España negocia la Historia

La Selección Española se ha ganado el derecho a gestionar sus ambiciones para el Europeo y administrar sus necesidades de éxito. Contenido y continente de lo alcanzado hasta el momento proporciona un salvavidas para despejar titubeos y suministrar optimismo. Tras el último partido preparatorio antes de la competición oficial, ante la China de Camacho, la Roja descubrió carencias y falta de engranaje en distintos aspectos colectivos. Parte de la problemática deriva de la extraña concentración nacional, que hasta última hora no ha recopilado a todos sus convocados, y de la indecisión en puestos determinantes, sobre todo en ataque. El puesto decisivo, hace meses prometido a Fernando Llorente, se debate ahora entre el sevillista Negredo y el reciente ganador de la Liga de Campeones Fernando Torres. La necesidad por definir el referente ofensivo se sustenta en la confianza hacia un número determinado. Los tres jugadores atesoran argumentos en su disputa por la confianza, pero de la decisión dependerá el devenir del juego colectivo. En su esencia, la empresa combinativa invadirá con su aroma los pastos de Ucrania, pero los matices del perfume dependen de la ofensiva. Torres incorpora necesidad de reivindicación, diagonales y movilidad. Negredo, fino en el tramo final de la temporada liguera, ofrece posibilidades de acople al borde del área, incorporación al remate y guarida para balones complicados. Por su parte, el delantero del Athletic colecciona más dianas en su haber y posibilidades aéreas. Pero su actuación en las finales de Liga Europa y Copa del Rey le restan protagonismo, a pesar de haber sido el delantero más en forma de esta selección.

La solución del enigma se resolverá ante Italia, a pesar de que la presencia del titular no garantiza su continuidad en el once. Hasta ahora todo son pruebas. Evidencia de ello es la ausencia de Iniesta en la primera parte ante China. El centrocampista culé es uno de los ases que sostienen este castillo de naipes. Con su incorporación en la segunda parte la selección renovó su vestuario recordando aires de grandeza y demostrando aspiraciones artísticas en lances ofensivos. El éxito pasa por invocar el espíritu de las dos últimas grandes citas, las que elevaron nuestro fútbol a la bóveda de la basílica deportiva. Pero alejados de la competición oficial España ha traslucido lagunas ante selecciones de primer orden, como Argentina o Inglaterra, donde las penurias goleadores saltaron a la visa.

Pero el déficit goleador no emergió en la clasificación para la Eurocopa. En los 8 partidos disputados (contados como victorias) España anotó 26 goles, repartidos entre 10 jugadores, y sólo recibió 6. El dominio del mecanismo y la consciencia de las aptitudes es un trayecto adyacente a la victoria. Que España se reconozca en la moqueta equivale a una perenne lucidez en la que sostener las garantías de triunfo. No es sencillo alcanzar la triple corona, pero si hay una selección capaz de una gesta de tal magnitud, por ambición, calidad, juego y talento, España es la elegida.

Pitar o no pitar

Los españoles, escribió Hemingway en Por quién doblan las campanas, son o las mejores personas del mundo o las más detestables. Según se tercie. Quizá por ello cuando las cosas van de cara, capitaneamos halagos con retórica y nos subimos al carro del ventajismo. Cuando por el contrario hay oportunidad y espacio para azuzar, atizamos varazos a tientas sin importar quién los reciba y menos, dónde lo haga.

En el enésimo capítulo de la charlatanería hispánica, Esperanza Aguirre sale a la palestra criticando resolutivamente la posible pitada que exaltados de Athletic Club y Barcelona pueden procurar cuando el himno de España percuta en los  preliminares de la final de la Copa del Rey. Una melodía tan deslucida nunca fue tan defendida. No es incomprensible la postura de la presidenta madrileña; alguien debe decir ciertas cosas y pretender defender los principios que apodera. No obstante, apelar sin concesiones a la suspensión del partido si los chillos separatistas sobrepasan los decibelios del patriotismo es abandonar la senda de la cordura. Aguirre, por su condición de gobernante estadista debería conocer que su defensa (si es lo que pretende) ante los elementos españoles no hace sino incitar a una reprimenda todavía más sonora y contagiosa de la que podría haber surgido por procedimientos ordinarios.

