Drive conduce la oscuridad
De Nicolas Widing Refn sólo conozco su última película, Drive, pero estoy seguro de que es un gran director (y todavía será mejor), porque una de las cosas más complicadas en el cine es contar de manera excelente una historia sencilla (en este caso, mil veces narrada). Y en Drive, Widing Refn lo ha conseguido. En gran parte, su éxito es el éxito de un guión fortísimo que Hossein Amini adaptó de la novela “Las alas de la paloma” ( Henry James) y la interpretación del calurosamente frío Ryan Gosling. Me aventuro a vaticinar que el nombre de Refn se revalorizará en 2012 y regalará grandes momentos.
Drive es una historia sencilla contada por enésima vez, aquella del atraco que no termina como se esperaba. La hemos visto en westerns, de la mano de Tarantino o Lumet. La hemos visto violenta, sagaz y visceral. En cine y televisión… Drive propone su propia versión del robo frustrado; lo hace a partir de un personaje fantasma, sin nombre, (Driver) que ve el mundo desde el asiento de piloto de un coche. Un joven reprimido y crudo que basa su fortaleza en un fuego interno tremendamente atractivo (nunca olvidaré esa chupa color mayonesa pasada con un escorpión dorado. Como dice @vigalondo, tampoco lo olvidarán los chavales, que mascarán palillos hasta sangrar) con una historia de amor fortísima.
Es el vínculo sentimental el que origina la evolución de Driver hacia la prosperidad afectiva, y más adelante hacia su propio final. La dupla Amini – Widing Refn gestan un poema oscuro, visualmente vecino a la vanguardia, para generar la tensión más bella que se ha visto desde hace tiempo. Pero la gran virtud de esta película proviene de su propia amenaza: en su personal interpretación del subgénero delictivo Drive sugiere las secuelas del robo y sus consecuencias en los diferentes personajes. “El atraco no sólo afecta a Driver”, explica el guionista Amini, “tiene repercusiones en todos”. Añade: “había que trasladar esa visión para convertir la película en una experiencia absolutamente original”. Chapó!
The artist homenajea al Cine
The artist (El artista) es una película, gracias a dios, especialmente anacrónica. En tiempos de tridimensionalismo especulativo un maduro director francés se adentró en la escala de grises del cine mudo para colorear la actualidad. Michel Hazanavicius pensó hace unos siete años que el arte cinematográfico merecía una ofrenda visual y se lanzó en busca de una película que recordase a los grandes del Cine. Tuvo que convencer al productor Thomas Langmann para no saltar al vacío, pero lo logró, porque, como asegura Hazanavicius, vio “en sus ojos que creía” en el proyecto. Escribió, en unos cuatro meses, un guión melodramático que venerase el Cine (con mayúsculas) y comenzó a rodar.
Tal es la ofrenda, que la película podría merecer el galardón de pertenecer a ese trío demoledor que, junto a Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia) y Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses), perfila el podio del género del “auto homenaje”. Condición fílmica de películas que desmenuzan los miedos, fobias y oportunidades que surgen del proceso evolutivo del séptimo arte, y que describen la decadencia de una época y unas figuras postradas al ostracismo por no adaptarse a los nuevos tiempos.
Esa es también la historia de George Valentin ( Jean Dujardin), un actor de cine mudo que goza del éxito cinematográfico y público hasta que la aparición del sonoro lo excluye de la industria de Hollywood(land). Su declive deja paso a nuevas estrellas, como Peppy Miller (Bérénice Bejo), que sabe aprovechar la oportunidad que le brinda la tecnología y encontrar su rincón en el negocio. La narración de The artist combina de manera insultantemente sincera el drama y la comedia de una película genial con una banda sonora acorde a las circunstancias. Placentera y divertida desde el memorable comienzo (¡cuántas veces hemos visto el Cine dentro del cine! y con qué frescura se nos muestra) hasta los instantes más trágicos y oscuros. Hazanivicius mezcla con maestría la chispa de la alegría y la lúgubre tragedia (ese “Pump!” desternillante donde la dama salva al galán y el perro se hace el muerto), y homenajea a los grandes creadores: The artist tiene el aroma de Chaplin, la fragancia de Murnau y destellos de Lang (entre otros).
