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España no embellece

Inauguró España la estrella en un Europeo con paso trémulo y dubitativo. Cuando eres campeona del Mundo y clara favorita para cualquier envite que surja no es sencillo embellecerse a costa de los propósitos rivales. La discreción con la que La Roja consiguió su segunda Eurocopa es una percepción lejana y efervescente porque la notoriedad de los “jugones” se hacía corpórea tan rápidamente como lo hacía la culminación de necesidades históricas. España, ahora sí, es una de las grandes, y su celebridad acarrea una competencia palpable que abruma como la atracción gravitatoria. Cada selección con la que se cruza La Roja, se empeña en ejercer de antagonista y exhibir atribuciones que le auguren un futuro en las quinielas. Italia, necesitada de orgullo y piedad, no quería desperdiciar la ocasión de situar su fútbol a la altura de las favoritas y desquitarse de la incómoda verruga de los amaños de partidos. Lo consiguió renunciando a su avaro cattenazzio, descubriendo que alejando los intereses del sórdido ejercicio defensivo el fútbol se acicala con magnificencia y gracia. Maquillada, Italia es más bella. Tanto que embelesó a La Roja para firmar un empate a uno que no obsesiona a ninguna de las dos selecciones.

España no acudió al encuentro con el frac de las celebraciones aristócratas. Llegó a medio vestir, pesada y sin intuir una referencia goleadora. La pista de baile, seca y deslucida, no acompañó a la danza de una selección pendiente de encontrar el ritmo. Pese a todo, España conoce la melodía de memoria y tiene arrojo para cantar a capela. Iniesta tomó el mando del coro para guiar el canto hacia la aureola, pero esta vez Italia mantenía la garganta fresca para proponer un pulso vocal de altura. La primera parte perteneció, fraccionada, a la jefatura de la azzurra, que presionaba con entrega alejando la bola de Xavi. El barcelonista, desventurado cuando no proyecta el partido que imaginó, no atinaba a perfilar su obra. Su jurisdicción no se extendió como debiera y esta vez, sin que sirva de precedente, no hizo jugar a 22 jugadores. Pirlo vislumbró en esa carencia la coyuntura para seguir agrandando su nombre. Por cada partido como este, al Italiano le surge una nueva arruga en la frente, única evidencia del paso del tiempo por sus huesos.

El partido, bífido en su extensión, se sostuvo para España gracias a las intervenciones de Casillas, que despejó (término recurrente en estos días) las perspectivas italianas en la primera parte. En la segunda, Italia demostró que el talento no es monopolio hispano, y en varios lances apuraron la ventura para adelantarse en el marcador. Como la que persiguió Balotelli con insistencia en la presión para desperdiciar más tarde por falta de lucidez. Prandelli, que no comprendió sus atropellos neuronales, prefirió sustituir al talento por la resurrección del delantero italiano. En la primera que tuvo, no erró Di Natale para aprovechar un pase medido y vertical de su compañero Pirlo.

España recordó malos espectros y se apresuró en retomar el pulso al encuentro. De la mano de Iniesta, un héroe contemporáneo, coordinó el juego para combinar con decisión y verticalidad. En una de esas reuniones que los expertos aceptan en nombrar como “passing game” y que el resto reconoce como belleza, llegó el empate. Fue Fábregas el que empujó el balón a la red, en un movimiento de verdadero 9, con rapidez, anticipación y efectividad. Con el ánimo de cara España consideró su jerarquía y exigió el mando de la batalla. Sólo una ocasión de Di Natale atentó la seguridad roja. Con la incorporación de Navas, afilado y diligente, España encontró un filón para sorprender con alternativas y un ejercicio perfecto de lo que se anhela en un revulsivo. También Torres, que sustituyó al goleador y falso delantero, ejerció con pragmática y dinamismo en funciones de 9. Ofreció alternativas y procuró varias ocasiones que, por espanto o exigencia, erró una y otra vez. El encuentro, que terminó con España volcada sobre el área rival, concluyó con un empate aceptado como bueno por ambas selecciones. Italia descubrió esperanzas alejadas del cattenazzio y España recordó que la estrella no es un aval para el triunfo. El astro sólo decora.

