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Pitar o no pitar

Los españoles, escribió Hemingway en Por quién doblan las campanas, son o las mejores personas del mundo o las más detestables. Según se tercie. Quizá por ello cuando las cosas van de cara, capitaneamos halagos con retórica y nos subimos al carro del ventajismo. Cuando por el contrario hay oportunidad y espacio para azuzar, atizamos varazos a tientas sin importar quién los reciba y menos, dónde lo haga.

En el enésimo capítulo de la charlatanería hispánica, Esperanza Aguirre sale a la palestra criticando resolutivamente la posible pitada que exaltados de Athletic Club y Barcelona pueden procurar cuando el himno de España percuta en los  preliminares de la final de la Copa del Rey. Una melodía tan deslucida nunca fue tan defendida. No es incomprensible la postura de la presidenta madrileña; alguien debe decir ciertas cosas y pretender defender los principios que apodera. No obstante, apelar sin concesiones a la suspensión del partido si los chillos separatistas sobrepasan los decibelios del patriotismo es abandonar la senda de la cordura. Aguirre, por su condición de gobernante estadista debería conocer que su defensa (si es lo que pretende) ante los elementos españoles no hace sino incitar a una reprimenda todavía más sonora y contagiosa de la que podría haber surgido por procedimientos ordinarios.

La Copa, cierto es, se apellida “de Su Majestad el Rey”; pero vivimos en un Estado de Derecho donde cada uno puede expresar libremente su opinión en favor o en contra de distintos signos o símbolos. No hay razón ofensiva en mostrar el criterio sin atentar contra los intereses de un tercero. Pitar un himno, tararearlo con sorna, ponerle letra o no escucharlo no es razón ofensiva ni demandante. El deporte tiene un perímetro que no debiera limitar con el de la política. La diferencia entre quienes pitan y Aguirre es que la segunda ha sido escogida democráticamente y debiera servir por y para el pueblo,  y no obedecer a razones interesadas y aguijonear con un ejercicio deliberado y taimado. Su verbosidad despierta fantasmas y tambalea la sensatez que los agentes comisionados de nuestros intereses debieran poseer. Pero son tiempos de ruina ideológica donde todo cabe. Allá cada cuál con lo suyo.

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