La desventura de un oficio en altibajos

Mourinho funda su vanidad en la enumeración de los títulos cosechados. Los clubes que lo han amparado en su periplo por Europa fueron gestando el virus de la victoria, y tarde o temprano estiraron los dedos hasta rozar los cielos. A corto plazo el triunfo produce un resabio a regocijo, el sabor a las cosas bien hechas y la placidez por arribar a cotas que antaño se presumían peliagudas. Pero la mutación de la plaga es un azote que contagia veloz y arrasa con estamentos deportivos y extradeportivos. Cuando Mourinho llegó al Real Madrid su discurso se mantuvo en la arrogancia que acostumbraba, con altibajos retóricos y salidas de tono según requerían las circunstancias y el rumbo del equipo. En su primera temporada, la plática de “su verdad” produjo un efecto colateral que enarboló el orgullo de sus contrarios. La primera consecuencia el fatídico 5-0 que endosó el Fútbol Club Barcelona. La goleada marcó un punto de giro y Mourinho descubrió fantasmas y fobias. Con todo, el luso no salió mal parado, la Copa del Rey apaciguaba las ansias de la diosa Cibeles. Más cuando se ganó contra el Barcelona.

La segunda temporada exigía retos deportivos de mayor calado. La Liga BBVA, siempre lo dijo el mister, era el objetivo prioritario. Pero la afición y la Presidencia soñaban con la décima. En una semana el conjunto blanco había tomado posiciones para conseguir ambos títulos. El primero con la sentencia del manotazo en el Camp Nou. El segundo, sin embargo, se quedó a la vuelta de la esquina. Segundo año consecutivo con la miel en los labios.

El Bernabéu se engalanó con el frac de las noches de ópera para recibir al Bayern de Munich. Repetía Mourinho el once de Barcelona, pero con Marcelo en detrimento de Çoentrao. El brasileño, más ocurrente, aporta una melodía ofensiva que se acopla mejor con la sonoridad del Bernabéu. El partido y la eliminatoria parecían decantarse pronto con dos tantos de Cristiano Ronaldo en 15 minutos. En el primero no falló el luso de penalti para agitar los sentidos de un estadio que burbujeaba como el champan. En el segundo, el delantero aprovechó una asistencia de Özil al corazón de la media luna y definió con convicción, sintiendo que la bola besaría las mallas. Las ocasiones teutones agitaron los cimientos de la serenidad. Robben tuvo el empate a uno tras un centro desde la izquierda que le botó extraño. El holandés que antes se ajustaba a la moqueta madrileña no conocía que el prado se revela con los divorcios. Pero con el balón estático, desde el punto de penalti, no erró en su disciplina. La pena máxima vino provocaba por el infantilismo de Pepe, un central contundente que se aleja del guión demasiado a menudo. El 1-2 igualaba la eliminatoria y proponía una lucha de eterno desgaste.

Sufría el Madrid porque sus puntas no atinaban con los movimientos precisos y porque la ofensiva alemana desgarraba resquicios entre la zaga blanca. En una de esas, Casillas alejó una ocasión contundente de Mario Gómez. Término que el alemán acostumbra a celebrar. Transcurría el encuentro por derroteros imprevistos, con un Madrid algo sonámbulo que procuraba cubrir las carencias con el ropaje de arreones inconexos y convulsiones ofensivas. Pero el Bayern respondía a sacudidas, casi siempre de la mano de Robben. Precisamente fue el ex-madridista el que tuvo la última de la primera parte. Botó una falta directa al borde del área que esta vez Casillas atinó a despejar.

Después de la frontera de los 45 minutos, el Bayer observaba los espacios a los que nadie atendía y su superioridad en medio campo le proveía con situaciones de encanto. Supo ajustar líneas el Real Madrid y rebatir con los alaridos de la grada, pero no encontraba pretextos suficientes para hacer triangular el balón al corazón del área. Benzema guiaba la ofensiva y Arbeloa se ensañaba con el desamparado Ribery. No era suficiente, y como la prórroga amanecía en el horizonte de los 90 minutos, los entrenadores escondía sus cartas y aguardaban el devenir de la obra. Sólo Kaka, que adeuda con la institución blanca la gratitud por la paciencia en su rescate de sensaciones, salió antes del minuto 80. Elegantinho podría ser su apodo, porque pocos atesoran tanta calidad y la recrean con visón de juego. El brasileño no fue definitivo pero aportó oxígeno libre de humos. Pero el ocaso del tiempo reglamentario asoló sin consecuencias en el resultado.

