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Hiroshima, una bomba de sufrimiento

“…La señora Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. […] Había dado un paso cuando algo la levantó y la envió en volandas al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa. Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia e tejas le aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. […] Escuchó a un niño que gritaba: “¡Mamá, ayúdame!”, y vio a Myeko, la menor enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a manotazos frenéticos, la señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni oía a sus otros niños”.

Pasaje de ‘Hirosima’ de John Hersey.

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El 6 de agosto de 1945 el mundo quebró su alma. A las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, un racimo de venganza y barbarie estalló en Hiroshima y la bondad del mundo se consumió de la mano de 100.000 fallecidos. La explosión, acompañada de un resplandor tan brillante que duele, desveló perfiles inéditos de sufrimiento humano. Estados Unidos logró con el explosivo una posición privilegiada en la Segunda Guerra Mundial, a costa de liberar las cadenas de la crueldad.

Desde entonces, el mundo rezuma lágrimas ácidas y arrincona la humanidad. Desde entonces, un agujero corrompe la sustancia de la vida. O quizá venga de antes porque el hombre nunca supo aclimatarse al ejercicio de la naturaleza. En vez de altruismo y compasión, la envidia, competencia y maldad son quienes suministran el guión para representar la historia. Quizá no haya esperanza para la redención. Quizá no exista la redención. Al menos, cuesta creerlo.

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