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Viva los inconformistas

Hay un merecido fervor en torno a la Selección Española de fútbol que despide un hedor adulador en quien se obceca en no ver más allá de su nariz. Tres días después de haber alcanzado nuestra tercera Eurocopa todavía hay quién se retuerce en la pertinaz ceguera que producen los títulos. La victoria es síntoma de salud colectiva, engendra felicidad y genera autoestima. Pero el triunfo no lo es todo y la crítica es el vestigio del inconformismo.

Yo soy crítico. Soy inconformista. España ha ganado su tercer título internacional consecutivo (eludiendo la redundante Copa Confederaciones). Una gesta que de por sí es espléndida y que se eleva hasta el origen de la fosforescencia, allá por el cinturón de Orión, cuando se consigue con un molde combinativo que falsea su verdadera complejidad. Jugar sencillo es lo más difícil. Somos los seductores del éxito y del buen juego. Ganamos en posesión, en intensidad, en defensa, en humildad, juego y ambiciones. Regentamos el reino del balompié con hegemonía y sin titubeos. Y esto, parece que todo el mundo lo comprende.

Sin embargo, hay quienes consideran que la victoria es competencia considerable y olvidan lo que estuvo detrás. No propongo un ejercicio de revisión histórica, tan común en estos días, del tipo: “estuve toda una vida para ver ganar a la selección” o “ya no agradecemos los éxitos porque estamos acostumbrados”. Allá cada cual con sus incentivos, gratificaciones y exigencias. Cuando hablo del pasado, me refiero al tiempo más cercano, al que transcurría cuando se pateaba la bola en los pastos de Polonia y Ucrania. La selección, se llegó a decir, aburría. Jugaba sin referente y sobaba la bola como un adolescente recién estrenado en el mercado de la sexualidad. Los puristas se echaban las manos a la cabeza: !Cómo dudar de nuestra Roja!

Pues oiga, también es mi Roja y mi bandera, y de no ser por las cervezas que sostenían mi sopor durante el partido de Francia, me habría quedado dormido. Quizá dormido no, porque el barullo del bar puede con la necesidad; pero sí hubiese acabado deambulando por el cosmos adictivo de Angry Birds.

Roberto Gómez, columnista, periodista y tertuliano deportivo, se preguntaba esta mañana, en el coloquio de Radio Marca, ¿cómo puede aburrir una selección que ha ganado?, como si el éxito eliminase de un plumazo el rastro que deja en la tierra. Muy sencillo. Vivimos de comparaciones, y equiparando esta selección con la que alzó su primera Eurocopa en 2008, a pesar de que ganamos en la dictadura de la posesión y en la disminución de infartos, perdemos en verticalidad y vistosidad. España gana (algo que me tranquiliza y regocija), pero no divierte como debiera (algo que me preocupa).

Sin embargo mis temores no proceden de la carencia de seducción ofensiva (más que carencia, descenso del deleite respecto a otros momentos), ya la recuperaremos, sino de los aullidos mediáticos contra aquellos que no consideran el éxito comodidad suficiente para ignorar los instantes inapetentes. Hay un chillido general que se inclina como absoluto en contra de los acusicas. Alcemos la voz los inconformistas, denunciemos la resignación de aquellos que se adecuan al éxito como una pieza de puzzle y exijamos lo que esta selección puede ofrecernos: el triunfo y el buen juego.

Eliminatoria de ida o vuelta

Después de 60 celebraciones de gol y ningún empate a cero, la Eurocopa cabalga hacia las pasiones más irracionales, aquellas que florecen en los partidos, que desde cuartos, deambulan al borde de la navaja. Con los encuentros de eliminatoria se descubren los excesos y carencias de cada plantel. Especular en estas regiones puede resultar mezquino y nocivo a medio plazo, pero el asombro apalea a la cordura cuando se negocia con tacaño interés. Ya lo hizo Grecia en la Eurocopa de Portugal sorprendiendo a las casas de apuestas. Ese mismo año, el Oporto de Mourinho alzó la Liga de Campeones con la extrañeza con la que el Chelsea lo logró este curso. Que recen los dirigentes del cotarro para no ceder a la zozobra de los avaros.