La frontera entre lo que fue y lo que pudo ser se conoce como prórroga. Un diálogo sin contenido entre ambos conjuntos que medio entretuvo al graderío. No existió la alquimia de la gracia deportiva, y sólo un soliloquio de Marcelo, que inició en su área y concluyó en fuera de juego, desplegó pancartas de entusiasmo.

Llegaron los penaltis entre alabanzas de clamor al santo Iker Casillas. Los penaltis, que es la dimensión atemporal de contrastes, eyaculó sacudidas de deleite bávaro cuando Schweinsteiger condujo a los alemanes a su final. Antes del orgasmo, Casillas con dos estiradas, volteó los errores de Cristiano y Kaká. Alonso no falló en su empresa, pero Ramos ensayó un balón en el segundo anfiteatro. El resto es historia.

Tampoco en la segunda temporada de Mourinho, el Madrid luchará por la décima. Con la derrota del Barça ante el Chelsea, el curso del Real Madrid se hinchaba sobre la periferia de la realidad. Después de su tropiezo, el globo de la ilusión se desinfla. Es lo que conlleva atender a resultados y desechar las sobras de los contextos. Mourinho prometió resucitar al muerto con el virus de la victoria como hiciera en Portugal, Inglaterra e Italia. La pandemia muta despacio.

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Desdichado infortunio culé

Messi es el estandarte y el reflejo del Fútbol Club Barcelona. La imagen del argentino, abatido, reposando la pena sobre sus rodillas, es la imagen del Barcelona. Cuando Messi no está, el Barça no es tan Barça. Y ya van tres partidos sin el astro argentino.

No es demasiado llamativo que durante tres encuentros seguidos un delantero no celebre un gol, pero el dato es extraño cuando se refiere al máximo goleador de la historia del Fútbol Club Barcelona. La pulga atesora 61 dianas en lo que va de temporada (41 en la Liga, 14 en la Liga de Campeones, 2 en la Copa del Rey, 3 en la Supercopa de España y 1 en la Supercopa de Europa), y sólo en tres ocasiones en lo que va de curso se ha repetido la nombrada racha negativa. Sus números son marcianos y siempre van acompañados de actuaciones deslumbrantes día sí y día también.

El Barcelona recibió al Chelsea con el anhelo de una remontada previsible. Desarrolló el fútbol como conoce, con una alineación de intenciones, donde Cesc y Alexis marcaron la diferencia respecto al partido contra el Real Madrid. Los dos fichajes de este verano proporcionaron al Barça una variedad de profundidad y movimientos que se echó en falta en el encuentro liguero. Piqué, que también regresaba al once titular, tuvo que retirarse por un choque con Valdés que le restó capacidades.

Se hizo el Barça con el balón, le tomó el pulso a la eliminatoria y desplegó, como pudo, sus pretensiones futbolísticas. Encararon el encuentro con un gol cosechado con la perseverancia que extiende el juego de toque y con la expulsión del patoso Terry. El capitán blue asentó un rodillazo a Alexis y una coz a su propio equipo. La roja directa, además de dejar huérfana a la defensa londinense desde el minuto 34, le impide jugar la final.

Con el aire de cara comenzó el Barça a gustarse y a conmover a un estadio repleto. El tropiezo liguero estaba olvidado y en el aroma de Champions evocaba el placer de sentar cátedra. Cuando sólo se podía pedir un gol más para alejar los miedos de Europa, Iniesta largaba un puntapié a la eliminatoria tras una jugada de escaparate. El Barça se sentía futurible ganador y dominaba a un conjunto defensivo en inferioridad numérica. En esas, al filo del descanso enarboló un contraataque el Chelsea con una asistencia perfecta de Lampard que Ramires finalizó de vaselina, una de esas a las que Messi acostumbra y que se empeñó en mostrar sencillas. El 2-1 no entraba en los planes.

Tras el parón regresó el Barça con la intención de despertar al enfermo y no sucumbir ante la fortaleza inglesa, pero se antojó la empresa demasiado compleja. No por calidad y fútbol, sino porque el azar no siempre acompaña. Un penalti de Drogba sobre Cesc posibilitaba a los culé adelantarse en el marcador, pero Messi, errático como nunca, estrelló las ambiciones de su equipo en el larguero. Desde ese momento el argentino quiso y no pudo. Bajó al medio campo con periodicidad y con la intención de desquitarse del fallo. Pero no atinaba en su intento por rescatar al Barça. Ya son ocho los encuentros en los que se ha enfrentado al Chelsea, y en ninguno ha marcado. Extraños ademanes del cosmos del fútbol.