España negocia la Historia

La Selección Española se ha ganado el derecho a gestionar sus ambiciones para el Europeo y administrar sus necesidades de éxito. Contenido y continente de lo alcanzado hasta el momento proporciona un salvavidas para despejar titubeos y suministrar optimismo. Tras el último partido preparatorio antes de la competición oficial, ante la China de Camacho, la Roja descubrió carencias y falta de engranaje en distintos aspectos colectivos. Parte de la problemática deriva de la extraña concentración nacional, que hasta última hora no ha recopilado a todos sus convocados, y de la indecisión en puestos determinantes, sobre todo en ataque. El puesto decisivo, hace meses prometido a Fernando Llorente, se debate ahora entre el sevillista Negredo y el reciente ganador de la Liga de Campeones Fernando Torres. La necesidad por definir el referente ofensivo se sustenta en la confianza hacia un número determinado. Los tres jugadores atesoran argumentos en su disputa por la confianza, pero de la decisión dependerá el devenir del juego colectivo. En su esencia, la empresa combinativa invadirá con su aroma los pastos de Ucrania, pero los matices del perfume dependen de la ofensiva. Torres incorpora necesidad de reivindicación, diagonales y movilidad. Negredo, fino en el tramo final de la temporada liguera, ofrece posibilidades de acople al borde del área, incorporación al remate y guarida para balones complicados. Por su parte, el delantero del Athletic colecciona más dianas en su haber y posibilidades aéreas. Pero su actuación en las finales de Liga Europa y Copa del Rey le restan protagonismo, a pesar de haber sido el delantero más en forma de esta selección.

La solución del enigma se resolverá ante Italia, a pesar de que la presencia del titular no garantiza su continuidad en el once. Hasta ahora todo son pruebas. Evidencia de ello es la ausencia de Iniesta en la primera parte ante China. El centrocampista culé es uno de los ases que sostienen este castillo de naipes. Con su incorporación en la segunda parte la selección renovó su vestuario recordando aires de grandeza y demostrando aspiraciones artísticas en lances ofensivos. El éxito pasa por invocar el espíritu de las dos últimas grandes citas, las que elevaron nuestro fútbol a la bóveda de la basílica deportiva. Pero alejados de la competición oficial España ha traslucido lagunas ante selecciones de primer orden, como Argentina o Inglaterra, donde las penurias goleadores saltaron a la visa.

Pero el déficit goleador no emergió en la clasificación para la Eurocopa. En los 8 partidos disputados (contados como victorias) España anotó 26 goles, repartidos entre 10 jugadores, y sólo recibió 6. El dominio del mecanismo y la consciencia de las aptitudes es un trayecto adyacente a la victoria. Que España se reconozca en la moqueta equivale a una perenne lucidez en la que sostener las garantías de triunfo. No es sencillo alcanzar la triple corona, pero si hay una selección capaz de una gesta de tal magnitud, por ambición, calidad, juego y talento, España es la elegida.

Peregrinación a la tierra prometida

 

 

 

 

 

 

 

Hay varias generaciones de muchachos perdidas en estos tiempos de trémula presencia. La coyuntura no ampara a los talentosos que, obligados, deben auxiliarse en las axilas de profesiones y sueldos que ni soñaron. Su tiempo es duro y arenoso, y desmotiva y suscita dudas trascendentales que repasan preguntas rebosantes de victimismo. Los héroes de nuestro siglo, algunos futbolistas, no ayudan porque están quebrados. Su pintura se desprende al mínimo roce y descubrimos en ellos ejemplos múltiples de lo que no debería ser. Pero la tragedia no lo engloba todo, y por encima de los héroes está la Épica. El deporte aglutina formalidades y condiciones que hacen de su disfrute un placentero analgésico para periodos de deriva social, cultural y moral. Ofrece cobijo e invita a la entrega de los sentimientos. Descubrir sus recovecos es alcanzar satisfacciones, aunque sea durante 90 minutos.

