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La inercia de un pasado mejor

Terminó una de las series del momento, al menos en cuanto a expectación, no en calidad. Sin embargo, el fenómeno Lost acaba de empezar. El último capítulo de la sexta temporada ha cerrado 5 años de inercia televisiva de forma decepcionante, con la versión post-moderna del cutre serranismo.

Parecía imposible, después de que los propios guinistas lo anunciasen, que los artífices de este laberíntico zigzag argumental cerrasen la serie de manera tan simple. Pero cuando hay tantas y tantas dudas que resolver, un final genérico e interpretativo es lo más cómodo. También lo más cruel. No me siento estafado, ni si quiera herido. Pero como cinéfilo y seguidor de series (¿seriero? ¿serial?) esperaba algo más, a pesar de que por la insulsa sexta temporada se podía prever una clausura tan torpe como esta. ¿Qué es la isla? ¿Qué buscaba Wildmore? ¿Sí tienen que reencontrarse todos, dónde están Walter? ¿Y su padre? ¿4, 8, 15, 16, 23, 42? ¿Jacob ya no tiene un alter-ego? ¿Dónde estoy?

Perdidos nunca ha sido una serie excelente. Pero tenía una cualidad que le hacía única. Iniciaba, con la fantástica trama a base de flash-backs, una nueva era a la hora de leer la televisión. Digo leer, porque Lost siempre se ha leído, y cada uno ha sacado sus propias conclusiones. Logró de paso, enganchar al espectador (ingrediente imprescindible para cualquier serie del mundo). Pero esa fidelidad fue convirtiéndose en rutina. La inercia de un pasado mejor.

El argumento era sencillo, pero logró que la audiencia acudiera cada semana a su cita con la isla. La segunda temporada mejoró considerablemente y el nivel de la serie, con altibajos, se mantuvo en su propia cima. Pero el peso de una audiencia fiel y la necesidad (absurda necesidad) de complicar el guión, hicieron de Lost una serie enmarañada y complicada. Por otro lado, la arbólea trama ha sido una de las virtudes de una serie, que amparada en sus incondicionales seguidores, ha logrado crear una forma paralela de ver la televisión: el universo interpretativo de la blogosfera. Perididos acaba de comenzar. En unas horas, volarán por la red varias teorías, a cual más disparatada (o acertada), acerca del final.

Yo tengo la mía: amparados en antecedentes similares, como Los Soprano (un final interpretativo, pero cuya calidad sobrepasa, rebosa, aventaja al de Perdidos), era el método menos pernicioso de dar el punto y final. Echar el cierre al saco de la isla y esconderlo donde nadie lo pueda encontrar. Con una clausura genérica evitan escoger sobre las incóginas que hay que resolver. Lavarse las manos y a otra cosa, mariposa.

La sencillez es buena. El simplismo no. Y Lost ha caido en lo segundo.

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El payaso de la semana

Tarugos los hay en todos lados. Comportamientos indecentes de personajes anormales, no hay otra forma de decirlo. Así se comportó John Cobra durante una gala para la elección del cantante español que irá a Eurovisión.

De todas formas no sé que comportamiento es más indecente, el de este personaje en busca de algo de atención ( ya la montó en Diario de Patricia y en otros videos que colgó en youtube), o el de  Anne Igartiburu, la presentadora sin potestad suficiente para dominar su propio programa. Su único recurso es tratar al pobre tarado como si fuese un niño, con “cariños” y roce de mejilla incluidos.

Dei Nikolayevich

Ciudad K

Ciudad K es un lugar en el que todos sus habitantes tienen unnivel cultural tan alto, que se crean situaciones surrealistas en cualquier momento. Su director es José Antonio Pérez.