Cuando Hanacivicius escribió una pequeña reflexión sobre su película explicó que rodaron la cinta en 35 días. “Terminamos agotados”, apuntó, “pero estabamos allí, en Hollywood, unos cuantos franceses entre todos aquellos americanos”. Además, y no menos importante, hizo la película que quería, una obra que, como los directores que veneraba, “afrontaba la responsabilidad de contar una historia de forma especial, porque en este género todo está en la imagen”. La imagen valió la pena, y algún día será ella, por su audacia y nobleza, la que sea homenajeada.
Pd.: Mención especial merece el maravilloso perro que acompaña a Dujardin. Un día después de que Chita dejase vacante el hueco de “mascota del Cine” este especial actor presenta su clara candidatura.
Entre el sexo y la terapia
Bucear en la mente del ser humano se presume inquietante cuando los instintos básicos pelean por emerger a la superficie y sucumbir a la dicha de sentirlos satisfechos. La grandeza del hombre gravita en su aptitud para comprender esos impulsos como un arma de doble filo y descifrar que el idealizado “libre albedrío” engendra consecuencias sociales y personales de calibre de escopeta. Ceder o no ante ellos es un fallo personal. Pero atenderlos con la osadía del irreflexivo es, cuanto menos, temerario. Disparar al automatismo natural puede resultar un orgásmico sorbo de libertad provocado por la nobleza de sentirse independiente, pero la resaca del garrotazo puede destrozar a las mentes sensibles.
En la frontera mental y física que suponen las calles de Zurich y Viena se ambienta la dualidad de un procedimiento psicológico cimentado en la palabra. David Cronenberg describe una potente y extraña historia difuminada con la humareda de los cigarros de un Freud admirablemente humano (interpretado por el genial Viggo Mortensen) que se desgarra en una narración intelectual. Es comprensible que un método tan indeterminado y oscuro produzca la germinación de una historia psicológica con tintes sexuales. Cronenberg se sustenta en la ambigüedad de una teoría psicológica y aborda la narración con la familiaridad que ésta le sustenta. Y lo hace sondeando, la relación de amistad entre Sigmund Freud y el psiquiatra Carl Jung, primero; y el idilio sexual del segundo con una de sus pacientes. La interpretación de Michael Fassberder, que ya hipnotizó en películas como Hunger, se reclama tan verídica que podríamos palpar las aristas de su personalidad. Inquieta, por su parte, la perturbadora encarnación de Keira Knightley, cuyos movimientos exorcizados todavía no he sido capaz de discernir si emanaban veracidad o sobreactuación. Al trio habríamos de añadir al decididamente libertino y divertido Otto Gross (Vincent Cassel), cuya presencia prende la mecha de la narración.
La indagación de la sexualidad sigue el curso de una amistad que desemboca en el oprobio de Jung, cuya actitud desluce la lógica freudiana. El pensamiento moderno obedece, en parte, al vínculo de estas personalidades que Cronenberg ha pretendido describir. Y en parte ha logrado, sobre todo gracias a una música espléndida. Sin embargo, todavía vacilo ante algunas elipsis y sobre todo ante la dudosa sospecha de que el director se perdió en la bruma del cigarro.
De olvido, venganzas y perdones
Escribió Borges alguna vez que “el olvido es la única venganza y el único perdón“. Pretérito desliz innecesario. Amnésica perspectiva en madridistas de bandera que estos días arrastran su pasado sin contemplar el surco dejado. Una muesca de júbilo que en la temporada pasada se basó en la posibilidad, para muchos certeza, de un desquite deportivo que les aupara definitivamente por encima de su rival. Ansiaban la óptica cenital de la clasificación sin prestar atención a las consecuencias que supondrían un resultado adverso.