La Copa, cierto es, se apellida “de Su Majestad el Rey”; pero vivimos en un Estado de Derecho donde cada uno puede expresar libremente su opinión en favor o en contra de distintos signos o símbolos. No hay razón ofensiva en mostrar el criterio sin atentar contra los intereses de un tercero. Pitar un himno, tararearlo con sorna, ponerle letra o no escucharlo no es razón ofensiva ni demandante. El deporte tiene un perímetro que no debiera limitar con el de la política. La diferencia entre quienes pitan y Aguirre es que la segunda ha sido escogida democráticamente y debiera servir por y para el pueblo,  y no obedecer a razones interesadas y aguijonear con un ejercicio deliberado y taimado. Su verbosidad despierta fantasmas y tambalea la sensatez que los agentes comisionados de nuestros intereses debieran poseer. Pero son tiempos de ruina ideológica donde todo cabe. Allá cada cuál con lo suyo.

Peregrinación a la tierra prometida

 

 

 

 

 

 

 

Hay varias generaciones de muchachos perdidas en estos tiempos de trémula presencia. La coyuntura no ampara a los talentosos que, obligados, deben auxiliarse en las axilas de profesiones y sueldos que ni soñaron. Su tiempo es duro y arenoso, y desmotiva y suscita dudas trascendentales que repasan preguntas rebosantes de victimismo. Los héroes de nuestro siglo, algunos futbolistas, no ayudan porque están quebrados. Su pintura se desprende al mínimo roce y descubrimos en ellos ejemplos múltiples de lo que no debería ser. Pero la tragedia no lo engloba todo, y por encima de los héroes está la Épica. El deporte aglutina formalidades y condiciones que hacen de su disfrute un placentero analgésico para periodos de deriva social, cultural y moral. Ofrece cobijo e invita a la entrega de los sentimientos. Descubrir sus recovecos es alcanzar satisfacciones, aunque sea durante 90 minutos.

Hay en España varias quintas de chavales del Athletic de Bilbao que han espigado su maduración ante la hambruna deportiva que supone no levantar trofeos. El éxito ha sido durante más de veinte años, un anhelo parcial supeditado a intereses de legítima coherencia. Los héroes esculpidos en la cantera rojiblanca no se fragmentan con facilidad y proponen dogmas de apasionado romance que han logrado sustituir el triunfo por una devota lealtad a los colores y persistencia de la fe. No pretende la doctrina ensalzar el proselitismo, sino conjugar los apuros y virtudes para exprimir los períodos empíreos.

La demora ha premiado la persistencia en el evangelio de Lezama con la fecundación de un grupo de colegiales virtuosos gobernados por la honestidad vestida de chándal. La honradez de la propuesta, la tenacidad en la ejecución y la combinación de aptitudes y nobleza han llevado a este Athletic Club a las puertas del Olimpo, que ya es un logro por sí mismo. Erró el conjunto vasco en su primera acometida hacia el éxtasis ante el Atlético de Madrid, en la final de la Europa League. El ímpetu se vio mermado por la excitación, y el tembleque duró más de lo reglamentario. Los llantos por la derrota, aunque lacerantes y desgarradores, no empañaron el orgullo y satisfacción por la magistral trayectoria.

El viernes 25 de mayo una nueva oportunidad se presenta para redimir a la afición de una peregrinación escogida por la senda de la hambruna. Lo más probable, propone la razón, es regresar a Bilbao con las manos vacías y la cabeza bien alta. Pero ni el fútbol respeta la lógica, ni la razón tiene jurisdicción en nuestra sociedad. El Athletic continuará coexistiendo merced a una comunión con su parroquia y a alegatos apasionados sobre el terreno de juego. En eso, gane o pierda, no hay vuelta de hoja. La final de Copa, por el misticismo y acoplamiento con club, es el escenario perfecto para retomar sensaciones desfiguradas por el tiempo. Por déficit y necesidad, los bilbaínos presentan candidatura en nombre de varias generaciones de muchachos perdidos en el desierto de las vicisitudes. Quizá, quién sabe, llegue la tierra prometida.

