescente porque la notoriedad de los “jugones” se hacía corpórea tan rápidamente como lo hacía la culminación de necesidades históricas. España, ahora sí, es una de las grandes, y su celebridad acarrea una competencia palpable que abruma como la atracción gravitatoria. Cada selección con la que se cruza La Roja, se empeña en ejercer de antagonista y exhibir atribuciones que le auguren un futuro en las quinielas. Italia, necesitada de orgullo y piedad, no quería desperdiciar la ocasión de situar su fútbol a la altura de las favoritas y desquitarse de la incómoda verruga de los amaños de partidos. Lo consiguió renunciando a su avaro cattenazzio, descubriendo que alejando los intereses del sórdido ejercicio defensivo el fútbol se acicala con magnificencia y gracia. Maquillada, Italia es más bella. Tanto que embelesó a La Roja para firmar un empate a uno que no obsesiona a ninguna de las dos selecciones.

España no acudió al encuentro con el frac de las celebraciones aristócratas. Llegó a medio vestir, pesada y sin intuir una referencia goleadora. La pista de baile, seca y deslucida, no acompañó a la danza de una selección pendiente de encontrar el ritmo. Pese a todo, España conoce la melodía de memoria y tiene arrojo para cantar a capela. Iniesta tomó el mando del coro para guiar el canto hacia la aureola, pero esta vez Italia mantenía la garganta fresca para proponer un pulso vocal de altura. La primera parte perteneció, fraccionada, a la jefatura de la azzurra, que presionaba con entrega alejando la bola de Xavi. El barcelonista, desventurado cuando no proyecta el partido que imaginó, no atinaba a perfilar su obra. Su jurisdicción no se extendió como debiera y esta vez, sin que sirva de precedente, no hizo jugar a 22 jugadores. Pirlo vislumbró en esa carencia la coyuntura para seguir agrandando su nombre. Por cada partido como este, al Italiano le surge una nueva arruga en la frente, única evidencia del paso del tiempo por sus huesos.

El partido, bífido en su extensión, se sostuvo para España gracias a las intervenciones de Casillas, que despejó (término recurrente en estos días) las perspectivas italianas en la primera parte. En la segunda, Italia demostró que el talento no es monopolio hispano, y en varios lances apuraron la ventura para adelantarse en el marcador. Como la que persiguió Balotelli con insistencia en la presión para desperdiciar más tarde por falta de lucidez. Prandelli, que no comprendió sus atropellos neuronales, prefirió sustituir al talento por la resurrección del delantero italiano. En la primera que tuvo, no erró Di Natale para aprovechar un pase medido y vertical de su compañero Pirlo.

España recordó malos espectros y se apresuró en retomar el pulso al encuentro. De la mano de Iniesta, un héroe contemporáneo, coordinó el juego para combinar con decisión y verticalidad. En una de esas reuniones que los expertos aceptan en nombrar como “passing game” y que el resto reconoce como belleza, llegó el empate. Fue Fábregas el que empujó el balón a la red, en un movimiento de verdadero 9, con rapidez, anticipación y efectividad. Con el ánimo de cara España consideró su jerarquía y exigió el mando de la batalla. Sólo una ocasión de Di Natale atentó la seguridad roja. Con la incorporación de Navas, afilado y diligente, España encontró un filón para sorprender con alternativas y un ejercicio perfecto de lo que se anhela en un revulsivo. También Torres, que sustituyó al goleador y falso delantero, ejerció con pragmática y dinamismo en funciones de 9. Ofreció alternativas y procuró varias ocasiones que, por espanto o exigencia, erró una y otra vez. El encuentro, que terminó con España volcada sobre el área rival, concluyó con un empate aceptado como bueno por ambas selecciones. Italia descubrió esperanzas alejadas del cattenazzio y España recordó que la estrella no es un aval para el triunfo. El astro sólo decora.