Alentado por el perfume de la victoria Mourniho se presentó como paladín del triunfo. Caballero de la gloria y poseedor de la verdad absoluta, parecía conocer la artimaña que desfigurase al todopoderoso Barça. Ya lo había demostrado la temporada anterior con el Inter en la Liga de Campeones, y el madridismo apuntaló sus esperanzas en el descaro. De forma implícita se dio pie y soberanía a la pantomima deslucida.
Mourinho se batió entre la osadía y el desparpajo, escupiendo atrevimiento como una inyección que previniese males mayores. Con la palabrería pretendía insuflar el coraje y entereza para afrontar un partido que se presuponía clave en el devenir liguero. El resultado, 5-0.
La barroca ligereza que procuraba el luso se volvió en su contra. Henchidos y resentidos, en parte por la desvergonzada tropelía de su rival, y deseosos de revelar la hegemonía de su doctrina, los de Guardiola salieron al campo con la intención de demostrar sus cualidades donde consideraban que debían hacerlo. Mouinho no pudo eludir el reconocimiento a su rival.
A día de hoy las cosas se perfilan diferentes. El Madrid deslumbra con su estilo vertiginoso y feroz capaz de descomponer a sus rivales con dos zarpazos. Se encuentra por delante de su rival y golea con una facilidad pasmosa. El Barcelona, por el contrario, no mejora respecto al del año pasado, pero posee un catálogo más completo de cromos. No tiene un once definido pero cada una de las variantes se define sublime.
Pero la mayor diferencia no responde a variantes técnicas, nuevas caras o estilos distintos. Sino al deterioro de la marca desvergonzada. Mourinho ha parecido comprender que lo que en la temporada anterior presuponía una ventaja se tornó amenaza. Vislumbra que con tretas extra deportivas la virtud desaparece. El madridismo no quiere recordar para rehuir de la superioridad blaugrana, y esa es su mayor venganza fuera del campo. Pero sobre el pasto el desquite es diferente. En el césped hay que demostrarlo.
El caballo del malo
No soy amigos de grandes dispendios ni verborrea gestual. Celebro los goles con el corazón contenido en ademanes alejados de parafernalias exquisitas que levanten el vuelo. Soy conservador en aspavientos. Quizá por eso, en caso de ser entrenador, nunca me lanzaría al césped de rodillas ni correría fanfarroneando a lo largo del área técnica. Quizá por eso no me gustan las posturas alborozadas de Mourinho que levantan ampollas allá donde pasa y propaga herbicida sobra la césped que pisa y que parece que no volverá a crecer.
Pero no convivir con el protocolo del luso no le acredita como el malo de la película, ni todos sus gestos deben tomar la categoría de mojón deportivo. El pasado sábado 19 de noviembre, durante el encuentro que enfrentaba al Valencia con el Real Madrid, Mourinho celebró el gol de Cristiano, el 1-3, a lomos de Callejón. Lo hizo en un gesto de explosión entusiasta celebrando un tanto que parecía encarrilar la victoria en un territorio adverso. Sin embargo el saltito ha adquirido el cariz de gesto revelador, y Callejón se convirtió en el caballo del malo.
Mourinho, dicen algunos, cabalgó sobre un tic humillante para el valencianismo. Aspaviento antipático que le pudo salir caro si el árbitro en vez de córner hubiese concedido penalti por mano de Higuaín. No sufrió las consecuencias del posible empate, pero sí las de la crítica de cierto sector de la prensa.
Para salir absuelto de su festejo particular, Mourinho aclaró que el saltito no insultaba a Mestalla sino que, por el contrario, su afición debía entenderlo como un acto de concordia para con ellos. Vino a decir algo así como que una celebración tan sentida debía alegrar a la parroquia valencianista por no poner las cosas sencillas al todopoderoso. Excusas baratas.