Epílogo bañado en llanto

Contemplar la lobreguez del hoyo origina sensación de vértigo. Cuando las sombras no permiten adivinar si el fondo está a cinco o a cincuenta metros, si el suelo está revestido con lanzas verticales o si un charco de excrementos y barro amortiguará la caída, el desconocimiento turba el ánimo y ensalza la nostalgia. Cinco equipos compaginan esas emociones que produce estar ondulando al borde del pozo, sintiendo el aliento de un verdugo deseoso de colaborar con un impulso al vertiginoso descenso. El equilibrio es materia de probabilidades: Villarreal (4% de posibilidades de descenso), Granada (11%) y Rayo Vallecano (23%) confían en que las matemáticas no volteen los números y poder mantenerse en primera. Aguardar el prodigio es asunto genérico que no sólo obedece al fervor religioso, por lo que Zaragoza (66%) y Sporting (97%) pese a sentir la atracción del agujero, suplican por la permanencia. Excepto los asturianos, que precisan de un enredo de resultados, todos los implicados dependen de sí mismos. Gestionar el desenlace de cada encuentro implicará el devenir de la siguiente campaña.

El domingo a las 22.00 h. el júbilo y desconsuelo se diluirán en llantos de distinto género. Es una de las imágenes más nobles de un deporte que tiende hacia la artificialidad. Las lágrimas, de uno u otro signo, son evidencia de humanidad, hombría y bondad. Llorar no es pecado. Es mortal.

La zozobra se ceba con las hinchadas de cinco ciudades encarceladas por la agonía. Desde el convencimiento inconcebible del “Sí se puede” zaragozano a la muestra de apoyo absoluto de la afición vallecana, que en el último entrenamiento del Rayo a puerta cerrada, colaron a 200 rayistas para mostrar su patrocinio. A pesar de que el prólogo obedece a particularidades distintas, todos pretenden saldar las cuentas. Sporting y Zaragoza sustentan sus esperanzas en una carrera de fondo tramitada con diligencia en los últimos kilómetros. Pero el aliento falla y las sospechan brotan desde la desconfianza o intencionalidad de terceros. Según se mire. Villareal y Granada observaban llegar un final agónico desde hace semanas, pero su incapacidad para abrir brecha con las posiciones del barro les condenan al sufrimiento. El Rayo, por su parte, que se apreciaba salvado, ha sucumbido a un galimatías que en las tres últimas jornadas le abastece de sopapos gratuitos.

La salvación la marca la decena de los cuarenta (según temporada). Los números para la permanencia son sinceros. Como también lo son las estadísticas de los conjuntos implicados en la liza por mantener categoría. De los tres porteros de la liga que más paradas han procurado a sus conjuntos, dos pertenecen a clubes implicados en el descenso: Juan Pablo, del Sporting, con 136 paradas, y Roberto, del Zaragoza, con 147 son tercero y primero respectivamente. Precisamente son estos dos guardametas los que más goles han encajado: Juan Pablo alcanza los 64 y Roberto los 61. Es complicado no cluadicar en la tabla ante tantas concesiones. En la orilla opuesta del catastro goleador, las cifras tampoco se acomodan a las necesidades de Villareal, Zaragoza, Sporting o Granada. Sólo el Rayo Vallecano, con dos individuos  filtrados en la clasificación de los 2o máximos goleadores, satisface sus menesteres (Michu con 15 dianas y Diego Costa con 10). Pero las estadísticas sirven para poco más que para rellenar artículos y analizar trayectorias. Lo sustancial e importante en el último encuentro liguero es cerrar la temporada con el objetivo cumplido y que, en un epílogo bañado en llantos, las lágrimas sean de signo positivo.