El Chelsea se encontraba a gusto y se reconocía en su recogimiento. La segunda parte avanzó demasiado rápida para la grada blaugrana. Fue un visto y no visto desde el lanzamiento de penalti hasta la salida de Torres. Sólo un gol anulado a Alexis pareció parar el tiempo. Un segundo. Lo que tardó el juez de línea en levantar la bandera. El Chelsea, cuando cazaba un balón, lo lanzaba en ofensivas sin importar quien anduviera por allí. Torres, cumplidor en su carrera, bajó un pelotazo que nació en el corazón del área y cabalgó con la final entre los ojos. Dribló a Valdés y empujó el balón logrando su gol más importante de toda la temporada. El partido estaba acabado.

A pesar de que en dos partidos el conjunto blaugrana se ha despedido de los dos títulos más importantes a nivel de clubes, el tropiezo no es ningún descalabro. Es meritorio, heroico, el camino del Barcelona en Europa y en la liga. Acostumbrado a coleccionar títulos este Barça de Guardiola conoce una nueva faceta del deporte, la de compartir rivalidad con su eterno rival en una de las disputas deportivas más feroces que se podían prever.

El Barcelona busca el camino

Con la Liga BBVA descartada, la Liga de Campeones se alza como un estímulo nuevo y sustitutivo para las emociones del FC Barcelona. El equipo de Guardiola se alejó de sus aspiraciones en la competición doméstica con un tropiezo en su campo ante el eterno rival, que por primera vez en tres años le arrebata el título de la regularidad. El daño es doble por lo perdido y por contra quién se ha perdido. Son instantes de júbilo en la capital española y de decepción en Barcelona, pero la temporada oficial todavía no ha acabado, y buena parte de los argumentos para hacer balance en junio dependen de la Champions. Si uno de los dos conjuntos españoles, Barcelona y Madrid, levantasen la orejona en el Allianz Arena, para ojos de Europa sería el triunfador de la temporada. Es una premisa ventajista ésta que nos lleva a evaluar el curso académico en vez de disfrutar de una colosal lucha deportiva, pero la tradición es longeva y eludirla costaría lo suyo.

El Chelsea llega a Barcelona con la ventaja en el marcador (1-0) y la intención de repetir gesta. Enfrentarse al Barça se ha convertido en un motivo de tasación y para ganarle muchos justifican maniobras de avaricia protectora. Los blues conquistaron un botín suculento merced a un juego estéril aferrado a la esperanza de resguardarse de los envites rivales. La táctica estaba clara: juntar líneas defensivas y suministrar a Drogba de balones de todos los colores, sin atender demasiado a peripecias ofensivas. El triunfo se antojó capricho del destino, porque el Barça dominó de inicio a fin con alternativas y tiranía. Sin embargo, erraron los españoles en lo más importante de este deporte: el gol. Messi, en su afán por rescatar al equipo, pecó de individualista cuando dominaba el balón, y de solista cuando lo tenían sus compañeros. No combinó como acostumbra, y con el enfrentamiento de liga ante el Madrid, ya son dos partidos consecutivos sin marcar. Sin brillar.

Tras la derrota de liga, (dos partidos perdidos consecutivos) Guardiola ha sido objeto de críticas. Está el mister y su equipo en una situación que no conocen. De su encuentro ante el Chelsea , en el partido de vuelta de semifinales de Champions, depende que la temporada culé sea catalogada como buena o soberbia. Guardiola conoce la realidad, por lo que abandonará los ensayos de alquimista para centrarse en su alineación de gala. Regresará Piqué al centro de la defensa, Alexis a la frontera de cal y Cesc al protectorado del esférico. El Barça quiere la bola, la necesita, porque como mínimo debe marcar dos goles para superar la eliminatoria y el Chelsea no atenderá a una lucha de igual a igual. Agazapados en su hábitat, esperarán los londinenses sus opciones de contestar con zarpazos rápidos y definitivos, para en la siguiente jugada, regresar a las posiciones de inicio, junto al área. Parte de sus aspiraciones dependen de quién juegue arriba, si Drogba, un islote de pura roca, o Torres, que intentará combinar con mejor elocuencia.