En su presentación como técnico blanco, Mourinho aseguró que no iba a cambiar. Por eso no es de extrañar que trote en la grupa de sus pupilos cuando la victoria está al caer, ni que escupa palabrería asentada en la excusa de la hipocresía de la prensa, ni que se sienta víctima de una conspiración internacional que pretende elevar al Barcelona a las alturas. Sabíamos cómo era, cómo actúa y qué podíamos esperar de él.
El portugués tiene un estilo cimentado en la polémica del verbo fácil. Formas bandidas que se han vuelto contra él y reaccionan a cada uno de sus actos con embestidas. Todo se mira con lupa. Y aunque su ademán de jinete obedezca a la explosión del sentimiento, él mismo se lo ha buscado. Al fin y al cabo, se subió en el caballo del malo.
España no fue España
Rugió Wembley al final del encuentro con el bullicio y follón que conceden las gargantas tras ganar a la Campeona del Mundo. Rugió en revuelta y jolgorio por verse su autoestima azuzada por la victoria de un amistoso intrascendente. Pero victoria al fin y al cabo. Logró la azaña Inglaterra asentada en el manual capellista al amparo de la consistencia defensiva y el anhelo de una oportunidad que no desperdiciaron. España jugó a lo suyo, dominando la posesión y el toque, pero extrañando la brillantez característica que le dotasen un hueco en la Historia del libelo balompédico. Jugó como abobada por el nécatar seductor de las amapolas, como si el colosal y enmudecido minuto de silencio hubiese aturdido la capacidad de conexión. Fue España pero sin serlo.
Al amparo de los éxitos La Roja se siente infalible y reconoce estos encuentros como choques de segunda fila. Los juega porque tiene que hacerlo, con su estilo propio e intentando, eso es seguro, agrandar esa nobleza cosechada a base de victorias y buenos quehaceres. Pero no lo hace con el convencimiento que demuestra en las grandes citas o en los choques oficiales. De nuevo, esta vez ante Inglaterra, el orgullo nacional sale herido en un partido amistoso. Aviso para navengantes.
Venía el encuentro marcado por la ausencia de Rooney y la suplencia, investigación policial de por medio, del capitán Terry. Pero sus bajas no se sintieron definitorias; Inglaterra siempre juega a lo mismo y lo demostró anoche. Por su parte Espana, enfundada en la nueva elástica, regresó al falso 9, amparado en el poker de bajitos. No sirvió de nada, porque el toque magestuoso no logró cimentarse en últimos pases eficaces. Por cuarta vez (Argentina, Portugal, Itala e Inglaterra) desde que alzase la Copa del Mundo la campeona salió derrotada por una de las “grandes”.
La primera parte pasó sin pena ni gloria. Villa no acertaba en los movimientos, Silva no deslumbró como acostumbra y la bola se movía con parsimonia. Triste reflejo de citas no oficiales. Inglaterra se replegaba con eficacia y presionando el centro del campo español intentaba galopar las contras con cierta visión. Walcott era una bala en la banda derecha, aprovechando las pocas internadas del valencianista Alba. El lateral derecho tampoco lució como acostumbra pero ganamos un central con galones de líder. Quizá lo mejor del encuentro fue reconocer en Ramos ese zaguero patronado en las echuras de la jerarquía. Como acostumbra en su equipo en las úlitmas fechas, el madridista demostró que su cabeza se asienta mejor en el centro de la última línea: salió al corte, potente de cabeza y sacando el balón.
La segunda parte comenzó con cambios de cromos. Sustituiones diplomáticas que dieron a Reina, Mata y Fábregas primero, y Torres, Puyol y Cazorla después, una oportunidad en el mítico Wembley. Quizá si Llorente jugase en la vieja isla hubiese entrado en los planes. Pero esa es otra historia. España continuaba fallona y algo abobada. Sólo el gol de Lampard, tras una falta lateral mal defendida abofeteó a los nuestros. Milner colgó el balón al punto de penalti y Bent, en una estampa de delantero poderoso se elevó sobre la maraña de jugadores para empalar el balón en el póster. Lampard, a placer ante la apatía española empujó el balón a la red. Un gol engañoso, porque ni Inglaterra ni Lampard lo merecían. Demasiado premio para un capitán agónico.