Sibilina semejanza

La final de la Europa League es un acicate emocional suntuoso para Athletic de Bilbao y Atlético de Madird. Después de una temporada pareja en proezas los equipos de paralelas rojiblancas encuentran en el pulso europeo el colofón que encumbre el baremo de un curso oficial que han alcanzado con argumentos de encontradas idiosincrasias. Los vascos, sugestionados por la filosofía Bielsa proponen un fútbol alegre y vertical, educando el balón en literatura mágica para concebir una historia magnífica y extravagante. En sus carencias defensivas y en los términos traseros hallan sus rivales la fisura por donde hincar el diente. El Atlético de Madrid, más indefinido en doctrinas, asemeja su juego a la irreverencia del realismo sucio. Arrebatos a punta de encontronazos con el teclado. Su mejor versión es robusta e impetuosa, voraz en el área rival y radical en la propia. Precisamente es en el antagonismo de las ideologías donde reside la nobleza de un encuentro equilibrado por disparidad.

Marcelo Bielsa y Diego Simeone justifican la validez e importancia de los equipos españoles en Champions. Sus rúbricas son irrebatibles por el progreso en una competición donde no encuentran reparos. Se conocen y estiman. Pero la camaradería se margina en coyunturas de significado, donde, según se apure el silbato, el resultado puede sentirse como una exhalación de aire limpio o de hollín tóxico. Lo dejó claro el Cholo en rueda de prensa: “No vengo a recordar momentos, vengo a jugar una final, a ganar una final. Declaré mi admiración por Marcelo y él sabe lo que pienso de él”. Suficiente como guiño.

Los mentores y doctores del deporte no arriesgan a dar favorito. Puede resultar embarazoso entretenerse en adivinanzas cuando al esparcir conjeturas no se atina ni una. El fútbol es tan esotérico y una final tan sibilina que el tiempo alcanza el paradigma de dimensión paralela donde las posibilidades se multiplican por mil. De nada sirve recrear apuestas deportivas: ni la condición de local marca el ritmo, ni los antecedentes, ni el tiempo, ni la historia… La empresa obedece al empeño durante el juego, la tenacidad y el anhelo por levantar un título más sólido en prestigio que en renta. Desconfío de quinielas que emparejan posiciones. Sospecho de estadísticas y precedentes. El presente es ahora, y ahora ya es pasado. Debemos aspirar al goce y al deleite que proporcionan dos equipos españoles en una final europea. Mañana, ya lo vaticinó Bielsa, será un recuerdo lejano: “lo que suceda es irreversible, hay que estar a la altura”.

Di Matteo enfoca el éxito

El Chelsea FC conoce todos los recovecos de Wembley. Entiende sus secretos, comprende su dimensión y se acopla a la moqueta. Debe de ser así, porque los blues dominan la suerte del juego cuando presentan servicio en el estadio. En la FA Cup el club de Londres ha festejado 3 de las últimas 4 finales. Padrón lucido para una entidad que ya colecciona 7 trofeos de una competición ascética, 4 desde que Román Abramóvich comprase el club en 2003.

El último éxito (2-1 ante el Liverpool) arriba en una temporada susceptible ante la fragosidad de las deidades del balompié. Emprendida con las pretensiones de Villas Boas, no supo el Chelsea aclimatar sus habilidades a una nueva línea de rumbo. Tiempo después, y destituido el técnico portugués, Di Matteo reintegró al equipo en los parámetros que mejor conocen los elefantes sagrados de un vestuario con necesidad de aseo. Con el retorno a las referencias el Chelsea acrecentó sus aspiraciones y esperanzas: reciente ganador de la FA Cup y finalista de la Liga de Campeones.

Las premisas del conjunto de Londres son sencillas: obedecer al repliegue, ejercer con presteza en los lances ofensivos y concluir las jugadas arriba son los tres artículos fundamentales de la constitución blue. Como un camaleón, la plantilla sabe disfrazar sus penurias según el rival que enfrenten. Contra el Fútbol Club Barcelona, en semifinales de Champions, trabajaron en el empeño defensivo para excitar su fe en las aptitudes ofensivas. Creer en el prodigio es el primer paso.

