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Lunes: el libro de la semana

Hay periodistas de todos las clases. Algunos son reporteros, dígase Kapúscinski. Otros, aunque del mismo corte, menos literarios, como Jon Lee Anderson. Algunos de izquierdas, otros de derechas. Muchos bebedores y casi todos adictos a la lectura. Cada periodista que se cuece en el horno de la Universidad tiene su homólogo favorito en el que inspirarse. Yo, (algo raro según mis amigos), tengo varios. Entre ellos, el más especial por la seducción de sus textos y por su turbulenta existencia, es Mariano José de Larra. Novedoso en el arte de la escritura y tormentoso en el amor. Su literatura le mantiene vivo porque a pesar del tiempo transcurrido, sus artículos son eternamente inalterables.

Superando el costumbrismo sencillo y frágil, Larra consigue descubrir el alma humana española, en unos textos de enasiymo formidable. A modo de estereotipos Mariano José descubre situaciones cotidianas que contienen fuertes connotaciones culturales. Desde el reconocidísmo “Vuelva usted mañana”, hasta el burlesco “Yo quiero ser cómico”, los textos de Larra contienen un matiz inquebrantable en todos ellos e inspirador: su crítica, en forma de caricatura, de la sociedad española. Una visión, algo afrancesada, pero en el fondo española, de proponer pluma en mano, los problemas y soluciones de una España a la deriva.

Por Fígaro, por su visión crítica sobre los comportamientos sociales, no sobre los individuos. Por sus amerretidas contra empresarios y actores que interpretan malas comedias traducidas. Por su castigo hacia la ignorancia y el mal gusto, hacia quienes escriben con descuido lo que publican. Por el Pobrecito Hablador.  Por eso y por mucho más animo a todo aquel que se asome ante este post a leer los “Artículos costumbristas” de Larra. Por el Periodismo (con mayúsculas) y por uno de los grandes periodistas en el que los jóvenes pueden fijarse. Por Larra y Josefina. Por su vida.

Dei Nikolayevich

Lunes: el libro de la semana

El tiempo vuela. Y lo hace a una velocidad increible. Y más cuando eres estudiante y estás inmerso en el proyecto de tu vida. Al menos, y por el momento, lo es. Por eso se agradecen los pequeños momentos, en ocasiones inapreciables, que llenan la vida y alivia su rutina. Así, leer es uno de esos instantes en que soy capaz de desconectar del mundo real para introducirme en uno paralelo. Y cuando el libro es bueno no quiero salir de él.

Estoy releyendo por tercera vez El idiota. Esa obra maestra de un ruso “cualquiera” que me marcó, desde que lo empecé la primera vez, hará cosa de un año. Tanto me gustó ese Príncipe Mishkin que incluso me he apropiado de su nombre de pila para firmar en el blog ( y en flickr y en tantas otras cosas). Un pseudónimo a modo de homenaje, que aún imperceptible por mi escasa trascendencia, sin duda merecido.

Es el personaje de los personajes. El prototipo de la perfección moral, el ejemplo de sensatez, el hombre como hombre incorruptible. ¡Quién pudiera lograrlo! Dostoyevski narra con auténtica maestría, y como lo hiciera aquella generación de escritores rusos, un drama de época que refleja la realidad social del momento. Aunque escribió este libro durante una ausencia prolongada de su Rusia natal, el escritor, el artista, consigue introduccir al lector en la sociedad de San Petersburgo y logra retratar el ambiente y el círculo social de la élite petersburguesca. A pesar de contar con capítulos algo confusos y prescindibles, el total de la obra compone uno de los libros esenciales de la Historia de la Literatura. Un ejemplar que si se empieza, seduce al lector de tal forma que leer se convierte en un verdadero placer. Y eso es Literatura. ¿Qué más se puede pedir? Quizá revelar al ser humano en toda su extensión. Pero en este caso, Fiodor también lo consigue. Dostoyevski es capaz de exteriorizar el alma humana y los impulsos contradictorios que atentan contra ella, y lo refleja de manera magestuosa en los diferentes personajes de esta novela. Hay mucho más que decir, pero no soy capaz de expresarlo. Lo mejor es captarlo en primera persona.

Un hurra por Dostoyevski; un hurra por El idiota.

Dei Nikolayevich

Lunes: el libro de la semana

Lleva trabajo construir un blog. A medida que pasan los días se van ocurriendo nuevos temas sobre los que escribir y algunas secciones para dar unidad al contenido. Así es como ha surgido “el libro de la semana“. No es un apartado ingenioso ni original, pero sí un buen método para conocer nuevas lecturas. Agradezco bastante que me recomienden libros, artículos, fotografías… Creo que debo hacer lo mismo. Algunos serán mejores que otros, muchos no serán apetecibles o resultarán tediosos, pero al fin y al cabo cada uno tiene un punto de vista sobre la literatura y es bueno conocer lo que otros piensan. No pretendo que esta sección se convierta en un monólogo de autor. Aspiro, quizá sea demasiado pretencioso, a crear un diálogo con los lectores, (por pocos que sean). Por eso animo al que se encuentre al otro lado de ventana a contribuir con sus aportaciones personales.

Así comienzo este apartado con un libro que acabo de terminar: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, de Raymond Carver.  En esta obra, recopilación de relatos, el autor estadounidense revela su máximo genio. Retratando a la perfección al personaje  medio norteamericano, el maestro del relato contemporáneo, desvela la cotidianeidad de sus personajes en historias aparentemente normales. Algunos de los capítulos resultan algo lentos e incluso abruptos y toscos, pero en todos ellos el lector acaba por relacionar la temática y aplicarla a pasajes de su vida.

Una obra llena de normalidad, donde Carver renovó el aspecto del relato breve aplicando elípsis que no restan fuerza. Las catástrofes más triviales, los temas más silenciosos, la sutileza de la vida diaria… Todo ello con un aspecto algo burlesco en algunos de sus relatos, y una visión tremenda y arrebatadora en otros.

Un libro para releer varias veces, bucear en las pequeñas historias de personajes insignificantes y tentadores. El reflejo de una parte de la sociedad norteamericana; al fin y al cabo, una forma de ver el mundo.

Dei Nikolayevich