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The artist homenajea al Cine

The artist (El artista) es una película, gracias a dios, especialmente anacrónica. En tiempos de tridimensionalismo especulativo un maduro director francés se adentró en la escala de grises del cine mudo para colorear la actualidad. Michel Hazanavicius pensó hace unos siete años que el arte cinematográfico merecía una ofrenda visual y se lanzó en busca de una película que recordase a los grandes del Cine. Tuvo que convencer al productor Thomas Langmann para no saltar al vacío, pero lo logró, porque, como asegura Hazanavicius, vio “en sus ojos que creía” en el proyecto. Escribió, en unos cuatro meses, un guión melodramático que venerase el Cine (con mayúsculas) y comenzó a rodar.

Tal es la ofrenda, que la película podría merecer el galardón de pertenecer a ese trío demoledor que, junto a Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia) y Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses), perfila el podio del género del “auto homenaje”. Condición fílmica de películas que desmenuzan los miedos, fobias y oportunidades que surgen del proceso evolutivo del séptimo arte, y que describen la decadencia de una época y unas figuras postradas al ostracismo por no adaptarse a los nuevos tiempos.

Esa es también la historia de George Valentin ( Jean Dujardin), un actor de cine mudo que goza del éxito cinematográfico y público hasta que la aparición del sonoro lo excluye de la industria de Hollywood(land). Su declive deja paso a nuevas estrellas, como Peppy Miller (Bérénice Bejo), que sabe aprovechar la oportunidad que le brinda la tecnología y encontrar su rincón en el negocio. La narración de The artist combina de manera insultantemente sincera el drama y la comedia de una película genial con una banda sonora acorde a las circunstancias. Placentera y divertida desde el memorable comienzo (¡cuántas veces hemos visto el Cine dentro del cine! y con qué frescura se nos muestra) hasta los instantes más trágicos y oscuros. Hazanivicius mezcla con maestría la chispa de la alegría y la lúgubre tragedia (ese “Pump!” desternillante donde la dama salva al galán y el perro se hace el muerto), y homenajea a los grandes creadores: The artist tiene el aroma de Chaplin, la fragancia de Murnau y destellos de Lang (entre otros).

Cuando Hanacivicius escribió una pequeña reflexión sobre su película explicó que rodaron la cinta en 35 días. “Terminamos agotados”, apuntó, “pero estabamos allí, en Hollywood, unos cuantos franceses entre todos aquellos americanos”. Además, y no menos importante, hizo la película que quería, una obra que, como los directores que veneraba, “afrontaba la responsabilidad de contar una historia de forma especial, porque en este género todo está en la imagen”. La imagen valió la pena, y algún día será ella, por su audacia y nobleza, la que sea homenajeada.

Pd.: Mención especial merece el maravilloso perro que acompaña a Dujardin. Un día después de que Chita dejase vacante el hueco de “mascota del Cine” este especial actor presenta su clara candidatura.

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EL MUNDO DE PANDORA

En contra de mis primeras intenciones la falta de tiempo me ha impedido actualizar este blog tanto como desearía. El proyecto de fin de carrera de Periodismo es complicado y absorbe a los estudiantes hasta conseguir exprimir todos sus jugos. Y cuando queda algo de tiempo lo dedico a leer o centrarme en alguna serie. Sin embargo, ayer martes pude gozar de una tarde libre, cosa que no se repetía desde hacía mucho tiempo. Y como hacía mucho tiempo, por lo menos 3 semanas, que no iba al cine, decidí que era el momento.

Me encanta el cine. Es una forma de entretenimiento, para algunos, y un arte único para otros. E incluso hay quien lo considera una mezcla de ambas funciones. Sea como fuere, me encanta el cine. Disfruto del ritual del cinéfilo: comprar las entradas, las palomitas y la cocacola…, guardar la entrada para mi colección,entrar en la sala e inhalar ese aroma especial de un hábitat único. El perfume de la moqueta y las palomitas es inconfundible. Busco mi butaca y me siento. Hago lo imposible por no comer del cubo de palomas para reservarlas para la película, pero es complicado. Espero el momento en que se apagan las luces y el sonido retumba a mi alrededor. La película comienza y me convierto en un ser inmovil, alienado por las imágenes que se suceden en la gran pantalla.

Soy algo exigente con lo que veo. Hasta hace un par de años no me importaba entrar en la sala de Spiderman o Saw III. Pero como en todo, con la práctica y las inquietudes sobre una materia, se adquieren conocimientos que exigen una respuesta vinculada a ellos. Así, llegó un punto en mi vida en el que decidí dejar de ver ciertas películas (de vertiente comercial), porque la consecuencia solía ser un sentimiento parecido a la estafa. Sin embargo, hay films que hay que ver (o eso pensaba), a pesar de que la etiqueta de “para todos los públicos” estuviese bien a la vista.

Durante varios meses nos han estado bombardeando con una película nueva, de la cuál se decía, que cambiaría la forma de ver el Cine. Hablo de Avatar, de Cameron. Por si fuera poco, las academias de cine de todo el mundo se han rendido ante este film, nominándola y premiándola en varios festivales. Sin duda alguna, un autobombo excesivo que nace desde la raíz misma de la propia industria. Una forma de demostrar el poderío del cine americano.

En internet también se ha avalado esta película tridimensional, y en páginas como filmaffinity o IMDB, sus puntuaciones superan el 7,5 y 8,5 respectivamente. Tras este exhibicionismo de potencial decidí que debía verla, al fin y al cabo, será por mucho tiempo la película más taquillera de la historia del cine. Pero el resultado no fue el esperado. Intuía que la promoción de los “expertos” cinéfilos era algo ilusorio. Pero por otro lado, también concedía más crédito a los internautas. Crédito ahora desmerecido.

La película me pareció pésima. Una historia de amor artificial con un argumento insostenible y giros de guión algo incomprensibles. Mientras la veía no podía sino recordar aquella película de disney llamada Pocahontas. El relato es similar. Sólo se altera el escenario, y esos “maravillosos efectos 3D”. Efectos deslucidos y algo anticuados. Me explico: Hace tiempo, no sé exáctamente cuanto, pero al menos 8 años, vi algo parecido en Eurodisney. Una experiencia inolvidable. Ignorantemente supuse que con los avances tecnológicos y la pomposidad de las críticas sobre el 3D de Avatar, los efectos se acercarían a una mayor verosimilitud. Al fin y al cabo, el boca a boca decía que lo mejor de la película eran los efectos. Será que mis conocidos no han visitado París; toda una pena.

Todavía, desde mi ignorancia (infinita sin duda), no comprendo cómo una película así puede estar alcanzando tal fama. En otro tiempo también se abusó de los avances, como con la incorporación del sonido. Espero que con los años suceda algo similar a lo que ocurrió entonces, y Avatar ocupe el lugar que merece: una película cuyo único mérito es iniciar una nueva etapa del cine, que se presupone gloriosa.

D. Nikolayevich