Frente al Liverpool, sin embargo, en la final de la FA Cup aceptaron el obsequio de un rival estéril en la primera parte que no pudo, no supo, recuperar el territorio en la segunda. Claudicaron los norteños por la insuficiencia en el afán del título. Ambos conjuntos tienen un repertorio limitado en combinaciones, pero los ganadores demostraron más interés y resistieron los escasos acosos del Liverpool en los últimos lances del encuentro. El equipo de Kenny Dalglish no ha recuperado su cumbre.

El éxito del Chelsea se puede hallar en una combinación de azar y solidez en asaltos. La primera parte estuvo dominada por las funciones de esa firmeza en las que un pase es suficiente. Como en el primer gol, cuando Mata asiste a un genial Ramires. El brasileño aprovechó los desaciertos de Enrique primero y Reina después para adelantar a los suyos. Sin capacidad de réplica, el Liverpool es una sombra de lo que fue. Al igual que Lampard y Gerard, jugadores que años atrás se celebraban como ídolos del mediocentro, con capacidades de repliegue, de mando, potencia y gol. Pero el tiempo pasa adulterando el talento y proponiendo nuevos modelos. Mata es la evidencia de la globalización del fútbol nacional. La exportación del patrón de nuestro fútbol se refleja en esta figura endeble y eléctrica que atesora adjetivos puros cuando maneja la bola y se ensaña en diabluras en tierra de enganche. La primera parte fue suya.

La segunda alteró el discurso de los reds, pero pasado el minuto 54, cuando Drogba había maniobrado en dos toques un pase de Lampard para hacer el segundo. Poco es suficiente para el delantero. Con el 2-0, Dalglish introdujo a Carroll en el terreno de juego. “35 millones de euros”, piensa su hinchada cada vez que cabalga en la hierba. Esta vez, el 9 hizo valer sus condiciones para acortar distancias. En el área pequeña encaró a Terry bailando una danza borracha sin ritmo y fusilar a Cech. El checo no puedo oponerse a la descarga. Sí lo hizo, sin embargo, en un envite con mismos protagonistas. Tras un testarazo contundente de Carroll, cuando el Liverpool acometía en sus funciones, el guardameta despejó las esperanzas del rival sobre la línea de tanto. El Liverpool malograba por exceso de optimismo. Es un espectro de su recuerdo. Demasiado tiempo perdiendo.

Di Matteo ha encauzado el rumbo de un club que parecía perdido. Con sus métodos, más cercanos a prescripciones tradicionales, ya ha levantado un título y presenta candidatura para la Liga de Campeones. Su aliado es su contrato, no debe rendir cuentas a un proyecto a largo plazo como sí hacía Villas Boas. Quizá, tras la imprevista trayectoria que está construyendo pueda asentarse con un esquema de continuidad. Eso parece lo justo.

El triunfo a cambio del alma

Con la trigésimo segunda liga lograda por el Real Madrid, el conjunto blanco recupera el espacio que Florentino Pérez codiciaba desde su llegada hace cuatro años, en su segunda embestida como líder supremo, a la dirección de “La Institución“. Una dimensión de deshago que redime defectos del pasado y pero atenta con consecuencias colaterales. El título, formidable en cifras y percutido en lances contra el mejor Barça, es un bufido de aptitudes con el que recobrar la vehemencia y el refulgir de un club a la sombra de un coloso. Florentino Pérez ha alcanzado su objetivo a costa de subastar la limitada tolerancia a la serenidad de proyectos de futuro. Algo así como vender el alma al diablo.