El Barcelona, aclimatado al festejo de títulos, tiene la oportunidad de voltear la situación a la que ha llegado tras dos derrotas seguidas. El pase a la final supondría una nueva píldora para el optimismo blaugrana y se olvidaría el tropiezo liguero ante el Madrid de Mourinho. Una derrota por su parte, reavivaría los cantos del temido fin de ciclo. Pantomimas de tarareos, porque el Barça puede alcanzar su segunda final de Champions consecutiva, cuarta en siete años. Gesta de por sí memorable, máxime cuando un juego audaz e intrépido ha señalada el camino.  No puede (no debe) de un partido depender el balance de toda una temporada.

 

Sudores fríos

El peso de la Historia puede sepultar a los más grandes, a pesar de los profetas que niegan el privilegio que el tiempo ejerce sobre el presente. “La historia no me invita a hacer nada especial. Los números históricos no tienen ningún significado. La historia no juega”. Así de contundente se mostró José Mourinho en la víspera del encuentro frente al Bayern de Munich. El portugués, que ha demostrado que la crónica del presente se puede escribir de forma autobiográfica, no sucumbe ante los ademanes pretéritos. Sin embargo, las palabras se las lleva el viento.

Mourinho, experto en el arte de eliminatorias a doble partido, conoce los entresijos de manejar un crédito extra. Durante su andadura por la competición europea (con el Oporto, Chelsea, Inter y Madrid) ha exhibido una singular habilidad dominando los tiempos de los 180 minutos. En alguna ocasión la suerte vestía su elástica, y en otras, a pesar de discursos maquiavélicos, los árbitros apoyaron su empresa. Sea como fuere, Mourinho sobresale en Europa.

El encuentro de ida de semifinales de Liga de Campeones estuvo marcado por el raciocinio. Las dos escuadras se emplearon en defender los intereses tácticos en detrimento del espectáculo. Tenían un guión muy parecido: presionar en la medular e intentar galopar contraataques enérgicos. A pesar de la superioridad, no excesiva, del conjunto español, el Real Madrid no encontró la manera de hacer sucumbir a un Bayern demasiado interesado. Los alemanes, alejados ya del título de liga esperaban en la Champions el elixir mágico que reanimara los espíritus de una grada que pretende visitar su propio estadio el día de la final. Es éste un punto clave en las motivaciones de los teutones. Lograron el objetivo merced a un Madrid especulativo y rácano con el empate a uno. Olvidó Mourinho su plática sobre la Historia, y prefirió, como tantas y tantas veces, hacer morir el encuentro de aburrimiento. Le salió mala la jugada, porque Gómez, un cazador de estilo incierto, perseveró en su compromiso con el gol. El 2-1, augurio de las estadísticas cerraba un encuentro emocionante pero demasiado operativo.

Sin embargo, el resultado no descontenta a ninguno de los dos equipos. El Bayern sale reforzado y el Madrid se mantiene vivo con la ventaja de campo en su haber. De nuevo el Bernabéu retomará sensaciones de Champions, de esas que tantos olés desgarraron. Fuera de casa, el conjunto alemán puede ser todavía más peligroso, agazapado en su área, buscando una cuchillada en las alas del pasto o una zancada de Mario. El Madrid debe buscarle la cara al partido, y despejar los fantasmas de la temporada pasada. No ceder ante  la tentación de la precipitación y buscar alternativas a las galopadas en largo. Sentirse dueño y señor del encuentro.

Cada una de las opciones previstas para el partido de vuelta pueden ir y venir dependiendo del encuentro liguero de esta jornada. El Madrid, a cuatro puntos de distancia del Barcelona, visita el Camp Nou con la intención de dar un manotazo sobre la tabla. El resultado final y las sensaciones condicionará los partidos de Champions de ambos conjuntos. Más el del Madrid, que suele ceder ante las mutaciones.

El Barça, por su parte sabe a lo que juega. Lo demostró en su encuentro contra el Chelsea. De nuevo un duelo histórico, aunque esta vez atiende más a antojos contemporáneos, de esos que marcan el dinero negro. En su pretensión por hacer del fútbol algo más que espectáculo, e intentando alzar el balompié al oficio del arte, salió el Barcelona como sólo sabe hacerlo: a dominar la pelota. Síntoma inequívoco fue la presencia de Cesc en el centro del campo, en vez de Keyta, y la formación de la zaga. En vez de buscar la contención de la banda derecha del Chelsea con un seguro como es Puyol, Guardiola entendió que la forma de desactivar al español era alejándolo del área. Recompuso la línea defensiva e introdujo a un Adriano espléndido en tareas defensivas y ofensivas.