España está libre de sospecha, a pesar de la petulancia (¿excesivo?) con la que se tramitó el choque ante Croacia. Concebir el empate como atributo para los cuartos hizo de La Roja rapiña para despojos del toque que nos encumbrara. Tramitar cada encuentro con algazara y superioridad es una tarea peliaguda que algunos se obstinan en negar. No hay plantilla moderna capaz de levantar un trofeo caminando con lozanía en cada uno de sus encuentros y que no sucumba, en un momento determinado, a la ayuda pagana del azar. España no es una excepción. Sin embargo, se levantan andamios de reproches en cada una de las decisiones de Del Bosque.  Hay quien considera un ultraje criticar las resoluciones del seleccionador que nos hizo campeones del mundo, como si la detracción y el juicio no ayudasen a avanzar hacia la racionalidad. El análisis crítico es sano y necesario siempre que se administre con honradez y se enfoque hacia el beneficio general. Los habrá, sin embargo, que lo tomen como desquites personales. Allá ellos.

Sea como fuere, España enfila los cuartos ante una selección imprevista. Francia, que decepcionó en el último mundial, crece con el entusiasmo que suscita, a ratos, el trapecio ofensivo. Los blues, se presupone, renunciarán a la pelota para defenderse con bandazos intermitentes. España propondrá el dominio que acostumbra, con o sin nueve. Precisamente fue Francia la última selección que eliminó a La Roja en un partido de eliminatoria de la fase final de una competición internacional. Por aquel entonces, Zidane adiestraba la cordura de su selección con la finura que le distinguía. A día de hoy, sin el astro, Francia se debate ante el resurgir de una generación con fútbol y capacidades. Sus problemas más recientes provienen del disgusto que sufrieron ante Suecia en el último partido de la fase de grupos. Con el combinado de Ibra ya eliminado, mostraron los franceses sus carencias defensivas y de motivación. Después de la derrota, por dos a cero, Francia se desquebrajó en el vestuario olvidando la trayectoria que les trajo a la Eurocopa. La fiebre agrieta. Se alcanzó tal temperatura que se especuló por momentos con el posible abandono de Ben Arfa. Dos días depués, con los ánimos sosegados, el berriche queda como anécdota.

Abre los cuartos de final la selección Portuguesa y República Checa, que comenzaron con dudas pero abordan el pulso pletóricas. El partido, idóneo para los galopes lusitanos, se presenta como una inmejorable peana para Cristiano Ronaldo y sus ambiciones en el Balón de Oro. Reincidir con un ejercicio de soberbia deportiva y esplendor goleador le aproximaría a un trofeo con acento argentino.

Alemania, que por estética y robustez se asemeja a una escultura renacentista, presentará credenciales ante Grecia. El partido, marcado por el carácter socio-político que invade Europa, contiene todos los argumentos para un espectáculo tenso y tirante. Los teutones, única selección que ha ganado sus tres partidos, son los favoritos. Grecia se aferrará al espíritu de la Eurocopa de Portugal para seguir administrando esperanzas en un pueblo mermado socialmente.

El último partido de cuartos aguarda un choque entre Inglaterra e Italia. Los pross, que ya han recuperado a Rooney no terminan de proponer una praxis eficiente. Todavía no han perdido, pero su fútbol dista mucho del de las grandes favoritas. Sólo sus aparejos temperamentales pueden sentirse como determinantes. Italia pretende ofrecer condiciones suficientes para pasar a semifinales. Alejada de su idiosincrásica pragmática de catenaccio, la azurra propone una versión más linda de sus cualidades. Sin hacer ruido se ha colado, como siempre, en unos cuartos de final que se antojan divertidos. Veamos a dónde nos llevan.

