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Desdichado infortunio culé

Messi es el estandarte y el reflejo del Fútbol Club Barcelona. La imagen del argentino, abatido, reposando la pena sobre sus rodillas, es la imagen del Barcelona. Cuando Messi no está, el Barça no es tan Barça. Y ya van tres partidos sin el astro argentino.

No es demasiado llamativo que durante tres encuentros seguidos un delantero no celebre un gol, pero el dato es extraño cuando se refiere al máximo goleador de la historia del Fútbol Club Barcelona. La pulga atesora 61 dianas en lo que va de temporada (41 en la Liga, 14 en la Liga de Campeones, 2 en la Copa del Rey, 3 en la Supercopa de España y 1 en la Supercopa de Europa), y sólo en tres ocasiones en lo que va de curso se ha repetido la nombrada racha negativa. Sus números son marcianos y siempre van acompañados de actuaciones deslumbrantes día sí y día también.

El Barcelona recibió al Chelsea con el anhelo de una remontada previsible. Desarrolló el fútbol como conoce, con una alineación de intenciones, donde Cesc y Alexis marcaron la diferencia respecto al partido contra el Real Madrid. Los dos fichajes de este verano proporcionaron al Barça una variedad de profundidad y movimientos que se echó en falta en el encuentro liguero. Piqué, que también regresaba al once titular, tuvo que retirarse por un choque con Valdés que le restó capacidades.

Se hizo el Barça con el balón, le tomó el pulso a la eliminatoria y desplegó, como pudo, sus pretensiones futbolísticas. Encararon el encuentro con un gol cosechado con la perseverancia que extiende el juego de toque y con la expulsión del patoso Terry. El capitán blue asentó un rodillazo a Alexis y una coz a su propio equipo. La roja directa, además de dejar huérfana a la defensa londinense desde el minuto 34, le impide jugar la final.

Con el aire de cara comenzó el Barça a gustarse y a conmover a un estadio repleto. El tropiezo liguero estaba olvidado y en el aroma de Champions evocaba el placer de sentar cátedra. Cuando sólo se podía pedir un gol más para alejar los miedos de Europa, Iniesta largaba un puntapié a la eliminatoria tras una jugada de escaparate. El Barça se sentía futurible ganador y dominaba a un conjunto defensivo en inferioridad numérica. En esas, al filo del descanso enarboló un contraataque el Chelsea con una asistencia perfecta de Lampard que Ramires finalizó de vaselina, una de esas a las que Messi acostumbra y que se empeñó en mostrar sencillas. El 2-1 no entraba en los planes.

Tras el parón regresó el Barça con la intención de despertar al enfermo y no sucumbir ante la fortaleza inglesa, pero se antojó la empresa demasiado compleja. No por calidad y fútbol, sino porque el azar no siempre acompaña. Un penalti de Drogba sobre Cesc posibilitaba a los culé adelantarse en el marcador, pero Messi, errático como nunca, estrelló las ambiciones de su equipo en el larguero. Desde ese momento el argentino quiso y no pudo. Bajó al medio campo con periodicidad y con la intención de desquitarse del fallo. Pero no atinaba en su intento por rescatar al Barça. Ya son ocho los encuentros en los que se ha enfrentado al Chelsea, y en ninguno ha marcado. Extraños ademanes del cosmos del fútbol.

El Chelsea se encontraba a gusto y se reconocía en su recogimiento. La segunda parte avanzó demasiado rápida para la grada blaugrana. Fue un visto y no visto desde el lanzamiento de penalti hasta la salida de Torres. Sólo un gol anulado a Alexis pareció parar el tiempo. Un segundo. Lo que tardó el juez de línea en levantar la bandera. El Chelsea, cuando cazaba un balón, lo lanzaba en ofensivas sin importar quien anduviera por allí. Torres, cumplidor en su carrera, bajó un pelotazo que nació en el corazón del área y cabalgó con la final entre los ojos. Dribló a Valdés y empujó el balón logrando su gol más importante de toda la temporada. El partido estaba acabado.

A pesar de que en dos partidos el conjunto blaugrana se ha despedido de los dos títulos más importantes a nivel de clubes, el tropiezo no es ningún descalabro. Es meritorio, heroico, el camino del Barcelona en Europa y en la liga. Acostumbrado a coleccionar títulos este Barça de Guardiola conoce una nueva faceta del deporte, la de compartir rivalidad con su eterno rival en una de las disputas deportivas más feroces que se podían prever.

CR9 es el futuro

Hace unos años le preguntaron a mi hermano qué quería ser de mayor. Contestó que jubilado. Y es que pensaba que esta ocupación era perfecta para no hacer nada, o al menos para hacer muy poco: dirigir las obras de la Plaza de España desde el vallado de prevención, confesarse 2 veces por semana, echar la partida de mus con un palillo medio roído por la acción higiénica… Pero a pesar de la beldad de esta actividad de naturaleza sutil, su inevitable vecindad con el fin de los días hace que sean pocos los que ansían presentarse a la oposición de jubilado. El mañana queda vacante y mi hermano todavía no sabe qué quiere ser.

En los tiempos que corren las niñas ya no quieren ser princesas, y los chavales ansían un porvenir en la Fórmula 1. Pero yo propongo algo mejor, una profesión muy bien remunerada y con una presencia mediática insuperable: el futuro está en imitar a CR9. Qué mejor manera de ganarse la vida que poniendo caritas, luciendo un pelo con sobredosis de fijador y brintalina, y una tez de bronce y soñolienta; entrenando por las mañanas y volviendo locas a las quinceañeras por las tardes. Eso es vida, si señor. Y por si los argumentos no llegasen a convencer al personal queda observar ese tronco musculoso, esos abdominales – más finos y estéticos que los del mismísimo Aznar -, esa forma de moverse elegante y feroz que al alzar los brazos recuerdan a ese quiróptero insectívoro de Gotham.

Otra opción es emular a Messi o Xavi. Pero eso está más jodido, te obliga a estar en los momentos clave y aparecer cuando el resto no hace nada. Además no son tan altos ni anchos como Cristiano.