España negocia la Historia

La Selección Española se ha ganado el derecho a gestionar sus ambiciones para el Europeo y administrar sus necesidades de éxito. Contenido y continente de lo alcanzado hasta el momento proporciona un salvavidas para despejar titubeos y suministrar optimismo. Tras el último partido preparatorio antes de la competición oficial, ante la China de Camacho, la Roja descubrió carencias y falta de engranaje en distintos aspectos colectivos. Parte de la problemática deriva de la extraña concentración nacional, que hasta última hora no ha recopilado a todos sus convocados, y de la indecisión en puestos determinantes, sobre todo en ataque. El puesto decisivo, hace meses prometido a Fernando Llorente, se debate ahora entre el sevillista Negredo y el reciente ganador de la Liga de Campeones Fernando Torres. La necesidad por definir el referente ofensivo se sustenta en la confianza hacia un número determinado. Los tres jugadores atesoran argumentos en su disputa por la confianza, pero de la decisión dependerá el devenir del juego colectivo. En su esencia, la empresa combinativa invadirá con su aroma los pastos de Ucrania, pero los matices del perfume dependen de la ofensiva. Torres incorpora necesidad de reivindicación, diagonales y movilidad. Negredo, fino en el tramo final de la temporada liguera, ofrece posibilidades de acople al borde del área, incorporación al remate y guarida para balones complicados. Por su parte, el delantero del Athletic colecciona más dianas en su haber y posibilidades aéreas. Pero su actuación en las finales de Liga Europa y Copa del Rey le restan protagonismo, a pesar de haber sido el delantero más en forma de esta selección.

La solución del enigma se resolverá ante Italia, a pesar de que la presencia del titular no garantiza su continuidad en el once. Hasta ahora todo son pruebas. Evidencia de ello es la ausencia de Iniesta en la primera parte ante China. El centrocampista culé es uno de los ases que sostienen este castillo de naipes. Con su incorporación en la segunda parte la selección renovó su vestuario recordando aires de grandeza y demostrando aspiraciones artísticas en lances ofensivos. El éxito pasa por invocar el espíritu de las dos últimas grandes citas, las que elevaron nuestro fútbol a la bóveda de la basílica deportiva. Pero alejados de la competición oficial España ha traslucido lagunas ante selecciones de primer orden, como Argentina o Inglaterra, donde las penurias goleadores saltaron a la visa.

Pero el déficit goleador no emergió en la clasificación para la Eurocopa. En los 8 partidos disputados (contados como victorias) España anotó 26 goles, repartidos entre 10 jugadores, y sólo recibió 6. El dominio del mecanismo y la consciencia de las aptitudes es un trayecto adyacente a la victoria. Que España se reconozca en la moqueta equivale a una perenne lucidez en la que sostener las garantías de triunfo. No es sencillo alcanzar la triple corona, pero si hay una selección capaz de una gesta de tal magnitud, por ambición, calidad, juego y talento, España es la elegida.

Peregrinación a la tierra prometida

 

 

 

 

 

 

 

Hay varias generaciones de muchachos perdidas en estos tiempos de trémula presencia. La coyuntura no ampara a los talentosos que, obligados, deben auxiliarse en las axilas de profesiones y sueldos que ni soñaron. Su tiempo es duro y arenoso, y desmotiva y suscita dudas trascendentales que repasan preguntas rebosantes de victimismo. Los héroes de nuestro siglo, algunos futbolistas, no ayudan porque están quebrados. Su pintura se desprende al mínimo roce y descubrimos en ellos ejemplos múltiples de lo que no debería ser. Pero la tragedia no lo engloba todo, y por encima de los héroes está la Épica. El deporte aglutina formalidades y condiciones que hacen de su disfrute un placentero analgésico para periodos de deriva social, cultural y moral. Ofrece cobijo e invita a la entrega de los sentimientos. Descubrir sus recovecos es alcanzar satisfacciones, aunque sea durante 90 minutos.

Hay en España varias quintas de chavales del Athletic de Bilbao que han espigado su maduración ante la hambruna deportiva que supone no levantar trofeos. El éxito ha sido durante más de veinte años, un anhelo parcial supeditado a intereses de legítima coherencia. Los héroes esculpidos en la cantera rojiblanca no se fragmentan con facilidad y proponen dogmas de apasionado romance que han logrado sustituir el triunfo por una devota lealtad a los colores y persistencia de la fe. No pretende la doctrina ensalzar el proselitismo, sino conjugar los apuros y virtudes para exprimir los períodos empíreos.