España no embellece

Inauguró España la estrella en un Europeo con paso trémulo y dubitativo. Cuando eres campeona del Mundo y clara favorita para cualquier envite que surja no es sencillo embellecerse a costa de los propósitos rivales. La discreción con la que La Roja consiguió su segunda Eurocopa es una percepción lejana y efervescente porque la notoriedad de los “jugones” se hacía corpórea tan rápidamente como lo hacía la culminación de necesidades históricas. España, ahora sí, es una de las grandes, y su celebridad acarrea una competencia palpable que abruma como la atracción gravitatoria. Cada selección con la que se cruza La Roja, se empeña en ejercer de antagonista y exhibir atribuciones que le auguren un futuro en las quinielas. Italia, necesitada de orgullo y piedad, no quería desperdiciar la ocasión de situar su fútbol a la altura de las favoritas y desquitarse de la incómoda verruga de los amaños de partidos. Lo consiguió renunciando a su avaro cattenazzio, descubriendo que alejando los intereses del sórdido ejercicio defensivo el fútbol se acicala con magnificencia y gracia. Maquillada, Italia es más bella. Tanto que embelesó a La Roja para firmar un empate a uno que no obsesiona a ninguna de las dos selecciones.

España no acudió al encuentro con el frac de las celebraciones aristócratas. Llegó a medio vestir, pesada y sin intuir una referencia goleadora. La pista de baile, seca y deslucida, no acompañó a la danza de una selección pendiente de encontrar el ritmo. Pese a todo, España conoce la melodía de memoria y tiene arrojo para cantar a capela. Iniesta tomó el mando del coro para guiar el canto hacia la aureola, pero esta vez Italia mantenía la garganta fresca para proponer un pulso vocal de altura. La primera parte perteneció, fraccionada, a la jefatura de la azzurra, que presionaba con entrega alejando la bola de Xavi. El barcelonista, desventurado cuando no proyecta el partido que imaginó, no atinaba a perfilar su obra. Su jurisdicción no se extendió como debiera y esta vez, sin que sirva de precedente, no hizo jugar a 22 jugadores. Pirlo vislumbró en esa carencia la coyuntura para seguir agrandando su nombre. Por cada partido como este, al Italiano le surge una nueva arruga en la frente, única evidencia del paso del tiempo por sus huesos.

El partido, bífido en su extensión, se sostuvo para España gracias a las intervenciones de Casillas, que despejó (término recurrente en estos días) las perspectivas italianas en la primera parte. En la segunda, Italia demostró que el talento no es monopolio hispano, y en varios lances apuraron la ventura para adelantarse en el marcador. Como la que persiguió Balotelli con insistencia en la presión para desperdiciar más tarde por falta de lucidez. Prandelli, que no comprendió sus atropellos neuronales, prefirió sustituir al talento por la resurrección del delantero italiano. En la primera que tuvo, no erró Di Natale para aprovechar un pase medido y vertical de su compañero Pirlo.

España recordó malos espectros y se apresuró en retomar el pulso al encuentro. De la mano de Iniesta, un héroe contemporáneo, coordinó el juego para combinar con decisión y verticalidad. En una de esas reuniones que los expertos aceptan en nombrar como “passing game” y que el resto reconoce como belleza, llegó el empate. Fue Fábregas el que empujó el balón a la red, en un movimiento de verdadero 9, con rapidez, anticipación y efectividad. Con el ánimo de cara España consideró su jerarquía y exigió el mando de la batalla. Sólo una ocasión de Di Natale atentó la seguridad roja. Con la incorporación de Navas, afilado y diligente, España encontró un filón para sorprender con alternativas y un ejercicio perfecto de lo que se anhela en un revulsivo. También Torres, que sustituyó al goleador y falso delantero, ejerció con pragmática y dinamismo en funciones de 9. Ofreció alternativas y procuró varias ocasiones que, por espanto o exigencia, erró una y otra vez. El encuentro, que terminó con España volcada sobre el área rival, concluyó con un empate aceptado como bueno por ambas selecciones. Italia descubrió esperanzas alejadas del cattenazzio y España recordó que la estrella no es un aval para el triunfo. El astro sólo decora.