El conjunto blue, que parece no percibir otro camino que el de los trompicones, se entretuvo en defender su portería con una dupla de centrales sobresaliente y abastecer a Drogba de todo tipo de balones. El delantero no tuvo el día. Pero solícito y diligente encontró la recompensa a su soliloquio en la delantera. Bregó hasta lograr un gol que sabe a gloria. Máxime cuando el Barça dominó el encuentro a su antojo, pero erró en el colofón del gol. Como en el partido de Bayern y Real Madrid, el resultado no es demasiado malo. El Camp Nou se ha acostumbrado a decidir eliminatorias y las alternativas de los ingleses no parecen alterar el sueño del entendido. No obstante, el domingo podrían despertarse empapados en sudores fríos.

Cuestión de estado (de ánimo)

Si como dijo Valdano el fútbol es un estado de ánimo, la liga española contiene todas sus posibles variantes. Durante toda la semana la elasticidad del espíritu de los sentimientos se ha moldeado en función de las idas y venidas de los dos grandes clubes de España. Después del partido del Barça ante el Getafe, con la diferencia entre Real Madrid y Barcelona reducida a un punto, los culés se creían futuribles ganadores de la competición. Un día más tarde, tras la victoria del Madrid en el derby del Calderón y la distancia reestablecida en los cuatro puntos reales, los madridistas respiraban tranquilos. Ahora, pensaban los merengues, todavía era posible un “tropiezo” en el feudo blaugrana. (No dudo que muchos aficionados del Madrid creen en la posibilidad de victoria en el Nou Camp, pero la serenidad obliga a la cautela. Y una cautela de cuatro puntos es bastante tranquilizadora.)

En esas llegaba el Sporting de Clemente al Bernabéu con la idea de repetir la gesta de la temporada anterior, en la que, con Preciado en el banquillo, los sportinguistas rompieron la racha de imbatibilidad de Mourinho como local. Comenzó el partido de forma idílica para los asturianos, con un penalti dudoso de Ramos que  De Las Cuevas convirtió alzando el optimismo de la Ciudad Condal. Los blancos no reaccionaban en su juego y las imprecisiones defensivas ofrecían síntomas de nerviosismo. Canguelo lo llaman algunos.

Nervioso como en Málaga, Mourinho se inventó una pseudo-polémica inverosímil en el área técnica rival en su intento por la resurrección del alma del estadio. Logrado el apoyo del “entendido”, resurgió el espíritu de la gallardía. Higuaín empató el encuentro y el partido se puso de cara. Ya en la segunda parte, a favor del viento, el Madrid izó la vela mayor y navegó con la vista en la orilla. Cristiano aumentó su cuenta particular y Benzema redondeó una victoria prevista. 107 goles llevan los madridistas…

El Barça comenzó su partido contra el Levante a siete puntos del Real Madrid. Quizá pesase demasiado la presión de alejarse de la lucha por la Liga porque no fluían las combinaciones de solera.  De nuevo, penalti de por medio,  el Levante agitaba los ánimos, y los culés, pesimistas de arraigo, sentían la decena de navajas que les separaba del título. Guardiola, que lee los partidos como pocos, comprendió la necesidad de ensanchar el terreno y encontrar los espacios que tantas y tantas veces se han aliado con los suyos. Delegó en Cuenca la responsabilidad de exprimir al máximo el ancho del pasto y desquebrajar la retaguardia local. El objetivo se logró con vehemencia y Messi, con dos tantos, dio la victoria a los suyos. Se igualó la lucha por el pichichi y se reestablecieron los estados de ánimos. Estados que ya en la próxima jornada estallarán por los aires.