Se reactivó España tras el sopapo y tornó el encuentro en un asedio a base de pases interiores y consistencia. En más de una ocasión un pelo de elefante nos separó de un merecido empate que acabase con la moral numantina de los ingleses. Pero no llegó el ansiado gol. Cesc la tuvo un par de veces, Piqué no definió tras una jugada beckenbaiana, y Villa, que tuvo las mejores ocasiones, parecía negado. En la primera, tras un pase medido de Busquets con el que eludió dos líneas defensivas, no definió con soltura. En la segunda el 7 empalmó de bolea y fuera del área un balón que repelió el poster (con regalito del defensa incluido). 3+1 se denomina en baloncesto. Pero ni esto es baloncesto ni Villa anotó el triple. Algo le pasa al máximo goleador de la Roja.
La derrota no despierta fantasmas, porque esta selección no entiende de eso. Pero recuerda que no somos invencibles. Esperemos que sólo afecte a estos partidos intrascendentes alejados de la competición oficial. Aviso para navegantes. Recibido.
3 puntos de sutura
La velocidad es la estrella voraz de este Real Madrid. Le gusta correr y coger al rival desprevenido, y atacarle donde más duele, en una fugaz carrera armada con la destreza de sus delanteros. Poco se puede hacer ante la contundencia y agilidad del conjunto. Sin embargo, cuando el contrario se torna especulativo, esa velocidad que en los primeros envites de los partidos se mostraba cuasidefinitoria se traduce en un anhelo incómodo por dominar el balón.
Esquema pragmático que emuló ayer el conjunto de Mourinho, repitiendo por tercera vez consecutiva once inicial (Coentrao incluido). El cargo del luso afianza esa galopada conjunta que imprime el equipo, pero por momentos se transcribe en una desmesurada celeridad que acaba por anarquizar el partido. Demasiada verticalidad en manos de un lateral con cerebro de extremo, sin la visión del pivote ni la paciencia del compañero. El Madrid acusó ayer esa aceleración del encuentro, que incluso acabó por contagiar a la perfecta templanza. Özil, el caballero de la mediapunta, infectado por las prisas, cada vez se siente más delantero y, abandonado a la necesidad del gol y urgencia del último pase, olvida sus deberes como arquitecto. Una lástima.
El partido se presumía sencillo para los españoles. El Madrid, vestido de rojo treinta años después, visitaba al Dínamo de Zagreb en un estadio con marcadas connotaciones políticas. Una batalla campal en el Maksimir, el 13 de mayo de 1990, supuso el comienzo de la guerra serbio-croata. Aquel domingo interminable se enfrentaban el Dinamo de Zagreb con el Estrella Roja. No hubo muertos. Quizá el color de la camiseta de los merengues fue lo que confundió a Leko, que menospreció la ley arbitral y se cebó con el tobillo de Ronaldo. El más “guapo, rico y bueno” se quejó al terminar el partido pero el daño estaba hecho (3 puntos de sutura).
No desplegaron los españoles el juego de la Supercopa, cosa, que por otra parte, ya a nadie extraña. La máxima es la victoria, y la velocidad su principal arma. Incluso Alonso insistió en balones en largo. Pero el fútbol es presumido, y tras una primera parte algo anodina, una triangulación en el borde del área cegó al Dínamo de Zabreb. Marcelo hizo de Özil y asistió a Di María, que en perfecta sintonía marcó el único gol del encuentro.
Los croatas se desarbolaron tras encajar el gol, y no supieron achicar el agua que estaba hundiendo el navío. Sólo la bobería de un polvoriento Marcelo, que en dos acciones consecutivas recibió sendas amarillas, hizo fantasear a los locales. Aún así, el Madrid continuaba llegando con una velocidad descomunal. Al tiempo saltó al campo el creativo Lass, ese clon de mayordomo (que sin el 10 a la espalda parece más jugador), y la templanza cobró vida. Poco más en una noche sin grandes conclusiones. Los españoles continúan ganando, como siempre, sin un juego determinante. 3 puntos (de sutura) para comenzar la temporada en Champions.