Hay en España varias quintas de chavales del Athletic de Bilbao que han espigado su maduración ante la hambruna deportiva que supone no levantar trofeos. El éxito ha sido durante más de veinte años, un anhelo parcial supeditado a intereses de legítima coherencia. Los héroes esculpidos en la cantera rojiblanca no se fragmentan con facilidad y proponen dogmas de apasionado romance que han logrado sustituir el triunfo por una devota lealtad a los colores y persistencia de la fe. No pretende la doctrina ensalzar el proselitismo, sino conjugar los apuros y virtudes para exprimir los períodos empíreos.

La demora ha premiado la persistencia en el evangelio de Lezama con la fecundación de un grupo de colegiales virtuosos gobernados por la honestidad vestida de chándal. La honradez de la propuesta, la tenacidad en la ejecución y la combinación de aptitudes y nobleza han llevado a este Athletic Club a las puertas del Olimpo, que ya es un logro por sí mismo. Erró el conjunto vasco en su primera acometida hacia el éxtasis ante el Atlético de Madrid, en la final de la Europa League. El ímpetu se vio mermado por la excitación, y el tembleque duró más de lo reglamentario. Los llantos por la derrota, aunque lacerantes y desgarradores, no empañaron el orgullo y satisfacción por la magistral trayectoria.

El viernes 25 de mayo una nueva oportunidad se presenta para redimir a la afición de una peregrinación escogida por la senda de la hambruna. Lo más probable, propone la razón, es regresar a Bilbao con las manos vacías y la cabeza bien alta. Pero ni el fútbol respeta la lógica, ni la razón tiene jurisdicción en nuestra sociedad. El Athletic continuará coexistiendo merced a una comunión con su parroquia y a alegatos apasionados sobre el terreno de juego. En eso, gane o pierda, no hay vuelta de hoja. La final de Copa, por el misticismo y acoplamiento con club, es el escenario perfecto para retomar sensaciones desfiguradas por el tiempo. Por déficit y necesidad, los bilbaínos presentan candidatura en nombre de varias generaciones de muchachos perdidos en el desierto de las vicisitudes. Quizá, quién sabe, llegue la tierra prometida.

Un compositor de partituras sublimes

Cuanto más cerca se está del frente, mejores son las personas“,         Ernest Hemingway.

Joan Cruyff fue tan buen maestro en el arte de enseñar a volar, que sus pupilos todavía no se han detenido. El holandés, pionero en el génesis del fútbol moderno registró un itinerario deportivo henchido de alternativas. Tras su paso como entrenador blaugrana, se gestó un talante urdido en el cantal de jóvenes promesas esculpidas por un ideario del rumbo común, que desde entonces se ejercitan al son de la danza que produce el juego asociativo entendido en su máxima expresión. El Barcelona es pura agudeza que día a día, durante doce años, ha evolucionado en el placer de alcanzar una fórmula.

El paso de entrandores de horma semejante cooperó en el afán por no desviar la mirada hacia atajos más suculentos. Pero hubo un momento, hace cuatro años, donde tras la partida de Frank Rijkaard del banquillo azulgrana, la tentativa por degustar nuevos valores pudo haber acabado con la alianza con del fútbol de Narciso. Mourinho sonó como alternativa real y cercana para dirigir una plantilla con necesidad de remodelación. Pero el luso fue rechazado en beneficio de Pep Guardiola, que por entonces dirigía al segundo equipo de la disciplina catalana. Su ascenso zarandeó la suspicacia de multitud de aficionados que no eran capaces de reparar en el “4” un futuro competente. Las reticencias eran normales porque, a pesar de que en su trayectoria en el pasto demostrase indicios de maestro, la pericia del nuevo mister todavía no estaba probada. El sacerdote todavía no había tomado la primera comunión, pero el Barcelona es un club de cantera y el entorno no tardó demasiado en vislumbrar en Guardiola un mañana próspero.

Después de los cuatro años del cuatro emerge la perplejidad ante la decisión de Pep Guardiola de acabar con su etapa como entrenador del Barcelona. A pesar de que se intuyese un desenlace limítrofe la sensación es de disgusto. También lo fue con la marcha de Raijard, y Guardiola consiguió ejercer de alquimista y dilatar el tiempo para lograr la evolución de un fútbol excelso, sin parangón. Un empleo audaz y exquisito en el trato de la pelota, distinguido y amable sin ella, al que le debemos una zancada más allá en el oficio de un deporte que hasta ahora, ha alcanzado sus cotas más altas. Guardiola es el autor de una partitura que sus jugadores han sabido interpretar. Sin orquesta no hay función. Pero hasta que no llega el director, cada uno toca a su ritmo.