España negocia la Historia

La Selección Española se ha ganado el derecho a gestionar sus ambiciones para el Europeo y administrar sus necesidades de éxito. Contenido y continente de lo alcanzado hasta el momento proporciona un salvavidas para despejar titubeos y suministrar optimismo. Tras el último partido preparatorio antes de la competición oficial, ante la China de Camacho, la Roja descubrió carencias y falta de engranaje en distintos aspectos colectivos. Parte de la problemática deriva de la extraña concentración nacional, que hasta última hora no ha recopilado a todos sus convocados, y de la indecisión en puestos determinantes, sobre todo en ataque. El puesto decisivo, hace meses prometido a Fernando Llorente, se debate ahora entre el sevillista Negredo y el reciente ganador de la Liga de Campeones Fernando Torres. La necesidad por definir el referente ofensivo se sustenta en la confianza hacia un número determinado. Los tres jugadores atesoran argumentos en su disputa por la confianza, pero de la decisión dependerá el devenir del juego colectivo. En su esencia, la empresa combinativa invadirá con su aroma los pastos de Ucrania, pero los matices del perfume dependen de la ofensiva. Torres incorpora necesidad de reivindicación, diagonales y movilidad. Negredo, fino en el tramo final de la temporada liguera, ofrece posibilidades de acople al borde del área, incorporación al remate y guarida para balones complicados. Por su parte, el delantero del Athletic colecciona más dianas en su haber y posibilidades aéreas. Pero su actuación en las finales de Liga Europa y Copa del Rey le restan protagonismo, a pesar de haber sido el delantero más en forma de esta selección.

La solución del enigma se resolverá ante Italia, a pesar de que la presencia del titular no garantiza su continuidad en el once. Hasta ahora todo son pruebas. Evidencia de ello es la ausencia de Iniesta en la primera parte ante China. El centrocampista culé es uno de los ases que sostienen este castillo de naipes. Con su incorporación en la segunda parte la selección renovó su vestuario recordando aires de grandeza y demostrando aspiraciones artísticas en lances ofensivos. El éxito pasa por invocar el espíritu de las dos últimas grandes citas, las que elevaron nuestro fútbol a la bóveda de la basílica deportiva. Pero alejados de la competición oficial España ha traslucido lagunas ante selecciones de primer orden, como Argentina o Inglaterra, donde las penurias goleadores saltaron a la visa.

Pero el déficit goleador no emergió en la clasificación para la Eurocopa. En los 8 partidos disputados (contados como victorias) España anotó 26 goles, repartidos entre 10 jugadores, y sólo recibió 6. El dominio del mecanismo y la consciencia de las aptitudes es un trayecto adyacente a la victoria. Que España se reconozca en la moqueta equivale a una perenne lucidez en la que sostener las garantías de triunfo. No es sencillo alcanzar la triple corona, pero si hay una selección capaz de una gesta de tal magnitud, por ambición, calidad, juego y talento, España es la elegida.

España no fue España

Rugió Wembley al final del encuentro con el bullicio y follón que conceden las gargantas tras ganar a la Campeona del Mundo. Rugió en revuelta y jolgorio por verse su autoestima azuzada por la victoria de un amistoso intrascendente. Pero victoria al fin y al cabo. Logró la azaña Inglaterra asentada en el manual capellista al amparo de la consistencia defensiva y el anhelo de una oportunidad que no desperdiciaron. España jugó a lo suyo, dominando la posesión y el toque, pero extrañando la brillantez característica que le dotasen  un hueco en la Historia del libelo balompédico. Jugó como abobada por el nécatar seductor de las amapolas, como si el colosal y enmudecido minuto de silencio hubiese aturdido la capacidad de conexión. Fue España pero sin serlo.

