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Sibilina semejanza

La final de la Europa League es un acicate emocional suntuoso para Athletic de Bilbao y Atlético de Madird. Después de una temporada pareja en proezas los equipos de paralelas rojiblancas encuentran en el pulso europeo el colofón que encumbre el baremo de un curso oficial que han alcanzado con argumentos de encontradas idiosincrasias. Los vascos, sugestionados por la filosofía Bielsa proponen un fútbol alegre y vertical, educando el balón en literatura mágica para concebir una historia magnífica y extravagante. En sus carencias defensivas y en los términos traseros hallan sus rivales la fisura por donde hincar el diente. El Atlético de Madrid, más indefinido en doctrinas, asemeja su juego a la irreverencia del realismo sucio. Arrebatos a punta de encontronazos con el teclado. Su mejor versión es robusta e impetuosa, voraz en el área rival y radical en la propia. Precisamente es en el antagonismo de las ideologías donde reside la nobleza de un encuentro equilibrado por disparidad.

Marcelo Bielsa y Diego Simeone justifican la validez e importancia de los equipos españoles en Champions. Sus rúbricas son irrebatibles por el progreso en una competición donde no encuentran reparos. Se conocen y estiman. Pero la camaradería se margina en coyunturas de significado, donde, según se apure el silbato, el resultado puede sentirse como una exhalación de aire limpio o de hollín tóxico. Lo dejó claro el Cholo en rueda de prensa: “No vengo a recordar momentos, vengo a jugar una final, a ganar una final. Declaré mi admiración por Marcelo y él sabe lo que pienso de él”. Suficiente como guiño.

Los mentores y doctores del deporte no arriesgan a dar favorito. Puede resultar embarazoso entretenerse en adivinanzas cuando al esparcir conjeturas no se atina ni una. El fútbol es tan esotérico y una final tan sibilina que el tiempo alcanza el paradigma de dimensión paralela donde las posibilidades se multiplican por mil. De nada sirve recrear apuestas deportivas: ni la condición de local marca el ritmo, ni los antecedentes, ni el tiempo, ni la historia… La empresa obedece al empeño durante el juego, la tenacidad y el anhelo por levantar un título más sólido en prestigio que en renta. Desconfío de quinielas que emparejan posiciones. Sospecho de estadísticas y precedentes. El presente es ahora, y ahora ya es pasado. Debemos aspirar al goce y al deleite que proporcionan dos equipos españoles en una final europea. Mañana, ya lo vaticinó Bielsa, será un recuerdo lejano: “lo que suceda es irreversible, hay que estar a la altura”.

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El Athletic se congela

Escribo con las manos congeladas y el alma en vilo. En mi casa hace más frío que en la calle. El gélido pesar de la incertidumbre por el qué será. Estoy helado y sin embargo no decaigo. El Athletic deambulaba por Europa con zarpazos de felino fiero, sin sucumbir a los cebos de furtivos. Pero de vez en cuando, como hoy, se agazapa a la sombra del árbol. El frío de Moscú atacó al pasto y la gabardina no abrigó lo necesario. A cada bocanada de aire se dañaba los pulmones por el tiempo, y el juego se amparó en el celibato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con el esférico sangrando, bajo un manto de nieve sencilla, pesada, se ejercitó el Athletic intentando descubrir aquél que se pasea por la Copa. No lo logró por el invierno moscovita, que ya desgarró a grandes ejércitos como el de Napoleón o Hitler. Sobreponerse al tiempo no parecía complicado cuando Muniain adelantó a los rojiblancos (hoy vestidos con la vasca). Pero la segunda parte, como un alud, arrolló a los visitantes con goles de Glushakov y Caicedo. Todo se decidirá en San Mamés, templo de culto dispuesto para liturgias deportivas. En el horizonte está el Manchester United, equipo que genera apetito y placer en la parroquia bilbaina. Sería un encuentro digno de la temporada y dominio de este Athletic de Bielsa. Su idiosincrasia lo precisa. Oremos.