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Desafiando el hielo

Quizá no venga a cuento, pero “España es un país sin pulso”. Ya lo vaticinó el 16 de agosto de 1898 el político conservador Francisco Silvela en un artículo  en el diario madrileño “El Tiempo”. En el texto, Silvela desparramaba ante el desfallecimiento, pasividad y falta de reacción vital de una España que perdía sus colonias, y ante los descalabros de Cavite y Santiago de Cuba. La oración, que atrapó la esencia de la historia se juzga, en un ámbito distinto, coetánea. En la excelsa madurez deportiva de nuestra patria un patinador español liza por colocar su nombre y su bandera junto a los laureles del deporte. Lo está logrando. Pero cuando España lo mira, el pulso del país todavía no se altera.

Cuando Javier Fernández tuvo que decidir entre el hockey o el patinaje sobre hielo no se lo pensó dos veces. Nadie le obligó a ello, pero en plena adolescencia, Javier era consciente de la incompatibilidad eterna de ambos deportes. Escogió libremente con las ideas asentadas en la sensibilidad y madurez de los artistas, y lo hizo porque Javier tenía un sueño, y ese sueño era patinar. Desde los cinco años, cuando se puso por primera vez las cuchillas bajo los pies, no ha dejado de hacerlo. Empezó por imitación, seducido por el aroma que hipnotizaba a su hermana Laura, y continuó por la certeza de que ese deporte gélido emitía un calor esperanzador. La esperanza se tornó evidencia el pasado 30 de octubre, cuando Javier se alzó con la medalla de plata, hasta ahora inédita en el patinaje español, en el Grand Prix de Canadá. Galardón que se suma, entre otros trofeos, a sus tres campeonatos de España.

Hijo de un militar, Javier nunca fue un niño corriente. Era “un chico especial con un carisma especial” recuerda Jordi Lafarga, seleccionador nacional de patinaje sobre hielo. Bailaba sobre la pista con la personalidad de los grandes, con la pureza del arte infinito. Fue él quien le apodó “la lagartija”, por “esa forma de moverse”, porque “no era un chico fácil de domar”. Su pasión era el patinaje y lo practicaba inconscientemente. Quizá por ello la prensa lo cataloga como uno de los patinadores más instintivos del panorama mundial.

Pero decir instintivo no es decir tosco. Javier fundamenta su talento poético en una técnica evolucionada y trabajada durante años, los últimos fuera de España. Una travesía sumisa al entrenamiento que le alejó de su familia y de los estudios a los 18 años. Cimentada primero, en la labor del propio Lafarga, Iván y Carolina Sáenz, y evolucionada después con la veteranía y experiencia de Morozov y Brian Orsen, Javier ha sabido alcanzar una sabiduría deportiva que le equipara con los grandes patinadores. Lleva años codeándose entre la élite en el top-10 de la disciplina. Pero no era suficiente. Javier precisaba de una obra genial que elevase su nombre hasta el altar de la gracia. Jordi Lafarga nunca dudó de sus posibilidades, y en 2009 vaticinó que Javier se colgaría una medalla “en un par de años”. Dicho y hecho.

El 30 de octubre, cuando Javier comenzó el ejercicio, parecía una estatua de hielo en medio de “la nevera”. “Mis piernas estaban temblando, estaba muy nervioso antes de saltar a la pista”, recuerda el joven madrileño. Pero las dudas se disiparon cuando la melodía de Verdi, el “Rigoletto”, comenzó a sonar. Javier elevó los brazos con una sensualidad suprema e inició la carrera bajo las notas de la música claustrofóbica. La danza se mostraba instintiva por sensible y pura. Pero nada era casual. El trabajo de tantos años comenzaba a dar sus frutos en una prueba de la Copa del Mundo en la que Javier esculpió su nombre en el hielo del patinaje libre.

165,62. Esa fue la puntuación final que emparedó al español entre los dos últimos campeones mundiales de la especialidad: Patrick Chan y Daisuke Takahashi. Nombres exóticos para un deporte extraño en la hoy patria del deporte. “La lagartija” abandonó su hábitat cálido y seco y encandiló a “la nevera” deslizándose en inspiración lírica. Ya lo dijo Jordi Lafarga: “este chico atrapa con sólo una mirada”.

La gesta, demostró el madrileño, no respondía a la casualidad ni a la alineación de los astros. Rusia, la patria del invierno eterno, fue testigo de la consagración de un joven con cara de Apolo. Dominando el hielo con la frescura de la juventud alcanzó su segunda medalla de plata. Proeza de magnitud que le daba acceso a otra final de Gran Prix, esta vez en Quebec. En Canadá completó su triunvirato de metales con la distinción del bronce. “Puedo hacerlo mejor y ganar si trabajo más duro” afirmó Javier después de la prueba. Estaba seguro de ello.

Quería demostrar que es capaz de ello, y recuperar entre otras coronas, la de Campeón de España. Aquella que perdió en 2010 ante Javier Raya. De esa manera llegó a Jaca, el pasado 18 de diciembre, para demostrar que el nombre de ‘Javier Fernández’ no sólo se escribe con tipografía internacional. El madrileño recupero el oro español y con la prueba se despidió de un año, 2011, que alzó sus patines al Olimpo deportivo.

Sin embargo, no hay agitación, todavía, en los espíritus ni movimiento en las gentes españolas cuando ven a Javier desafiando al hielo.