El Athletic se congela

Escribo con las manos congeladas y el alma en vilo. En mi casa hace más frío que en la calle. El gélido pesar de la incertidumbre por el qué será. Estoy helado y sin embargo no decaigo. El Athletic deambulaba por Europa con zarpazos de felino fiero, sin sucumbir a los cebos de furtivos. Pero de vez en cuando, como hoy, se agazapa a la sombra del árbol. El frío de Moscú atacó al pasto y la gabardina no abrigó lo necesario. A cada bocanada de aire se dañaba los pulmones por el tiempo, y el juego se amparó en el celibato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con el esférico sangrando, bajo un manto de nieve sencilla, pesada, se ejercitó el Athletic intentando descubrir aquél que se pasea por la Copa. No lo logró por el invierno moscovita, que ya desgarró a grandes ejércitos como el de Napoleón o Hitler. Sobreponerse al tiempo no parecía complicado cuando Muniain adelantó a los rojiblancos (hoy vestidos con la vasca). Pero la segunda parte, como un alud, arrolló a los visitantes con goles de Glushakov y Caicedo. Todo se decidirá en San Mamés, templo de culto dispuesto para liturgias deportivas. En el horizonte está el Manchester United, equipo que genera apetito y placer en la parroquia bilbaina. Sería un encuentro digno de la temporada y dominio de este Athletic de Bielsa. Su idiosincrasia lo precisa. Oremos.

Desafiando el hielo

Quizá no venga a cuento, pero “España es un país sin pulso”. Ya lo vaticinó el 16 de agosto de 1898 el político conservador Francisco Silvela en un artículo  en el diario madrileño “El Tiempo”. En el texto, Silvela desparramaba ante el desfallecimiento, pasividad y falta de reacción vital de una España que perdía sus colonias, y ante los descalabros de Cavite y Santiago de Cuba. La oración, que atrapó la esencia de la historia se juzga, en un ámbito distinto, coetánea. En la excelsa madurez deportiva de nuestra patria un patinador español liza por colocar su nombre y su bandera junto a los laureles del deporte. Lo está logrando. Pero cuando España lo mira, el pulso del país todavía no se altera.

Cuando Javier Fernández tuvo que decidir entre el hockey o el patinaje sobre hielo no se lo pensó dos veces. Nadie le obligó a ello, pero en plena adolescencia, Javier era consciente de la incompatibilidad eterna de ambos deportes. Escogió libremente con las ideas asentadas en la sensibilidad y madurez de los artistas, y lo hizo porque Javier tenía un sueño, y ese sueño era patinar. Desde los cinco años, cuando se puso por primera vez las cuchillas bajo los pies, no ha dejado de hacerlo. Empezó por imitación, seducido por el aroma que hipnotizaba a su hermana Laura, y continuó por la certeza de que ese deporte gélido emitía un calor esperanzador. La esperanza se tornó evidencia el pasado 30 de octubre, cuando Javier se alzó con la medalla de plata, hasta ahora inédita en el patinaje español, en el Grand Prix de Canadá. Galardón que se suma, entre otros trofeos, a sus tres campeonatos de España.

Hijo de un militar, Javier nunca fue un niño corriente. Era “un chico especial con un carisma especial” recuerda Jordi Lafarga, seleccionador nacional de patinaje sobre hielo. Bailaba sobre la pista con la personalidad de los grandes, con la pureza del arte infinito. Fue él quien le apodó “la lagartija”, por “esa forma de moverse”, porque “no era un chico fácil de domar”. Su pasión era el patinaje y lo practicaba inconscientemente. Quizá por ello la prensa lo cataloga como uno de los patinadores más instintivos del panorama mundial.

Pero decir instintivo no es decir tosco. Javier fundamenta su talento poético en una técnica evolucionada y trabajada durante años, los últimos fuera de España. Una travesía sumisa al entrenamiento que le alejó de su familia y de los estudios a los 18 años. Cimentada primero, en la labor del propio Lafarga, Iván y Carolina Sáenz, y evolucionada después con la veteranía y experiencia de Morozov y Brian Orsen, Javier ha sabido alcanzar una sabiduría deportiva que le equipara con los grandes patinadores. Lleva años codeándose entre la élite en el top-10 de la disciplina. Pero no era suficiente. Javier precisaba de una obra genial que elevase su nombre hasta el altar de la gracia. Jordi Lafarga nunca dudó de sus posibilidades, y en 2009 vaticinó que Javier se colgaría una medalla “en un par de años”. Dicho y hecho.

El 30 de octubre, cuando Javier comenzó el ejercicio, parecía una estatua de hielo en medio de “la nevera”. “Mis piernas estaban temblando, estaba muy nervioso antes de saltar a la pista”, recuerda el joven madrileño. Pero las dudas se disiparon cuando la melodía de Verdi, el “Rigoletto”, comenzó a sonar. Javier elevó los brazos con una sensualidad suprema e inició la carrera bajo las notas de la música claustrofóbica. La danza se mostraba instintiva por sensible y pura. Pero nada era casual. El trabajo de tantos años comenzaba a dar sus frutos en una prueba de la Copa del Mundo en la que Javier esculpió su nombre en el hielo del patinaje libre.