Entre tanto, Mourinho en la grada con esa gorra de estrella hollywoodiense pero sin el carisma de los actores.
La roja; ‘la rojita’
Antes de que comenzase el partido del Europeo sub-21 que enfrentaba a las selecciones de España e Inglaterra, denostaba el calificativo que los medios han otorgado a los nuestros: ‘la rojita’. Lo creía impuro y tosco por el juego y por su musicalidad. Esta selección ha demostrado su capacidad para rimar con la absoluta y deleitarnos con otro verano de disfrute, y merecía algo más que un simple diminutivo, a pesar de las evidentes carencias.
Es importante, en este tipo de torneos, comenzar con una victoria que despeje dudas y allane el camino hacia el objetivo. Y es importante lograrlo de cualquier forma, aunque para ello haya que “traicionar” el manual de estilo y sucumbir a los encantos de otras épocas. No sucedió ayer. La ausencia de verticalidad y mordida defensiva provocó que en el minuto 87, cuando deleitábamos una victoria trascendente, Inglaterra empatara el partido. La acometida de una gacela inglesa encontró la grieta por donde colarse y resquebrajó un monólogo de toque.
Comenzó el partido con la roja sabiéndose superior pero sin lograr un dominio aplastante. El fútbol, cuando quería, era suyo, a pesar de un par de estampidas blancas por la banda derecha. Inglaterra, fantasma kamikaze de su propia historia, se afanó en defenderse como bien pudo: balones largos y poco más, que no están los tiempos católicos. España hizo lo que supo, y como bien exigen los tiempos presentes, mostró un tiki-taka todavía por madurar y alternativas futuras para el timón de la nave principal. Con ello y la ausencia de un verdadero 9, se agarraron los nuestros al balón parado, y en el primer córner del encuentro un Javi Martínez incombustible cabeceó en el punto de penalti y Herrera coló el balón en las mallas. Macua se frotaba las manos y España comenzaba cumpliendo las expectativas.
La segunda parte, con el marcador a favor, Inglaterra no supo, no quiso o no pudo encontrar el método para bloquear el centro del campo español. Una verborrea de toques de los de Milla incomodaba a la selección inglesa, que acudían, impasibles, a un espectáculo similar al que nos acostumbra la absoluta española. Pero esta no es aquella y las imprecisiones, falta de killer y el desvanecimiento de la intensidad defensiva chocaban en un modelo conocido. Así las cosas, Milla pensó encontrar la solución sustituyendo al solitario Adrian por un Parejo reinventado en la base de sus viejos tiempos, y la bola se pegó a nuestras botas. Sonaban tímidos oles en un escenario demasiado medroso durante todo el encuentro, y a pesar de jugar con un esquema carente de mordida el partido se suponía tan nuestro que preferimos recrearnos. Salió Bojan y ganamos en referente, pero España seguía gustándose en la medular sin encontrar el último pase. No pegamos a puerta. No desbordaba por banda. No hallaban puerta. Cuestiones menores cuando se trata de mantener el resultado.
Pero el fútbol nos dio la espalda y la certeza nos nubló la vista. Inglaterra, vestida de corredora despegó por la derecha y el balón nos bajó al suelo. Pensamos en fuera de juego. Buscamos el fuera de juego. Pero gol subió al marcador y con él llegaron las prisas. Y a pesar de que la roja, la rojita, intentó retomar el control ya era demasiado tarde.
El empate sabe a poco porque España dominó todo el encuentro y porque sabíamos de la importancia de un buen comienzo en torneos de estas características. Pero a pesar de este inicio tan gris nada está perdido. También la absoluta tropezó en su primera cita en el Mundial de Sudáfrica y supo, más tarde, deshacer el nudo. Esperemos que tomen nota.