(Artículo para Quality Sport)

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Goodbye Pellegrini

Me entero por Twitter de que esta tarde, a eso de las 18.30, Florentino ha convocado a la prensa. Suenan por las lejanías rumores sobre el cese de Pellegrini como entrenador del Madrid. Su puesto será ocupado, como medio mundo sabe, por el portugués Mourinho. No me lo esperaba, mira por donde. Pero resulta sorprendente que, después de que la prensa lleve varias semanas anunciando el trueque en el banquillo merengue, todavía no se haya anunciado nada. El señorío que difundía Florentino tras su investidura como presidente blanco, ha brillado por su ausencia. Un club de talla mundial que aspira a ser ejemplo en el mundo deportivo no puede, no debe, afrontar situaciones de modo tan infantil.

No es el momento de analizar si el cambio es arriesgado, necesario u obligado. Pero sí es la ocasión de preguntarse por el propósito que ha llevado al club de Concha Espina a eternizar la agonía de un entrenador que se sabía destituido antes de terminar la liga. Un caballero como Pellegrini, será mejor o peor entrenador, (adecuado o no para el Madrid), no merece el trato denigrante que se le ha concedido. Bien es cierto, supongo, que se marchará del club con un buen pellizco bajo el brazo. Pero al fin y al cabo, para eso están los contratos. Si me echan que me echen, pensará el chileno. Equipos no le faltarán.

Y es que Pellegrini ha echo las cosas bien, mejor de lo que otros hacen ver. Y todo a pesar de haberse encontrado con dos inconvenientes de tallaje XXL. Ambos ajenos a la plantilla: el primero es coyuntural, y es competir con el mejor equipo del mundo. Poco se puede hacer contra un conjunto tan bueno, tan equilibrado, casi perfecto. Sin embargo, la diferencia matemática, dice que el Barça es mejor que el madrid en 3 puntos. El segundo handicap, no por ello menos duro, pero sí más injusto, ha sido el discurso marciano de Marca, que parecía sustentado en alguna afrenta personal. Pero Marca ha conseguido, parece ser que así lo anunciará Florentino, lo que se propuso.

Esta tarde lo veremos. Quizá me haya precipitado al escribir esto, y el señor Perez anuncie la continuidad de Pellegrini y la absurda persecución contra el chileno quede en nada. Lo dudo.

Impresiones

Llevo toda la mañana pensando si escribir o no sobre el tema del día: el partido de Champions en el que el Real Madrid se juega su continuidad en Europa. Es el momento clave (uno entre tantos) de este equipo dibujado para alcanzar los máximos éxitos. Sin embargo, comienzo a pensar que hablar de fútbol es un recurso tan extendido en nuestro país que no voy a decir nada nuevo. Todo está dicho, ya sea por el periodista de turno o por el trabajador que comienza la mañana en el bar de José y conversa con sus amigos entre el olor del café recién hecho. He ojeadodo varios diarios deportivos y ninguno logra eludir los grandes tópicos, la propia jerga de este fenomenal ambiente. Todo el colectivo del fútbol maneja un lenguaje similar, unas metáforas sospechosamente idénticas y un modo de expresarse que no varía entre la mayoría. Parece que un demiurgo deportivo maneja los hilos del mundillo y no permite que nadie rebase los límites que ha impuesto: “el partido de esta noche es una gran final”, “es el momento oportuno para medir el potencial del conjunto blanco”, “los de Pellegrini están obligados a no fallar”, “se invocará al espíritu Juanito de las grandes noches europeas”… ¡Pamplinas!

Estoy harto de leer lo mismo una y otra vez, pero he de reconocer que yo he sido el primero en caer en este estructuralismo cuando de fútbol he hablado. Es fácil quejarse, sin duda lo más fácil, lo complicado es proponer soluciones. No obstante, la continuación de esta línea periodística tendrá algo que ver con su éxito. Dudo mucho que permaneciera inalterable si no tuviese un público potencial adaptado ya. Pero debemos ir más allá. Debemos eludir esas previas informativas cuyo contenido, de no ser por el nombre de los equipos, valdría para partidos distintos. ¿Y cómo lograrlo?

Es necesario huír de esos vulgarismo repetidos una y otra vez. Por ejemplo, partido del siglo SÓLO hay uno, y aún no ha llegado (llegará cuando España juegue la final del Mundial). Que no nos hagan creer que en una temporada pueden llegar a encontrarse cuatro de ellos. Y cuando lo hagan, no les creamos.

Que no nos digan que el Madrid tiene atado a medio centenar de jugadores. Que no nos inyecten, como si de una droga se tratase, la opinión de que Guti se merece ir a la selección. Que no sugieran la madriditis ni suelten el rumor de que Guardiola comienza a salirse de sus casillas. Que no divulguen una crisis por dos malos resultados. Que no nos digan lo que tenemos que pensar, porque por mucho que Cristiano le rompiese la nariz a Heitinga sin intención, una agresión es una agresión. Que no vistan a Casillas ni Palop como santos. Que no eleven a las alturas a medio-jugadores como Canales, que todavía no han demostrado nada. Que no nos vendan duros por cuatro pesetas. Y si lo hacen no les creamos.

El fútbol es un mundo maravilloso. Y también es una mafia: desde las categorías inferiores de juveniles que se rifan a chavales de 16 años (venga por favor, dejémosles jugar al fútbol), hasta los más altos niveles de la profesión, donde se pactan salarios descomunales por posar con los calzoncillos de Calvin Klein. Esta noche es noche de Champions, y a las 20.30 seré el primero que, cerveza en mano, tendrá los pelos de punta al oir sonar el himno de esta competición. Sin embargo a las 23.00 el resultado habrá quedado obsoleto en mi magín. Gane o pierda el Madrid, mañana tendré que levantarme a la misma hora y volver a encender el ordenador para escribir mis impresiones sobre el partido. Y nadie me deberá nada.

Dei Nikolayevich