165,62. Esa fue la puntuación final que emparedó al español entre los dos últimos campeones mundiales de la especialidad: Patrick Chan y Daisuke Takahashi. Nombres exóticos para un deporte extraño en la hoy patria del deporte. “La lagartija” abandonó su hábitat cálido y seco y encandiló a “la nevera” deslizándose en inspiración lírica. Ya lo dijo Jordi Lafarga: “este chico atrapa con sólo una mirada”.

La gesta, demostró el madrileño, no respondía a la casualidad ni a la alineación de los astros. Rusia, la patria del invierno eterno, fue testigo de la consagración de un joven con cara de Apolo. Dominando el hielo con la frescura de la juventud alcanzó su segunda medalla de plata. Proeza de magnitud que le daba acceso a otra final de Gran Prix, esta vez en Quebec. En Canadá completó su triunvirato de metales con la distinción del bronce. “Puedo hacerlo mejor y ganar si trabajo más duro” afirmó Javier después de la prueba. Estaba seguro de ello.

Quería demostrar que es capaz de ello, y recuperar entre otras coronas, la de Campeón de España. Aquella que perdió en 2010 ante Javier Raya. De esa manera llegó a Jaca, el pasado 18 de diciembre, para demostrar que el nombre de ‘Javier Fernández’ no sólo se escribe con tipografía internacional. El madrileño recupero el oro español y con la prueba se despidió de un año, 2011, que alzó sus patines al Olimpo deportivo.

Sin embargo, no hay agitación, todavía, en los espíritus ni movimiento en las gentes españolas cuando ven a Javier desafiando al hielo.

(Artículo para Quality Sport)

Cuestión de fe

La confianza es una sensación de ida y vuelta en el ser humano. Es posible evocarla, cederla e incluso falsearla. Contador la irradia. Lo hace, porque entre otras cosas, en la inauguración de su periplo jurídico se enfrentó en la mesa de la opinión pública con las cartas boca arriba. Sin titubeos ni pactos. Situación inédita en deportistas sancionados por dopaje. Sin embargo, la fe es irreverente en los acontecimientos de los circuitos judiciales. Creer o no creer, esa no es la cuestión.

El asunto gravita en el maldito clenbuterol, ese extraño elemento del que hace poco no sabíamos casi nada, y del que ahora parecemos expertos. Un componente descubierto en el cuerpo del ciclista que hizo sobrepasar los límites de la legalidad. El hecho, es que por pico-gramos o ínfima cantidad Contador dio positivo. La cruz está puesta. Quizá la sustancia externa no le hiciese alzarse sobre el Tourmalet con la potencia de un motor de dos cilindros, pero el positivo es innegable. Como también lo es el del contraanálisis. Nos queda al menos, el orgullo de no haberse podido demostrar el doping intencionado. Detalle que no es minucia en un deporte tan desgarrado por las drogas de laboratorio.

Una razón más para creer en Alberto Contador. Por ello todavía me duelen más esos dos años de sanción, exagerados y traicioneros cuando el individuo se enfrenta a cara descubierta contra los peligros de un proceso que arrincona los principios del derecho y la presunción de inocencia. Me duele su sanción, me duele su dolor al verse su credibilidad dañada por la pena. Y me duele porque su multa podría haberse visto disminuida ante una solicitud de su gabinete de abogados. Pero lucharon por la inocencia completa, sin contemplaciones ni favores. La cosa no ha salido bien por ahora. Pero la fe va y viene en asuntos terrenales y Contador todavía no ha dado sus últimas pedaladas.

Drive conduce la oscuridad

De Nicolas Widing Refn sólo conozco su última película, Drive, pero estoy seguro de que es un gran director (y todavía será mejor), porque una de las cosas más complicadas en el cine es contar de manera excelente una historia sencilla (en este caso, mil veces narrada). Y en Drive, Widing Refn lo ha conseguido. En gran parte, su éxito es el éxito de un guión fortísimo que Hossein Amini adaptó de la novela “Las alas de la paloma” ( Henry James) y la interpretación del calurosamente frío Ryan Gosling. Me aventuro a vaticinar que el nombre de Refn se revalorizará en 2012 y regalará grandes momentos.