Guardiola, como todos aquellos que besan las nubes, provoca admiración y escozor a partes iguales. Tildado de farsante y adulterado en ademanes y conferencias lo cierto es que Guardiola ha manejado un discurso elegante y modélico del que sólo se ha alejado en ocasiones puntuales. No hay nada de injurioso en maniobrar ante la opinión pública con afinada destreza si con el gesto no se perjudica a otros. Tesis que Guardiola siempre ha acogido.

Con el tiempo, el Fútbol Club Barcelona se ha reafirmado como un club extranjero (en lo deportivo) con costumbres propias dentro de un sistema de rutinas extranjeras. Es de su propia idiosincrasia donde nace la necesidad de mantener una línea deportiva que conserva la batería cargada. Tito Vilanova se significa así como el timonel idóneo para mantener el barco a flote. Las hechuras del director de orquesta las tiene, pero debe probar la capacidad para componer.

Desdichado infortunio culé

Messi es el estandarte y el reflejo del Fútbol Club Barcelona. La imagen del argentino, abatido, reposando la pena sobre sus rodillas, es la imagen del Barcelona. Cuando Messi no está, el Barça no es tan Barça. Y ya van tres partidos sin el astro argentino.

No es demasiado llamativo que durante tres encuentros seguidos un delantero no celebre un gol, pero el dato es extraño cuando se refiere al máximo goleador de la historia del Fútbol Club Barcelona. La pulga atesora 61 dianas en lo que va de temporada (41 en la Liga, 14 en la Liga de Campeones, 2 en la Copa del Rey, 3 en la Supercopa de España y 1 en la Supercopa de Europa), y sólo en tres ocasiones en lo que va de curso se ha repetido la nombrada racha negativa. Sus números son marcianos y siempre van acompañados de actuaciones deslumbrantes día sí y día también.

El Barcelona recibió al Chelsea con el anhelo de una remontada previsible. Desarrolló el fútbol como conoce, con una alineación de intenciones, donde Cesc y Alexis marcaron la diferencia respecto al partido contra el Real Madrid. Los dos fichajes de este verano proporcionaron al Barça una variedad de profundidad y movimientos que se echó en falta en el encuentro liguero. Piqué, que también regresaba al once titular, tuvo que retirarse por un choque con Valdés que le restó capacidades.

Se hizo el Barça con el balón, le tomó el pulso a la eliminatoria y desplegó, como pudo, sus pretensiones futbolísticas. Encararon el encuentro con un gol cosechado con la perseverancia que extiende el juego de toque y con la expulsión del patoso Terry. El capitán blue asentó un rodillazo a Alexis y una coz a su propio equipo. La roja directa, además de dejar huérfana a la defensa londinense desde el minuto 34, le impide jugar la final.

Con el aire de cara comenzó el Barça a gustarse y a conmover a un estadio repleto. El tropiezo liguero estaba olvidado y en el aroma de Champions evocaba el placer de sentar cátedra. Cuando sólo se podía pedir un gol más para alejar los miedos de Europa, Iniesta largaba un puntapié a la eliminatoria tras una jugada de escaparate. El Barça se sentía futurible ganador y dominaba a un conjunto defensivo en inferioridad numérica. En esas, al filo del descanso enarboló un contraataque el Chelsea con una asistencia perfecta de Lampard que Ramires finalizó de vaselina, una de esas a las que Messi acostumbra y que se empeñó en mostrar sencillas. El 2-1 no entraba en los planes.

Tras el parón regresó el Barça con la intención de despertar al enfermo y no sucumbir ante la fortaleza inglesa, pero se antojó la empresa demasiado compleja. No por calidad y fútbol, sino porque el azar no siempre acompaña. Un penalti de Drogba sobre Cesc posibilitaba a los culé adelantarse en el marcador, pero Messi, errático como nunca, estrelló las ambiciones de su equipo en el larguero. Desde ese momento el argentino quiso y no pudo. Bajó al medio campo con periodicidad y con la intención de desquitarse del fallo. Pero no atinaba en su intento por rescatar al Barça. Ya son ocho los encuentros en los que se ha enfrentado al Chelsea, y en ninguno ha marcado. Extraños ademanes del cosmos del fútbol.