Florentino hizo del señorío el emblema de su obra en su regreso a la entidad blanca. “Hay que devolver el Madrid al lugar que se merece y recuperar sus valores”, repetía en 2009, rememorando la mala praxis en sus predecesores, como la asamblea fraudulenta durante el mandato de Ramón Calderón. Para ello se amparó en escuderos más o menos admirados en el quehacer de sus funciones, pero impávidos en la decencia y la honestidad, como Jorge Valdano. Sus justiprecios pueden sentirse desmesurados y sus circunloquios excesivos incluso para un agudo argentino, pero su finura y ademanes deferentes no engañan. Valdano despachaba con inteligencia los contratiempos merengues procurando pocas veces titulares inconvenientes. Era dueño de una palabra gentil y educada. Pero su figura, imprescindible en el retorno de Florentino a la pesidencia, se tornó accesoria ante la necesidad de un cambio de rumbo. La seducción de los atajos sustituyeron a la lacerante paciencia. Desde la primera rueda de prensa de Mourinho, la facha del duo Jorge-José parecía impostada.

La trifulca entre Mourinho y Valdano germina en una serie de artículos del argentino en el ejercicio como analista de fútbol en el que criticaba los métodos del portugués. Con la temporada en curso, su convivencia se definió inviable y Florentino escogió a su aliado.

La preferencia marcó la hoja de ruta de un club en el que dominaba la necesidad de triunfos. Mourinho, alentado por el espoleo de su líder optó por sentar las bases de un dominio en el que era complicado replegarse. Con capacidad de mando, el entrenador blanco sometió a sus jugadores a la dictadura del soliloquio victimista y desvinculó al club del rumbo señorial que tanto defendió el presidente. En vez de instruir y encauzar el navío, Florentino estimuló la retórica del portugués en la Asamblea de Socios.

Lejos quedaban los momentos en los que se desestimó (oficiosamente) el fichaje de algunos jugadores en pro de no resquebrajar la imagen del club. El término “señorío” había alcanzado matices hasta entonces exiguos en la definición del vocablo. Mourinho era el señorío, y sus acciones señoriales. Con el consentimiento de la jerarquía y la aprobación de una afición que le corea y aplaude tras perder la liga ante el Fútbol Club Barcelona, el portugués conocía que sus galones eran sólidos.

La decadencia de su praxis ha evolucionado hacia una degeneración estrafalaria en la que el segundo entrenador vocera un guión adefesio. El esperpento alcanzó la parodia cuando Karanka se refirió al adiós de Guardiola.

Evidente, querido Watson Aitor. Como evidente es su posición.

El enésimo capítulo del grotesco señorío que anhelaba Florentino se vivió en la festividad conmemorativa del trigésimo segundo título de liga. Mourinho, neurótico en su egolatría señalaba al cielo una y otra vez que había logrado siete trofeos de liga. Su mérito, debía pensar, estaba por encima del Real Madrid. Al fin y al cabo, compró el alma del club.

Contundencia de Campeón


A falta de dos jornadas para la conclusión de la temporada de liga el título madridista ya es corpóreo en su integridad. Un trofeo cobrado a base de la pegada que adjudica el talonario y la periodicidad de la cita con la victoria. Por primera vez en la historia del campeonato, San Mamés albergó a ras de césped las efemérides de un título foráneo. Como debe ser, y no como podía haber sido por la torpeza de los horarios. La contundencia del Real Madrid fue suficiente para doblegar un pulso impulsivo que adoleció de naturalidad en el conjunto local, mermado por propósitos venideros. El encuentro venía marcado por la diligencia madridista por celebrar el título cuanto antes y la intención local por espolear los ánimos como respuesta a la ofensa que consideran en torno a la polémica sobre la final de Copa. El Madrid entendía su compromiso y se empeño desde los inicios por encaminar el duelo hacia la celebración y evitar la incertidumbre que conlleva no amarrar el título. El 0-3, como la temporada anterior, fue tajante. Seco.