La demora ha premiado la persistencia en el evangelio de Lezama con la fecundación de un grupo de colegiales virtuosos gobernados por la honestidad vestida de chándal. La honradez de la propuesta, la tenacidad en la ejecución y la combinación de aptitudes y nobleza han llevado a este Athletic Club a las puertas del Olimpo, que ya es un logro por sí mismo. Erró el conjunto vasco en su primera acometida hacia el éxtasis ante el Atlético de Madrid, en la final de la Europa League. El ímpetu se vio mermado por la excitación, y el tembleque duró más de lo reglamentario. Los llantos por la derrota, aunque lacerantes y desgarradores, no empañaron el orgullo y satisfacción por la magistral trayectoria.

El viernes 25 de mayo una nueva oportunidad se presenta para redimir a la afición de una peregrinación escogida por la senda de la hambruna. Lo más probable, propone la razón, es regresar a Bilbao con las manos vacías y la cabeza bien alta. Pero ni el fútbol respeta la lógica, ni la razón tiene jurisdicción en nuestra sociedad. El Athletic continuará coexistiendo merced a una comunión con su parroquia y a alegatos apasionados sobre el terreno de juego. En eso, gane o pierda, no hay vuelta de hoja. La final de Copa, por el misticismo y acoplamiento con club, es el escenario perfecto para retomar sensaciones desfiguradas por el tiempo. Por déficit y necesidad, los bilbaínos presentan candidatura en nombre de varias generaciones de muchachos perdidos en el desierto de las vicisitudes. Quizá, quién sabe, llegue la tierra prometida.

Epílogo bañado en llanto

Contemplar la lobreguez del hoyo origina sensación de vértigo. Cuando las sombras no permiten adivinar si el fondo está a cinco o a cincuenta metros, si el suelo está revestido con lanzas verticales o si un charco de excrementos y barro amortiguará la caída, el desconocimiento turba el ánimo y ensalza la nostalgia. Cinco equipos compaginan esas emociones que produce estar ondulando al borde del pozo, sintiendo el aliento de un verdugo deseoso de colaborar con un impulso al vertiginoso descenso. El equilibrio es materia de probabilidades: Villarreal (4% de posibilidades de descenso), Granada (11%) y Rayo Vallecano (23%) confían en que las matemáticas no volteen los números y poder mantenerse en primera. Aguardar el prodigio es asunto genérico que no sólo obedece al fervor religioso, por lo que Zaragoza (66%) y Sporting (97%) pese a sentir la atracción del agujero, suplican por la permanencia. Excepto los asturianos, que precisan de un enredo de resultados, todos los implicados dependen de sí mismos. Gestionar el desenlace de cada encuentro implicará el devenir de la siguiente campaña.

El domingo a las 22.00 h. el júbilo y desconsuelo se diluirán en llantos de distinto género. Es una de las imágenes más nobles de un deporte que tiende hacia la artificialidad. Las lágrimas, de uno u otro signo, son evidencia de humanidad, hombría y bondad. Llorar no es pecado. Es mortal.

La zozobra se ceba con las hinchadas de cinco ciudades encarceladas por la agonía. Desde el convencimiento inconcebible del “Sí se puede” zaragozano a la muestra de apoyo absoluto de la afición vallecana, que en el último entrenamiento del Rayo a puerta cerrada, colaron a 200 rayistas para mostrar su patrocinio. A pesar de que el prólogo obedece a particularidades distintas, todos pretenden saldar las cuentas. Sporting y Zaragoza sustentan sus esperanzas en una carrera de fondo tramitada con diligencia en los últimos kilómetros. Pero el aliento falla y las sospechan brotan desde la desconfianza o intencionalidad de terceros. Según se mire. Villareal y Granada observaban llegar un final agónico desde hace semanas, pero su incapacidad para abrir brecha con las posiciones del barro les condenan al sufrimiento. El Rayo, por su parte, que se apreciaba salvado, ha sucumbido a un galimatías que en las tres últimas jornadas le abastece de sopapos gratuitos.