Drive es una historia sencilla contada por enésima vez, aquella del atraco que no termina como se esperaba. La hemos visto en westerns, de la mano de Tarantino o Lumet. La hemos visto violenta, sagaz y visceral. En cine y televisión… Drive propone su propia versión del robo frustrado; lo hace a partir de un personaje fantasma, sin nombre, (Driver) que ve el mundo desde el asiento de piloto de un coche. Un joven reprimido y crudo que basa su fortaleza en un fuego interno tremendamente atractivo (nunca olvidaré esa chupa color mayonesa pasada con un escorpión dorado. Como dice @vigalondo, tampoco lo olvidarán los chavales, que mascarán palillos hasta sangrar) con una historia de amor fortísima.

Es el vínculo sentimental el que origina la evolución de Driver hacia la prosperidad afectiva, y más adelante hacia su propio final. La dupla Amini – Widing Refn gestan un poema oscuro, visualmente vecino a la vanguardia, para generar la tensión más bella que se ha visto desde hace tiempo. Pero la gran virtud de esta película proviene de su propia amenaza: en su personal interpretación del subgénero delictivo Drive sugiere las secuelas del robo y sus consecuencias en los diferentes personajes. “El atraco no sólo afecta a Driver”, explica el guionista Amini, “tiene repercusiones en todos”. Añade: “había que trasladar esa visión para convertir la película en una experiencia absolutamente original”. Chapó!

Poster

The artist homenajea al Cine

The artist (El artista) es una película, gracias a dios, especialmente anacrónica. En tiempos de tridimensionalismo especulativo un maduro director francés se adentró en la escala de grises del cine mudo para colorear la actualidad. Michel Hazanavicius pensó hace unos siete años que el arte cinematográfico merecía una ofrenda visual y se lanzó en busca de una película que recordase a los grandes del Cine. Tuvo que convencer al productor Thomas Langmann para no saltar al vacío, pero lo logró, porque, como asegura Hazanavicius, vio “en sus ojos que creía” en el proyecto. Escribió, en unos cuatro meses, un guión melodramático que venerase el Cine (con mayúsculas) y comenzó a rodar.

Tal es la ofrenda, que la película podría merecer el galardón de pertenecer a ese trío demoledor que, junto a Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia) y Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses), perfila el podio del género del “auto homenaje”. Condición fílmica de películas que desmenuzan los miedos, fobias y oportunidades que surgen del proceso evolutivo del séptimo arte, y que describen la decadencia de una época y unas figuras postradas al ostracismo por no adaptarse a los nuevos tiempos.

Esa es también la historia de George Valentin ( Jean Dujardin), un actor de cine mudo que goza del éxito cinematográfico y público hasta que la aparición del sonoro lo excluye de la industria de Hollywood(land). Su declive deja paso a nuevas estrellas, como Peppy Miller (Bérénice Bejo), que sabe aprovechar la oportunidad que le brinda la tecnología y encontrar su rincón en el negocio. La narración de The artist combina de manera insultantemente sincera el drama y la comedia de una película genial con una banda sonora acorde a las circunstancias. Placentera y divertida desde el memorable comienzo (¡cuántas veces hemos visto el Cine dentro del cine! y con qué frescura se nos muestra) hasta los instantes más trágicos y oscuros. Hazanivicius mezcla con maestría la chispa de la alegría y la lúgubre tragedia (ese “Pump!” desternillante donde la dama salva al galán y el perro se hace el muerto), y homenajea a los grandes creadores: The artist tiene el aroma de Chaplin, la fragancia de Murnau y destellos de Lang (entre otros).

Cuando Hanacivicius escribió una pequeña reflexión sobre su película explicó que rodaron la cinta en 35 días. “Terminamos agotados”, apuntó, “pero estabamos allí, en Hollywood, unos cuantos franceses entre todos aquellos americanos”. Además, y no menos importante, hizo la película que quería, una obra que, como los directores que veneraba, “afrontaba la responsabilidad de contar una historia de forma especial, porque en este género todo está en la imagen”. La imagen valió la pena, y algún día será ella, por su audacia y nobleza, la que sea homenajeada.

Pd.: Mención especial merece el maravilloso perro que acompaña a Dujardin. Un día después de que Chita dejase vacante el hueco de “mascota del Cine” este especial actor presenta su clara candidatura.