El Chelsea se encontraba a gusto y se reconocía en su recogimiento. La segunda parte avanzó demasiado rápida para la grada blaugrana. Fue un visto y no visto desde el lanzamiento de penalti hasta la salida de Torres. Sólo un gol anulado a Alexis pareció parar el tiempo. Un segundo. Lo que tardó el juez de línea en levantar la bandera. El Chelsea, cuando cazaba un balón, lo lanzaba en ofensivas sin importar quien anduviera por allí. Torres, cumplidor en su carrera, bajó un pelotazo que nació en el corazón del área y cabalgó con la final entre los ojos. Dribló a Valdés y empujó el balón logrando su gol más importante de toda la temporada. El partido estaba acabado.

A pesar de que en dos partidos el conjunto blaugrana se ha despedido de los dos títulos más importantes a nivel de clubes, el tropiezo no es ningún descalabro. Es meritorio, heroico, el camino del Barcelona en Europa y en la liga. Acostumbrado a coleccionar títulos este Barça de Guardiola conoce una nueva faceta del deporte, la de compartir rivalidad con su eterno rival en una de las disputas deportivas más feroces que se podían prever.

El Barcelona busca el camino

Con la Liga BBVA descartada, la Liga de Campeones se alza como un estímulo nuevo y sustitutivo para las emociones del FC Barcelona. El equipo de Guardiola se alejó de sus aspiraciones en la competición doméstica con un tropiezo en su campo ante el eterno rival, que por primera vez en tres años le arrebata el título de la regularidad. El daño es doble por lo perdido y por contra quién se ha perdido. Son instantes de júbilo en la capital española y de decepción en Barcelona, pero la temporada oficial todavía no ha acabado, y buena parte de los argumentos para hacer balance en junio dependen de la Champions. Si uno de los dos conjuntos españoles, Barcelona y Madrid, levantasen la orejona en el Allianz Arena, para ojos de Europa sería el triunfador de la temporada. Es una premisa ventajista ésta que nos lleva a evaluar el curso académico en vez de disfrutar de una colosal lucha deportiva, pero la tradición es longeva y eludirla costaría lo suyo.

El Chelsea llega a Barcelona con la ventaja en el marcador (1-0) y la intención de repetir gesta. Enfrentarse al Barça se ha convertido en un motivo de tasación y para ganarle muchos justifican maniobras de avaricia protectora. Los blues conquistaron un botín suculento merced a un juego estéril aferrado a la esperanza de resguardarse de los envites rivales. La táctica estaba clara: juntar líneas defensivas y suministrar a Drogba de balones de todos los colores, sin atender demasiado a peripecias ofensivas. El triunfo se antojó capricho del destino, porque el Barça dominó de inicio a fin con alternativas y tiranía. Sin embargo, erraron los españoles en lo más importante de este deporte: el gol. Messi, en su afán por rescatar al equipo, pecó de individualista cuando dominaba el balón, y de solista cuando lo tenían sus compañeros. No combinó como acostumbra, y con el enfrentamiento de liga ante el Madrid, ya son dos partidos consecutivos sin marcar. Sin brillar.

Tras la derrota de liga, (dos partidos perdidos consecutivos) Guardiola ha sido objeto de críticas. Está el mister y su equipo en una situación que no conocen. De su encuentro ante el Chelsea , en el partido de vuelta de semifinales de Champions, depende que la temporada culé sea catalogada como buena o soberbia. Guardiola conoce la realidad, por lo que abandonará los ensayos de alquimista para centrarse en su alineación de gala. Regresará Piqué al centro de la defensa, Alexis a la frontera de cal y Cesc al protectorado del esférico. El Barça quiere la bola, la necesita, porque como mínimo debe marcar dos goles para superar la eliminatoria y el Chelsea no atenderá a una lucha de igual a igual. Agazapados en su hábitat, esperarán los londinenses sus opciones de contestar con zarpazos rápidos y definitivos, para en la siguiente jugada, regresar a las posiciones de inicio, junto al área. Parte de sus aspiraciones dependen de quién juegue arriba, si Drogba, un islote de pura roca, o Torres, que intentará combinar con mejor elocuencia.

