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Schleck cae en Pau

La pequeña ciudad de Pau comienza a acostumbrarse a soportar asociaciones con el dopaje. Durante 64 veces el Tour ha hecho un alto en el camino en esta localidad francesa donde una analogía, procedente de la casualidad y no de un delito malévolo que originen sus vecinos, se repite como un déjà vu. El dopaje es una losa que no permite deportar la imagen deteriorada de uno de los deportes más duros y con mayores controles antidroga, y Pau, durante los últimos años, ha procurado la escenografía para una obra deplorable. En 2007, en un día de descanso, conocíamos el positivo de Vinokourov y la expulsión del equipo Astana de la carrera. En Pau, Rasmussen era expulsado; Cristian Moreni, detenido por testosterona; e Iban Mayo por EPO… En 2010, Alberto Contador devoraba un manjar contaminado que acabaría por consumir su imagen. Y ayer, el corredor luxemburgués Frank Schleck daba positivo por la “existencia de un resultado anormal (presencia de diurético Xipamida)” en uno de los botes donde miccionó el 14 de julio.

El informe de la UCI alteraba la quietud de un día de descanso precedente a la “gran obra”, y Schleck, que el año pasado se subió al cajón final del Tour de Francia, era expulsado por su propio equipo de la carrera. Los diuréticos, que atesoran un efecto enmascarador y contribuyen a eliminar ciertas sustancias, no acarrean suspensión automática porque son considerados sustancias específicas. La UCI, por tanto, no podía actuar de juez supremo y solicitó al RadioShack que “tomara las medidas necesarias” para mantener la serenidad y ofrecer al corredor tiempo para preparar su defensa. La estrategia de la Unión de Ciclistas le permite, en caso de que finalmente Schleck sea absuelto tras el análisis de la prueba B, salir indemne de sus diligencias. Frank sería reconocido inocente, pero su imagen, manchada, no estará en París el 21 de julio.

Schleck defiende su pureza y niega haberse dopado. Asegura que las muestras sólo se entienden por un posible “envenenamiento”. Sin embargo, reconocer el desconocimiento sobre la sustancia no juega a su favor, porque en caso de dar positivo en el contraanálisis, deberá explicar el origen. En caso de demostrar una procedencia legal del diurético se libraría del castigo. Alternativa complicada cuando únicamente se ampara en una intoxicación intencionada.

El dato “escalofriante” lo proporciona AS en su edición de hoy: “De hacerse efectiva la sanción a Franck Schleck, control adverso para la UCI, el último podio del Tour de Francia en el que ninguno de sus tres protagonistas dio positivo durante su carrera dataría de 1993”.

Cuestión de fe

La confianza es una sensación de ida y vuelta en el ser humano. Es posible evocarla, cederla e incluso falsearla. Contador la irradia. Lo hace, porque entre otras cosas, en la inauguración de su periplo jurídico se enfrentó en la mesa de la opinión pública con las cartas boca arriba. Sin titubeos ni pactos. Situación inédita en deportistas sancionados por dopaje. Sin embargo, la fe es irreverente en los acontecimientos de los circuitos judiciales. Creer o no creer, esa no es la cuestión.

El asunto gravita en el maldito clenbuterol, ese extraño elemento del que hace poco no sabíamos casi nada, y del que ahora parecemos expertos. Un componente descubierto en el cuerpo del ciclista que hizo sobrepasar los límites de la legalidad. El hecho, es que por pico-gramos o ínfima cantidad Contador dio positivo. La cruz está puesta. Quizá la sustancia externa no le hiciese alzarse sobre el Tourmalet con la potencia de un motor de dos cilindros, pero el positivo es innegable. Como también lo es el del contraanálisis. Nos queda al menos, el orgullo de no haberse podido demostrar el doping intencionado. Detalle que no es minucia en un deporte tan desgarrado por las drogas de laboratorio.

Una razón más para creer en Alberto Contador. Por ello todavía me duelen más esos dos años de sanción, exagerados y traicioneros cuando el individuo se enfrenta a cara descubierta contra los peligros de un proceso que arrincona los principios del derecho y la presunción de inocencia. Me duele su sanción, me duele su dolor al verse su credibilidad dañada por la pena. Y me duele porque su multa podría haberse visto disminuida ante una solicitud de su gabinete de abogados. Pero lucharon por la inocencia completa, sin contemplaciones ni favores. La cosa no ha salido bien por ahora. Pero la fe va y viene en asuntos terrenales y Contador todavía no ha dado sus últimas pedaladas.