La salvación la marca la decena de los cuarenta (según temporada). Los números para la permanencia son sinceros. Como también lo son las estadísticas de los conjuntos implicados en la liza por mantener categoría. De los tres porteros de la liga que más paradas han procurado a sus conjuntos, dos pertenecen a clubes implicados en el descenso: Juan Pablo, del Sporting, con 136 paradas, y Roberto, del Zaragoza, con 147 son tercero y primero respectivamente. Precisamente son estos dos guardametas los que más goles han encajado: Juan Pablo alcanza los 64 y Roberto los 61. Es complicado no cluadicar en la tabla ante tantas concesiones. En la orilla opuesta del catastro goleador, las cifras tampoco se acomodan a las necesidades de Villareal, Zaragoza, Sporting o Granada. Sólo el Rayo Vallecano, con dos individuos  filtrados en la clasificación de los 2o máximos goleadores, satisface sus menesteres (Michu con 15 dianas y Diego Costa con 10). Pero las estadísticas sirven para poco más que para rellenar artículos y analizar trayectorias. Lo sustancial e importante en el último encuentro liguero es cerrar la temporada con el objetivo cumplido y que, en un epílogo bañado en llantos, las lágrimas sean de signo positivo.

Sibilina semejanza

La final de la Europa League es un acicate emocional suntuoso para Athletic de Bilbao y Atlético de Madird. Después de una temporada pareja en proezas los equipos de paralelas rojiblancas encuentran en el pulso europeo el colofón que encumbre el baremo de un curso oficial que han alcanzado con argumentos de encontradas idiosincrasias. Los vascos, sugestionados por la filosofía Bielsa proponen un fútbol alegre y vertical, educando el balón en literatura mágica para concebir una historia magnífica y extravagante. En sus carencias defensivas y en los términos traseros hallan sus rivales la fisura por donde hincar el diente. El Atlético de Madrid, más indefinido en doctrinas, asemeja su juego a la irreverencia del realismo sucio. Arrebatos a punta de encontronazos con el teclado. Su mejor versión es robusta e impetuosa, voraz en el área rival y radical en la propia. Precisamente es en el antagonismo de las ideologías donde reside la nobleza de un encuentro equilibrado por disparidad.

Marcelo Bielsa y Diego Simeone justifican la validez e importancia de los equipos españoles en Champions. Sus rúbricas son irrebatibles por el progreso en una competición donde no encuentran reparos. Se conocen y estiman. Pero la camaradería se margina en coyunturas de significado, donde, según se apure el silbato, el resultado puede sentirse como una exhalación de aire limpio o de hollín tóxico. Lo dejó claro el Cholo en rueda de prensa: “No vengo a recordar momentos, vengo a jugar una final, a ganar una final. Declaré mi admiración por Marcelo y él sabe lo que pienso de él”. Suficiente como guiño.

Los mentores y doctores del deporte no arriesgan a dar favorito. Puede resultar embarazoso entretenerse en adivinanzas cuando al esparcir conjeturas no se atina ni una. El fútbol es tan esotérico y una final tan sibilina que el tiempo alcanza el paradigma de dimensión paralela donde las posibilidades se multiplican por mil. De nada sirve recrear apuestas deportivas: ni la condición de local marca el ritmo, ni los antecedentes, ni el tiempo, ni la historia… La empresa obedece al empeño durante el juego, la tenacidad y el anhelo por levantar un título más sólido en prestigio que en renta. Desconfío de quinielas que emparejan posiciones. Sospecho de estadísticas y precedentes. El presente es ahora, y ahora ya es pasado. Debemos aspirar al goce y al deleite que proporcionan dos equipos españoles en una final europea. Mañana, ya lo vaticinó Bielsa, será un recuerdo lejano: “lo que suceda es irreversible, hay que estar a la altura”.