Al amparo de los éxitos La Roja se siente infalible y reconoce estos encuentros como choques de segunda fila. Los juega porque tiene que hacerlo, con su estilo propio e intentando, eso es seguro, agrandar esa nobleza cosechada a base de victorias y buenos quehaceres. Pero no lo hace con el convencimiento que demuestra en las grandes citas o en los choques oficiales. De nuevo, esta vez ante Inglaterra, el orgullo nacional sale herido en un partido amistoso. Aviso para navengantes.

Venía el encuentro marcado por la ausencia de Rooney y la suplencia, investigación policial de por medio, del capitán Terry. Pero sus bajas no se sintieron definitorias; Inglaterra siempre juega a lo mismo y lo demostró anoche. Por su parte Espana, enfundada en la nueva elástica, regresó al falso 9, amparado en el poker de bajitos. No sirvió de nada, porque el toque magestuoso no logró cimentarse en últimos pases eficaces. Por cuarta vez (Argentina, Portugal, Itala e Inglaterra) desde que alzase la Copa del Mundo la campeona salió derrotada por una de las “grandes”.

La primera parte pasó sin pena ni gloria. Villa no acertaba en los movimientos, Silva no deslumbró como acostumbra y la bola se movía con parsimonia. Triste reflejo de citas no oficiales. Inglaterra se replegaba con eficacia y presionando el centro del campo español intentaba galopar las contras con cierta visión. Walcott era una bala en la banda derecha, aprovechando las pocas internadas del valencianista Alba. El lateral derecho tampoco lució como acostumbra pero ganamos un central con galones de líder. Quizá lo mejor del encuentro fue reconocer en Ramos ese zaguero patronado en las echuras de la jerarquía. Como acostumbra en su equipo en las úlitmas fechas, el madridista demostró que su cabeza se asienta mejor en el centro de la última línea: salió al corte, potente de cabeza y sacando el balón.

La segunda parte comenzó con cambios de cromos. Sustituiones diplomáticas que dieron a Reina, Mata y Fábregas primero, y Torres, Puyol y Cazorla después, una oportunidad en el mítico Wembley. Quizá si Llorente jugase en la vieja isla hubiese entrado en los planes. Pero esa es otra historia. España continuaba fallona y algo abobada. Sólo el gol de Lampard, tras una falta lateral mal defendida abofeteó a los nuestros. Milner colgó el balón al punto de penalti y Bent, en una estampa de delantero poderoso se elevó sobre la maraña de jugadores para empalar el balón en el póster. Lampard, a placer ante la apatía española empujó el balón a la red. Un gol engañoso, porque ni Inglaterra ni Lampard lo merecían. Demasiado premio para un capitán agónico.

Se reactivó España tras el sopapo y tornó el encuentro en un asedio a base de pases interiores y consistencia. En más de una ocasión un pelo de elefante nos separó de un merecido empate que acabase con la moral numantina de los ingleses. Pero no llegó el ansiado gol. Cesc la tuvo un par de veces, Piqué no definió tras una jugada beckenbaiana, y Villa, que tuvo las mejores ocasiones, parecía negado. En la primera, tras un pase medido de Busquets con el que eludió dos líneas defensivas, no definió con soltura.  En la segunda el 7 empalmó de bolea y fuera del área un balón que repelió el poster (con regalito del defensa incluido). 3+1 se denomina en baloncesto. Pero ni esto es baloncesto ni Villa anotó el triple. Algo le pasa al máximo goleador de la Roja.

La derrota no despierta fantasmas, porque esta selección no entiende de eso. Pero recuerda que no somos invencibles. Esperemos que sólo afecte a estos partidos intrascendentes alejados de la competición oficial. Aviso para navegantes. Recibido.