El Athletic Club, embajador de ilusiones y promesas, formó con sólo 5 jugadores que acostumbran en el once. Pero la ausencia de peloteros como Herrera, Muniain o Iturraspe no exigía desprenderse de ambiciones futboleras. Lo demostraron los de Bielsa con arrogancia en la presión e intenciones en la salida. Como acostumbran, los rojiblancos pretendieron semejarse a derroteros de odas y monumentos con el balón, buscando espacios y afilando verticalidad continua. Pero el ardor de entusiasmadas posesiones procura a los adversarios espacios en el retroceso, que se tornan absolutos cuando el rival es experto en el arte de hallar vacíos. El encuentro se mantuvo vivo durante 15 minutos. Los que tardó el Madrid en hacer de su ofensiva un zapatazo certero de Higuaín y una combinación impecable que concluyó con triunfo de Özil. El alemán, que acostumbra a servir asistencias, recibió una diagonal perfecta de Cristiano para embocar el balón. Antes, con el 0-0, Ronaldo erró de nuevo en el punto de penalti en un gesto de arrogancia o valentía, según los colores de la perspectiva. La paradinha quedó yerma y el luso no afinó en su lucha por el pichichi.

El 0-2 estimuló el pundonor de los rojiblancos que insistían en ejercer de anfitriones. El Madrid, a gusto en el repliegue, ofreció su juego al culto del contraataque y el partido resurgió en intensidad y ocasiones para ambos conjuntos. Propósitos más cercanos a una coyuntura ociosa que emotiva. El encuentro, de principio a fin, tuvo un sólo dueño.

El descanso, en vez de motivar ambiciones, entibió un duelo en el que no se pretendían sorpresas. Los de Mourinho se apropiaron de la autoridad y maniobraron con pragmática. El gol de Cristiano, además de fomentar la liza por el pichichi, y la roja a Javi Martínez contribuyeron al proyecto. La expulsión del internacional, por doble amarilla, fue injusta y abusiva porque envites semejantes no cobraron sanciones en los rivales. A medida que se acercaba el triunfo y el trofeo, crecían los gritos de ánimo de una grada que se abalanzó contra el 7 madridista. Ronaldo, crecido por la hazaña contestó con gestos de adolescente mimado.

La liga, que ya era una realidad, no acaba con la hegemonía blaugrana. Inicia una pugna deportiva y alivia tensiones. Para ello, el Barcelona debe manejar una transición que se supone aseada. La empresa no parece complicada porque la capacidad de la plantilla alcanza para ello. Evidencia de ello es el triunfo del Barcelona 4-1 ante el Málaga. Las aspiraciones visitantes por alcanzar los escalones de Champions se intuían de mayor calado que los del Fútbol Club Barcelona, que despachó el encuentro sin la ambición de objetivos pero con el oficio de su jerarquía y las inspiraciones de Iniesta. El de Albacete sirvió el primer gol a Puyol, provocó el penalti del segundo y asistió a Messi en el cuarto. El argentino que marcó tres, ya atesora 46 dianas y se fuga en la lucha por el pichichi además de aspirar a una marca de otro siglo.

En la otra liga, en la que se pretende evitar descalabros, la Romareda coreó a 35.000 voces el “Sí se puede” tras su victoria ante el Levante y la derrota del Rayo. La pugna por la permanencia, además de la reyerta por una plaza en competición europea, es el mayor atractivo para las dos jornadas restantes. La liga ya tiene dueño, pero todavía no ha terminado.

Un compositor de partituras sublimes

Cuanto más cerca se está del frente, mejores son las personas“,         Ernest Hemingway.

Joan Cruyff fue tan buen maestro en el arte de enseñar a volar, que sus pupilos todavía no se han detenido. El holandés, pionero en el génesis del fútbol moderno registró un itinerario deportivo henchido de alternativas. Tras su paso como entrenador blaugrana, se gestó un talante urdido en el cantal de jóvenes promesas esculpidas por un ideario del rumbo común, que desde entonces se ejercitan al son de la danza que produce el juego asociativo entendido en su máxima expresión. El Barcelona es pura agudeza que día a día, durante doce años, ha evolucionado en el placer de alcanzar una fórmula.

