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Domingo liguero

Había un tiempo en que las portadas de Marca eran buenas. Eso se ha perdido:

Impresiones

Llevo toda la mañana pensando si escribir o no sobre el tema del día: el partido de Champions en el que el Real Madrid se juega su continuidad en Europa. Es el momento clave (uno entre tantos) de este equipo dibujado para alcanzar los máximos éxitos. Sin embargo, comienzo a pensar que hablar de fútbol es un recurso tan extendido en nuestro país que no voy a decir nada nuevo. Todo está dicho, ya sea por el periodista de turno o por el trabajador que comienza la mañana en el bar de José y conversa con sus amigos entre el olor del café recién hecho. He ojeadodo varios diarios deportivos y ninguno logra eludir los grandes tópicos, la propia jerga de este fenomenal ambiente. Todo el colectivo del fútbol maneja un lenguaje similar, unas metáforas sospechosamente idénticas y un modo de expresarse que no varía entre la mayoría. Parece que un demiurgo deportivo maneja los hilos del mundillo y no permite que nadie rebase los límites que ha impuesto: “el partido de esta noche es una gran final”, “es el momento oportuno para medir el potencial del conjunto blanco”, “los de Pellegrini están obligados a no fallar”, “se invocará al espíritu Juanito de las grandes noches europeas”… ¡Pamplinas!

Estoy harto de leer lo mismo una y otra vez, pero he de reconocer que yo he sido el primero en caer en este estructuralismo cuando de fútbol he hablado. Es fácil quejarse, sin duda lo más fácil, lo complicado es proponer soluciones. No obstante, la continuación de esta línea periodística tendrá algo que ver con su éxito. Dudo mucho que permaneciera inalterable si no tuviese un público potencial adaptado ya. Pero debemos ir más allá. Debemos eludir esas previas informativas cuyo contenido, de no ser por el nombre de los equipos, valdría para partidos distintos. ¿Y cómo lograrlo?

Es necesario huír de esos vulgarismo repetidos una y otra vez. Por ejemplo, partido del siglo SÓLO hay uno, y aún no ha llegado (llegará cuando España juegue la final del Mundial). Que no nos hagan creer que en una temporada pueden llegar a encontrarse cuatro de ellos. Y cuando lo hagan, no les creamos.

Que no nos digan que el Madrid tiene atado a medio centenar de jugadores. Que no nos inyecten, como si de una droga se tratase, la opinión de que Guti se merece ir a la selección. Que no sugieran la madriditis ni suelten el rumor de que Guardiola comienza a salirse de sus casillas. Que no divulguen una crisis por dos malos resultados. Que no nos digan lo que tenemos que pensar, porque por mucho que Cristiano le rompiese la nariz a Heitinga sin intención, una agresión es una agresión. Que no vistan a Casillas ni Palop como santos. Que no eleven a las alturas a medio-jugadores como Canales, que todavía no han demostrado nada. Que no nos vendan duros por cuatro pesetas. Y si lo hacen no les creamos.

El fútbol es un mundo maravilloso. Y también es una mafia: desde las categorías inferiores de juveniles que se rifan a chavales de 16 años (venga por favor, dejémosles jugar al fútbol), hasta los más altos niveles de la profesión, donde se pactan salarios descomunales por posar con los calzoncillos de Calvin Klein. Esta noche es noche de Champions, y a las 20.30 seré el primero que, cerveza en mano, tendrá los pelos de punta al oir sonar el himno de esta competición. Sin embargo a las 23.00 el resultado habrá quedado obsoleto en mi magín. Gane o pierda el Madrid, mañana tendré que levantarme a la misma hora y volver a encender el ordenador para escribir mis impresiones sobre el partido. Y nadie me deberá nada.

Dei Nikolayevich

Enrique Meneses, un maestro

Sobran las palabras:

Una clase de periodismo, por Enrique Meneses