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Entre el sexo y la terapia

Bucear en la mente del ser humano se presume inquietante cuando los instintos básicos pelean por emerger a la superficie y sucumbir a la dicha de sentirlos satisfechos. La grandeza del hombre gravita en su aptitud para comprender esos impulsos como un arma de doble filo y descifrar que el idealizado “libre albedrío” engendra consecuencias sociales y personales de calibre de escopeta. Ceder o no ante ellos es un fallo personal. Pero atenderlos con la osadía del irreflexivo es, cuanto menos, temerario. Disparar al automatismo natural puede resultar un orgásmico sorbo de libertad provocado por la nobleza de sentirse independiente, pero la resaca del garrotazo puede destrozar a las mentes sensibles.

En la frontera mental y física que suponen las calles de Zurich y Viena se ambienta la dualidad de un procedimiento psicológico cimentado en la palabra. David Cronenberg describe una potente y extraña historia difuminada con la humareda de los cigarros de un Freud admirablemente humano (interpretado por el genial Viggo Mortensen) que se desgarra en una narración intelectual. Es comprensible que un método tan indeterminado y oscuro produzca la germinación de una historia psicológica con tintes sexuales. Cronenberg se sustenta en la ambigüedad de una teoría psicológica y aborda la narración con la familiaridad que ésta le sustenta. Y lo hace sondeando, la relación de amistad entre Sigmund Freud y el psiquiatra  Carl Jung, primero; y el idilio sexual del segundo con una de sus pacientes. La interpretación de Michael Fassberder, que ya hipnotizó en películas como Hunger, se reclama tan verídica que podríamos palpar las aristas de su personalidad. Inquieta, por su parte, la perturbadora encarnación de Keira Knightley, cuyos movimientos exorcizados todavía no he sido capaz de discernir si emanaban veracidad o sobreactuación. Al trio habríamos de añadir al decididamente libertino y divertido Otto Gross (Vincent Cassel), cuya presencia prende la mecha de la narración.

La indagación de la sexualidad sigue el curso de una amistad que desemboca en el oprobio de Jung, cuya actitud desluce la lógica freudiana. El pensamiento moderno obedece, en parte, al vínculo de estas personalidades que Cronenberg ha pretendido describir. Y en parte ha logrado, sobre todo gracias a una música espléndida. Sin embargo, todavía vacilo ante algunas elipsis y sobre todo ante la dudosa sospecha de que el director se perdió en la bruma del cigarro.

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Se mire por dónde se mire

Es la mirada del sujeto, y no la obra particular, la que determina el valor artístico de un objeto. Un retrete formalmente es invariable, pero si su ubicación natural difiere y en vez de encontrarlo en un cuarto de baño lo hacemos en un museo, la forma se eleva hacia las alturas. La utilidad se merma, pero su virtud se manifiesta más expresiva. ¿Qué es mejor, una buena copia que un mal original?

Abbas Kiarostami, el genial director iraní, se apropia de esta excusa filosófica para introducirnos en su última obra: “Copia certificada”. Una película con resonancias rossellinianas que ahonda en el cine-ensayo, y que por sí misma se configura como una obra original poderosa, aunque no exenta de rarezas.

A ratos impostada y recia, “Copia certificada” presenta sus virtudes a partir de diálogos inteligentes y divertidos y la deriva de unos personajes alternos en los roles. Roles, que de nuevo, parten de un nuevo mirar, aquel que se conduce a través de los ojos de la camarera que re-interpreta los papeles de Juliette Binoche y William Shimell.

Una pieza inteligente que precisa destreza y paciencia para descifrar su engranaje interno. Quizá no se consiga, la subjetividad prima en la cinta. Pero la enternecedora actuación de la sensual Binoche bien vale el propósito. Magistral.  Y en esto último no hay vuelta de hoja, se mire por dónde se mire.

Perdidos en la incertidumbre

El último capítulo de Lost no ha decepcionado. El universo volátil y frágil que parecía envolver a la sexta temporada comienza a hacerse corpóreo. Después de ver este cuarto capítulo los tres anteriores comienzan a tener sentido. Ya entendemos que Lock no es Lock, intuimos algo más sobre Jacob e incluso deducimos ciertas cosas de ese mundo paralelo que se desarrolla eludiendo el trágico accidente, pilar de esta fabulosa serie – que no excelente-.

Sin embargo, necesitamos algo más. Necesito. La quinta temporada dejó un sabor agridulce, y la sapidez continúa en la sexta. Una temporada que abría demasiadas puertas sin cerrar ninguna, que confundía más de lo que orientaba y que parecía tejer toda la trama de manera abrumadora. La sexta temporada comenzó igual. Incluso peor. El salvaje Lock se transformaba, al estilo Filemón, en la columna de humo. En la isla, increiblemente grande (pues todavía hay territorios desconocidos para los personajes), aparecía, valga la redundancia, otro grupo de los Otros. Llegué a pensar los guionistas no sabían que hacer, que estaban Perdidos en la incertidumbre. Pero tras ver El sustituto (6×4) mis dudas se disiparon, y decidí confiar en una progresión cuantitativa ascendente. Lo iremos viendo, y espero que disfrutando.

Dei Nikolayevich

Querido cine español…

Un buen resumen sobre la noche de ayer firmado por Borja Hermoso. Más sobre los Goya.