El paso de entrandores de horma semejante cooperó en el afán por no desviar la mirada hacia atajos más suculentos. Pero hubo un momento, hace cuatro años, donde tras la partida de Frank Rijkaard del banquillo azulgrana, la tentativa por degustar nuevos valores pudo haber acabado con la alianza con del fútbol de Narciso. Mourinho sonó como alternativa real y cercana para dirigir una plantilla con necesidad de remodelación. Pero el luso fue rechazado en beneficio de Pep Guardiola, que por entonces dirigía al segundo equipo de la disciplina catalana. Su ascenso zarandeó la suspicacia de multitud de aficionados que no eran capaces de reparar en el “4” un futuro competente. Las reticencias eran normales porque, a pesar de que en su trayectoria en el pasto demostrase indicios de maestro, la pericia del nuevo mister todavía no estaba probada. El sacerdote todavía no había tomado la primera comunión, pero el Barcelona es un club de cantera y el entorno no tardó demasiado en vislumbrar en Guardiola un mañana próspero.

Después de los cuatro años del cuatro emerge la perplejidad ante la decisión de Pep Guardiola de acabar con su etapa como entrenador del Barcelona. A pesar de que se intuyese un desenlace limítrofe la sensación es de disgusto. También lo fue con la marcha de Raijard, y Guardiola consiguió ejercer de alquimista y dilatar el tiempo para lograr la evolución de un fútbol excelso, sin parangón. Un empleo audaz y exquisito en el trato de la pelota, distinguido y amable sin ella, al que le debemos una zancada más allá en el oficio de un deporte que hasta ahora, ha alcanzado sus cotas más altas. Guardiola es el autor de una partitura que sus jugadores han sabido interpretar. Sin orquesta no hay función. Pero hasta que no llega el director, cada uno toca a su ritmo.

Guardiola, como todos aquellos que besan las nubes, provoca admiración y escozor a partes iguales. Tildado de farsante y adulterado en ademanes y conferencias lo cierto es que Guardiola ha manejado un discurso elegante y modélico del que sólo se ha alejado en ocasiones puntuales. No hay nada de injurioso en maniobrar ante la opinión pública con afinada destreza si con el gesto no se perjudica a otros. Tesis que Guardiola siempre ha acogido.

Con el tiempo, el Fútbol Club Barcelona se ha reafirmado como un club extranjero (en lo deportivo) con costumbres propias dentro de un sistema de rutinas extranjeras. Es de su propia idiosincrasia donde nace la necesidad de mantener una línea deportiva que conserva la batería cargada. Tito Vilanova se significa así como el timonel idóneo para mantener el barco a flote. Las hechuras del director de orquesta las tiene, pero debe probar la capacidad para componer.

Por derecho propio

Bilbao es un jardín de emociones que florecen en cada esquina. San Mamés, Basílica del fútbol nacional escenificó que la liturgia del deporte es una bomba de misticismo donde el éxtasis se exhala entre los cánticos de un himno que encoge a los gigantes y amedrenta a los forasteros. Si como escribió Juan Villoro, Escocia y México son las campeonas del mundo en aficiones, el Athletic Club de Bilbao es el paladín a nivel de clubes. El éxito de una raza que destroza los tópicos modernos y maneja a su antojo el florecer de nuevos guerreros. El Athletic es un sentimiento, un modelo, una emoción con fragancia de franela pero corazón felino. Un club que afirmaba su supervivencia en un tradicionalismo hermético que no permitía la evolución hacia un fútbol moderno. Hasta que llegó Bielsa, ese loco emborrachado de fútbol que viste de chándal porque el pasto es su casa, y el pijama le parecía excesivo. Excepcional entrenador con nombre de sabio que iluminó las sombras de un club en claroscuros. Con los rincones visibles, el Athletic de los Campeones del Mundo conocía todos sus secretos, y haciendo gala de un fútbol hermoso halló el premio en la final de la Copa del Rey y de la UEFA. Contra Barça y Atlético de Madrid respectivamente, intentarán los leones recuperar una usanza que desde 1983 no navega por la ría. Este Athletic lo merece.