El Barcelona, aclimatado al festejo de títulos, tiene la oportunidad de voltear la situación a la que ha llegado tras dos derrotas seguidas. El pase a la final supondría una nueva píldora para el optimismo blaugrana y se olvidaría el tropiezo liguero ante el Madrid de Mourinho. Una derrota por su parte, reavivaría los cantos del temido fin de ciclo. Pantomimas de tarareos, porque el Barça puede alcanzar su segunda final de Champions consecutiva, cuarta en siete años. Gesta de por sí memorable, máxime cuando un juego audaz e intrépido ha señalada el camino.  No puede (no debe) de un partido depender el balance de toda una temporada.

 

Sudores fríos

El peso de la Historia puede sepultar a los más grandes, a pesar de los profetas que niegan el privilegio que el tiempo ejerce sobre el presente. “La historia no me invita a hacer nada especial. Los números históricos no tienen ningún significado. La historia no juega”. Así de contundente se mostró José Mourinho en la víspera del encuentro frente al Bayern de Munich. El portugués, que ha demostrado que la crónica del presente se puede escribir de forma autobiográfica, no sucumbe ante los ademanes pretéritos. Sin embargo, las palabras se las lleva el viento.

Mourinho, experto en el arte de eliminatorias a doble partido, conoce los entresijos de manejar un crédito extra. Durante su andadura por la competición europea (con el Oporto, Chelsea, Inter y Madrid) ha exhibido una singular habilidad dominando los tiempos de los 180 minutos. En alguna ocasión la suerte vestía su elástica, y en otras, a pesar de discursos maquiavélicos, los árbitros apoyaron su empresa. Sea como fuere, Mourinho sobresale en Europa.

El encuentro de ida de semifinales de Liga de Campeones estuvo marcado por el raciocinio. Las dos escuadras se emplearon en defender los intereses tácticos en detrimento del espectáculo. Tenían un guión muy parecido: presionar en la medular e intentar galopar contraataques enérgicos. A pesar de la superioridad, no excesiva, del conjunto español, el Real Madrid no encontró la manera de hacer sucumbir a un Bayern demasiado interesado. Los alemanes, alejados ya del título de liga esperaban en la Champions el elixir mágico que reanimara los espíritus de una grada que pretende visitar su propio estadio el día de la final. Es éste un punto clave en las motivaciones de los teutones. Lograron el objetivo merced a un Madrid especulativo y rácano con el empate a uno. Olvidó Mourinho su plática sobre la Historia, y prefirió, como tantas y tantas veces, hacer morir el encuentro de aburrimiento. Le salió mala la jugada, porque Gómez, un cazador de estilo incierto, perseveró en su compromiso con el gol. El 2-1, augurio de las estadísticas cerraba un encuentro emocionante pero demasiado operativo.

Sin embargo, el resultado no descontenta a ninguno de los dos equipos. El Bayern sale reforzado y el Madrid se mantiene vivo con la ventaja de campo en su haber. De nuevo el Bernabéu retomará sensaciones de Champions, de esas que tantos olés desgarraron. Fuera de casa, el conjunto alemán puede ser todavía más peligroso, agazapado en su área, buscando una cuchillada en las alas del pasto o una zancada de Mario. El Madrid debe buscarle la cara al partido, y despejar los fantasmas de la temporada pasada. No ceder ante  la tentación de la precipitación y buscar alternativas a las galopadas en largo. Sentirse dueño y señor del encuentro.

Cada una de las opciones previstas para el partido de vuelta pueden ir y venir dependiendo del encuentro liguero de esta jornada. El Madrid, a cuatro puntos de distancia del Barcelona, visita el Camp Nou con la intención de dar un manotazo sobre la tabla. El resultado final y las sensaciones condicionará los partidos de Champions de ambos conjuntos. Más el del Madrid, que suele ceder ante las mutaciones.