La resaca de los Goya

La gala de los Goya comienza a reconciliarse con el público. Después de mucho tiempo, y todavía sin los datos de audiencia en la mano, los analistas aseguran que el festival cinematográfico arrasó en la parrilla televisiva. Y es que son muchos los factores que han influido en ello: este ha sido un año de pocas películas pero de buena calidad, como la triunfadora de la noche, Celda 211. El drama carcelario arrasó llevándose 8 estatuillas, entre ellas, las de mejor película, mejor guión adaptado, mejor director y el premio a la interpretación de Luis Tosar.

Pero el éxito de la función también se debe, y más de lo que se cree, a la figura del nuevo director de la Academia de las Ciencias Cinematográficas, Alex de la Iglesia. El Director ha sabido traer de la mano la naturalidad y el buen quehacer de Buenafuente, para lograr así una gala amena y llena de sorpresas. Como la reconciliación de Pedro Almodovar con la Academia, que reapareció para entregar el galardón a mejor película.

Tras los ocho Goyas de Celda 211 se encuentra la superproducción de Amenabar, Ágora, que logró 7 bustos de segundo nivel. Otras películas premiadas son, El secreto de tus ojos, dos Goyas; Yo también, dos Goyas; Gordos, un Goya; Los  abrazos rotos, un Goya.

EL MUNDO DE PANDORA

En contra de mis primeras intenciones la falta de tiempo me ha impedido actualizar este blog tanto como desearía. El proyecto de fin de carrera de Periodismo es complicado y absorbe a los estudiantes hasta conseguir exprimir todos sus jugos. Y cuando queda algo de tiempo lo dedico a leer o centrarme en alguna serie. Sin embargo, ayer martes pude gozar de una tarde libre, cosa que no se repetía desde hacía mucho tiempo. Y como hacía mucho tiempo, por lo menos 3 semanas, que no iba al cine, decidí que era el momento.

Me encanta el cine. Es una forma de entretenimiento, para algunos, y un arte único para otros. E incluso hay quien lo considera una mezcla de ambas funciones. Sea como fuere, me encanta el cine. Disfruto del ritual del cinéfilo: comprar las entradas, las palomitas y la cocacola…, guardar la entrada para mi colección,entrar en la sala e inhalar ese aroma especial de un hábitat único. El perfume de la moqueta y las palomitas es inconfundible. Busco mi butaca y me siento. Hago lo imposible por no comer del cubo de palomas para reservarlas para la película, pero es complicado. Espero el momento en que se apagan las luces y el sonido retumba a mi alrededor. La película comienza y me convierto en un ser inmovil, alienado por las imágenes que se suceden en la gran pantalla.

Soy algo exigente con lo que veo. Hasta hace un par de años no me importaba entrar en la sala de Spiderman o Saw III. Pero como en todo, con la práctica y las inquietudes sobre una materia, se adquieren conocimientos que exigen una respuesta vinculada a ellos. Así, llegó un punto en mi vida en el que decidí dejar de ver ciertas películas (de vertiente comercial), porque la consecuencia solía ser un sentimiento parecido a la estafa. Sin embargo, hay films que hay que ver (o eso pensaba), a pesar de que la etiqueta de “para todos los públicos” estuviese bien a la vista.

Durante varios meses nos han estado bombardeando con una película nueva, de la cuál se decía, que cambiaría la forma de ver el Cine. Hablo de Avatar, de Cameron. Por si fuera poco, las academias de cine de todo el mundo se han rendido ante este film, nominándola y premiándola en varios festivales. Sin duda alguna, un autobombo excesivo que nace desde la raíz misma de la propia industria. Una forma de demostrar el poderío del cine americano.

En internet también se ha avalado esta película tridimensional, y en páginas como filmaffinity o IMDB, sus puntuaciones superan el 7,5 y 8,5 respectivamente. Tras este exhibicionismo de potencial decidí que debía verla, al fin y al cabo, será por mucho tiempo la película más taquillera de la historia del cine. Pero el resultado no fue el esperado. Intuía que la promoción de los “expertos” cinéfilos era algo ilusorio. Pero por otro lado, también concedía más crédito a los internautas. Crédito ahora desmerecido.

La película me pareció pésima. Una historia de amor artificial con un argumento insostenible y giros de guión algo incomprensibles. Mientras la veía no podía sino recordar aquella película de disney llamada Pocahontas. El relato es similar. Sólo se altera el escenario, y esos “maravillosos efectos 3D”. Efectos deslucidos y algo anticuados. Me explico: Hace tiempo, no sé exáctamente cuanto, pero al menos 8 años, vi algo parecido en Eurodisney. Una experiencia inolvidable. Ignorantemente supuse que con los avances tecnológicos y la pomposidad de las críticas sobre el 3D de Avatar, los efectos se acercarían a una mayor verosimilitud. Al fin y al cabo, el boca a boca decía que lo mejor de la película eran los efectos. Será que mis conocidos no han visitado París; toda una pena.

Todavía, desde mi ignorancia (infinita sin duda), no comprendo cómo una película así puede estar alcanzando tal fama. En otro tiempo también se abusó de los avances, como con la incorporación del sonido. Espero que con los años suceda algo similar a lo que ocurrió entonces, y Avatar ocupe el lugar que merece: una película cuyo único mérito es iniciar una nueva etapa del cine, que se presupone gloriosa.

D. Nikolayevich