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EL MUNDO DE PANDORA

En contra de mis primeras intenciones la falta de tiempo me ha impedido actualizar este blog tanto como desearía. El proyecto de fin de carrera de Periodismo es complicado y absorbe a los estudiantes hasta conseguir exprimir todos sus jugos. Y cuando queda algo de tiempo lo dedico a leer o centrarme en alguna serie. Sin embargo, ayer martes pude gozar de una tarde libre, cosa que no se repetía desde hacía mucho tiempo. Y como hacía mucho tiempo, por lo menos 3 semanas, que no iba al cine, decidí que era el momento.

Me encanta el cine. Es una forma de entretenimiento, para algunos, y un arte único para otros. E incluso hay quien lo considera una mezcla de ambas funciones. Sea como fuere, me encanta el cine. Disfruto del ritual del cinéfilo: comprar las entradas, las palomitas y la cocacola…, guardar la entrada para mi colección,entrar en la sala e inhalar ese aroma especial de un hábitat único. El perfume de la moqueta y las palomitas es inconfundible. Busco mi butaca y me siento. Hago lo imposible por no comer del cubo de palomas para reservarlas para la película, pero es complicado. Espero el momento en que se apagan las luces y el sonido retumba a mi alrededor. La película comienza y me convierto en un ser inmovil, alienado por las imágenes que se suceden en la gran pantalla.

Soy algo exigente con lo que veo. Hasta hace un par de años no me importaba entrar en la sala de Spiderman o Saw III. Pero como en todo, con la práctica y las inquietudes sobre una materia, se adquieren conocimientos que exigen una respuesta vinculada a ellos. Así, llegó un punto en mi vida en el que decidí dejar de ver ciertas películas (de vertiente comercial), porque la consecuencia solía ser un sentimiento parecido a la estafa. Sin embargo, hay films que hay que ver (o eso pensaba), a pesar de que la etiqueta de “para todos los públicos” estuviese bien a la vista.

Durante varios meses nos han estado bombardeando con una película nueva, de la cuál se decía, que cambiaría la forma de ver el Cine. Hablo de Avatar, de Cameron. Por si fuera poco, las academias de cine de todo el mundo se han rendido ante este film, nominándola y premiándola en varios festivales. Sin duda alguna, un autobombo excesivo que nace desde la raíz misma de la propia industria. Una forma de demostrar el poderío del cine americano.

En internet también se ha avalado esta película tridimensional, y en páginas como filmaffinity o IMDB, sus puntuaciones superan el 7,5 y 8,5 respectivamente. Tras este exhibicionismo de potencial decidí que debía verla, al fin y al cabo, será por mucho tiempo la película más taquillera de la historia del cine. Pero el resultado no fue el esperado. Intuía que la promoción de los “expertos” cinéfilos era algo ilusorio. Pero por otro lado, también concedía más crédito a los internautas. Crédito ahora desmerecido.

La película me pareció pésima. Una historia de amor artificial con un argumento insostenible y giros de guión algo incomprensibles. Mientras la veía no podía sino recordar aquella película de disney llamada Pocahontas. El relato es similar. Sólo se altera el escenario, y esos “maravillosos efectos 3D”. Efectos deslucidos y algo anticuados. Me explico: Hace tiempo, no sé exáctamente cuanto, pero al menos 8 años, vi algo parecido en Eurodisney. Una experiencia inolvidable. Ignorantemente supuse que con los avances tecnológicos y la pomposidad de las críticas sobre el 3D de Avatar, los efectos se acercarían a una mayor verosimilitud. Al fin y al cabo, el boca a boca decía que lo mejor de la película eran los efectos. Será que mis conocidos no han visitado París; toda una pena.

Todavía, desde mi ignorancia (infinita sin duda), no comprendo cómo una película así puede estar alcanzando tal fama. En otro tiempo también se abusó de los avances, como con la incorporación del sonido. Espero que con los años suceda algo similar a lo que ocurrió entonces, y Avatar ocupe el lugar que merece: una película cuyo único mérito es iniciar una nueva etapa del cine, que se presupone gloriosa.

D. Nikolayevich

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