El Barça, por su parte sabe a lo que juega. Lo demostró en su encuentro contra el Chelsea. De nuevo un duelo histórico, aunque esta vez atiende más a antojos contemporáneos, de esos que marcan el dinero negro. En su pretensión por hacer del fútbol algo más que espectáculo, e intentando alzar el balompié al oficio del arte, salió el Barcelona como sólo sabe hacerlo: a dominar la pelota. Síntoma inequívoco fue la presencia de Cesc en el centro del campo, en vez de Keyta, y la formación de la zaga. En vez de buscar la contención de la banda derecha del Chelsea con un seguro como es Puyol, Guardiola entendió que la forma de desactivar al español era alejándolo del área. Recompuso la línea defensiva e introdujo a un Adriano espléndido en tareas defensivas y ofensivas.

El conjunto blue, que parece no percibir otro camino que el de los trompicones, se entretuvo en defender su portería con una dupla de centrales sobresaliente y abastecer a Drogba de todo tipo de balones. El delantero no tuvo el día. Pero solícito y diligente encontró la recompensa a su soliloquio en la delantera. Bregó hasta lograr un gol que sabe a gloria. Máxime cuando el Barça dominó el encuentro a su antojo, pero erró en el colofón del gol. Como en el partido de Bayern y Real Madrid, el resultado no es demasiado malo. El Camp Nou se ha acostumbrado a decidir eliminatorias y las alternativas de los ingleses no parecen alterar el sueño del entendido. No obstante, el domingo podrían despertarse empapados en sudores fríos.

Drive conduce la oscuridad

De Nicolas Widing Refn sólo conozco su última película, Drive, pero estoy seguro de que es un gran director (y todavía será mejor), porque una de las cosas más complicadas en el cine es contar de manera excelente una historia sencilla (en este caso, mil veces narrada). Y en Drive, Widing Refn lo ha conseguido. En gran parte, su éxito es el éxito de un guión fortísimo que Hossein Amini adaptó de la novela “Las alas de la paloma” ( Henry James) y la interpretación del calurosamente frío Ryan Gosling. Me aventuro a vaticinar que el nombre de Refn se revalorizará en 2012 y regalará grandes momentos.

Drive es una historia sencilla contada por enésima vez, aquella del atraco que no termina como se esperaba. La hemos visto en westerns, de la mano de Tarantino o Lumet. La hemos visto violenta, sagaz y visceral. En cine y televisión… Drive propone su propia versión del robo frustrado; lo hace a partir de un personaje fantasma, sin nombre, (Driver) que ve el mundo desde el asiento de piloto de un coche. Un joven reprimido y crudo que basa su fortaleza en un fuego interno tremendamente atractivo (nunca olvidaré esa chupa color mayonesa pasada con un escorpión dorado. Como dice @vigalondo, tampoco lo olvidarán los chavales, que mascarán palillos hasta sangrar) con una historia de amor fortísima.

Es el vínculo sentimental el que origina la evolución de Driver hacia la prosperidad afectiva, y más adelante hacia su propio final. La dupla Amini – Widing Refn gestan un poema oscuro, visualmente vecino a la vanguardia, para generar la tensión más bella que se ha visto desde hace tiempo. Pero la gran virtud de esta película proviene de su propia amenaza: en su personal interpretación del subgénero delictivo Drive sugiere las secuelas del robo y sus consecuencias en los diferentes personajes. “El atraco no sólo afecta a Driver”, explica el guionista Amini, “tiene repercusiones en todos”. Añade: “había que trasladar esa visión para convertir la película en una experiencia absolutamente original”. Chapó!

Poster

Entre el sexo y la terapia

Bucear en la mente del ser humano se presume inquietante cuando los instintos básicos pelean por emerger a la superficie y sucumbir a la dicha de sentirlos satisfechos. La grandeza del hombre gravita en su aptitud para comprender esos impulsos como un arma de doble filo y descifrar que el idealizado “libre albedrío” engendra consecuencias sociales y personales de calibre de escopeta. Ceder o no ante ellos es un fallo personal. Pero atenderlos con la osadía del irreflexivo es, cuanto menos, temerario. Disparar al automatismo natural puede resultar un orgásmico sorbo de libertad provocado por la nobleza de sentirse independiente, pero la resaca del garrotazo puede destrozar a las mentes sensibles.

