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Aduriz enfrenta el porvenir

Aduriz siempre fue querido en San Mamés. Sin la calidad de otros ilustres rojiblancos el delantero de San Sebastián ejerce, en los últimos partidos, como hombre ofensivo de un equipo acostumbrado a la agenda que marcaba Llorente. Su costura en el tejido de las plantillas en las que convivió le reembolsaron un billete de vuelta al equipo de sus amores, y la afición, acostumbrada a corear nominativos vascuences, le prueba su cariño los días de guardar.

Sin embargo, su llegada al Athletic Club careció de la tradicional recepción del entrenador, que esperaba contar con el apoyo de la directiva para gestionar la política de fichajes. Con la perspectiva que concede el tiempo, su incorporación se intuye como una maniobra de los dirigentes ante la desbandada con la que amenazó Llorente, y a pesar de que la fuga no fructificó, el auxilio que aporta Aritz Aduriz en el juego combinativo contribuye a estabilizar la bañera de nerviosimo en la que el Athletic remojó los tobillos al inicio de liga.

Después de una temporada excelsa el Athletic de Bilbao retomaba la competición oficial con sensaciones contradictorias en Liga y Europa League. Las amenazas de vahídos que procuraron los asuntos de Javi Martínez y Llorente intimidaban con amargar la transición de un club que todavía lucha por adaptarse al magín de un entrenador con ideas propias. El monólogo de Bielsa ambiciona un fútbol osado y rozagante, que, a pesar de la interpretación del curso pasado, tarda en alcanzar el esqueleto de un club.

En esas estaba el Athletic, que arrancó la liga indispuesto por el trayecto veraniego. Las derrotas ante Betis y Atlético de Madrid largaban a los leones a la cola de la tabla, y las sensaciones de martirio, arrinconadas el curso pasado, se adivinaban como un transvase de la angustia que marca el mercado de fichajes. Pero con el fin del plazo traspasos, y asumida la tesitura deportiva, el Athletic evocó, ante el Valladolidad, impresiones pasadas y se alivió a sí mismo, asentado en la liturgia que concede la grada.

Aduriz, que durante gran parte del partido no asomó la cabeza en la dimensión ofensiva, apareció en la frontera del minuto 70 para aligerar el peso de los 9 goles en contra en los dos primeros partidos. La faena del delantero no se acercó a evocar la contundencia con la que Llorente dominaba defensas rivales, pero siempre en movimiento, supo mudar a los centrales y arrastrarlos continuamente cuando llovían balones colgados desde la izquierda.  Su ejercicio, competente y pragmático, no le bastó para proclamarse el mejor del partido, pero contribuyó a recordar que Llorente no es sempiterno, y sobre todo a afrontar el porvenir con esperanza.

Por derecho propio

Bilbao es un jardín de emociones que florecen en cada esquina. San Mamés, Basílica del fútbol nacional escenificó que la liturgia del deporte es una bomba de misticismo donde el éxtasis se exhala entre los cánticos de un himno que encoge a los gigantes y amedrenta a los forasteros. Si como escribió Juan Villoro, Escocia y México son las campeonas del mundo en aficiones, el Athletic Club de Bilbao es el paladín a nivel de clubes. El éxito de una raza que destroza los tópicos modernos y maneja a su antojo el florecer de nuevos guerreros. El Athletic es un sentimiento, un modelo, una emoción con fragancia de franela pero corazón felino. Un club que afirmaba su supervivencia en un tradicionalismo hermético que no permitía la evolución hacia un fútbol moderno. Hasta que llegó Bielsa, ese loco emborrachado de fútbol que viste de chándal porque el pasto es su casa, y el pijama le parecía excesivo. Excepcional entrenador con nombre de sabio que iluminó las sombras de un club en claroscuros. Con los rincones visibles, el Athletic de los Campeones del Mundo conocía todos sus secretos, y haciendo gala de un fútbol hermoso halló el premio en la final de la Copa del Rey y de la UEFA. Contra Barça y Atlético de Madrid respectivamente, intentarán los leones recuperar una usanza que desde 1983 no navega por la ría. Este Athletic lo merece.