En la frontera mental y física que suponen las calles de Zurich y Viena se ambienta la dualidad de un procedimiento psicológico cimentado en la palabra. David Cronenberg describe una potente y extraña historia difuminada con la humareda de los cigarros de un Freud admirablemente humano (interpretado por el genial Viggo Mortensen) que se desgarra en una narración intelectual. Es comprensible que un método tan indeterminado y oscuro produzca la germinación de una historia psicológica con tintes sexuales. Cronenberg se sustenta en la ambigüedad de una teoría psicológica y aborda la narración con la familiaridad que ésta le sustenta. Y lo hace sondeando, la relación de amistad entre Sigmund Freud y el psiquiatra  Carl Jung, primero; y el idilio sexual del segundo con una de sus pacientes. La interpretación de Michael Fassberder, que ya hipnotizó en películas como Hunger, se reclama tan verídica que podríamos palpar las aristas de su personalidad. Inquieta, por su parte, la perturbadora encarnación de Keira Knightley, cuyos movimientos exorcizados todavía no he sido capaz de discernir si emanaban veracidad o sobreactuación. Al trio habríamos de añadir al decididamente libertino y divertido Otto Gross (Vincent Cassel), cuya presencia prende la mecha de la narración.

La indagación de la sexualidad sigue el curso de una amistad que desemboca en el oprobio de Jung, cuya actitud desluce la lógica freudiana. El pensamiento moderno obedece, en parte, al vínculo de estas personalidades que Cronenberg ha pretendido describir. Y en parte ha logrado, sobre todo gracias a una música espléndida. Sin embargo, todavía vacilo ante algunas elipsis y sobre todo ante la dudosa sospecha de que el director se perdió en la bruma del cigarro.

De olvido, venganzas y perdones

Escribió Borges alguna vez que “el olvido es la única venganza y el único perdón“. Pretérito desliz innecesario. Amnésica perspectiva en madridistas de bandera que estos días arrastran su pasado sin contemplar el surco dejado. Una muesca de júbilo que en la temporada pasada se basó en la posibilidad, para muchos certeza, de un desquite deportivo que les aupara definitivamente por encima de su rival. Ansiaban la óptica cenital de la clasificación sin prestar atención a las consecuencias que supondrían un resultado adverso.

 

 

Alentado por el perfume de la victoria Mourniho se presentó como paladín del triunfo. Caballero de la gloria y poseedor de la verdad absoluta, parecía conocer la artimaña que desfigurase al todopoderoso Barça. Ya lo había demostrado la temporada anterior con el Inter en la Liga de Campeones, y el madridismo apuntaló sus esperanzas en el descaro. De forma implícita se dio pie y soberanía a la pantomima deslucida.

Mourinho se batió entre la osadía y el desparpajo, escupiendo atrevimiento como una inyección que previniese males mayores. Con la palabrería pretendía insuflar el coraje y entereza para afrontar un partido que se presuponía clave en el devenir liguero. El resultado, 5-0.

La barroca ligereza que procuraba el luso se volvió en su contra. Henchidos y resentidos, en parte por la desvergonzada tropelía de su rival, y deseosos de revelar la hegemonía de su doctrina, los de Guardiola salieron al campo con la intención de demostrar sus cualidades donde consideraban que debían hacerlo. Mouinho no pudo eludir el reconocimiento a su rival.

A día de hoy las cosas se perfilan diferentes. El Madrid deslumbra con su estilo vertiginoso y feroz capaz de descomponer a sus rivales con dos zarpazos. Se encuentra por delante de su rival y golea con una facilidad pasmosa. El Barcelona, por el contrario, no mejora respecto al del año pasado, pero posee un catálogo más completo de cromos. No tiene un once definido pero cada una de las variantes se define sublime.

Pero la mayor diferencia no responde a variantes técnicas, nuevas caras o estilos distintos. Sino al deterioro de la marca desvergonzada. Mourinho ha parecido comprender que lo que en la temporada anterior presuponía una ventaja se tornó amenaza. Vislumbra que con tretas extra deportivas la virtud desaparece. El madridismo no quiere recordar para rehuir de la superioridad blaugrana, y esa es su mayor venganza fuera del campo. Pero sobre el pasto el desquite es diferente. En el césped hay que demostrarlo.